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Jueves , 21.03.2019 / 04:07 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Montreal

Adrián Herrera

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La ciudad huele a mariguana. Paseo por las calles y no hay momento en que no me llegue el tufo a yerba. Se entiende: la acaban de legalizar y la gente anda por todas partes estrenando juguete. No me malinterprete: me gusta el aroma. Hace un frío de su puta madre. A ratos cae nieve, y es como un sueño, pues las finas y delicadas hojuelas parecen danzar lenta y plácidamente hacia la banqueta, creando una atmósfera muy relajante que te hace olvidar el frío. Pero aquello pronto termina y comienza a soplar un viento gélido, hiriente, y caminar por las calles se convierte en un suplicio.

Ayer estuvimos a -18C; si abres la boca más de 20 segundos se te congela la lengua y si te la muerdes se hace pedazos. Las banquetas están llenas de hielo y hay que estar muy atento, pues es súper resbaloso y te puedes partir la madre. La nieve se acumula y la gente sale con sus palas de boca ancha a limpiar sus porches. Pueden verse muchas bicicletas encadenadas a los postes, están medio hundidas en la nieve. Algunas llevan años ahí; se encuentran todas madreadas, oxidadas, dobladas. Nadie sabe de quién son o por qué no las han reclamado, pero siguen ahí, como esqueletos antiguos, atadas a esos postes, viendo pasar las estaciones, desbaratándose, pudriéndose.

Las calles de Montreal, a diferencia de las de Monterrey, sí se pueden caminar. Hay que respetar los semáforos: si el indicador dice que te esperes, te esperas. Si de la pantalla sale un monito de color blanco, atraviesas la calle. No estamos en México, donde vale tres kilos de órgano sexual de burro atravesar la calle y exponerse a ser arrollado. Aquí no es así. Sigo caminando. Hay chinos, muchos de ellos. Hay inmigrantes de todas partes, pero todos hablan francés, bien o mal. Lo que todos tienen en común es que tienen frío y van hablando por celular. Hay que fijarse en la etimología de los nombres de nuestras ciudades: Montreal quiere decir “Monte Real” y Monterrey es “Monte del puto rey”. Lo mismo, pues.

Pero me temo que lo único que tienen en común es el nombre. Y claro, uno que otro regiomontano ilustre que vive acá. De hecho me topé con muchos mexicanos –de todas partes– y, a excepción del frío, están muy contentos. La mayoría extraña el país, pero se conforman con ir de vacaciones cada cuando. Y hablando de eso, en una esquina escuché a dos argentinas hablando cagada de nosotros: “Hay mucho mexicano aquí, ¿sabés? ¡Son tan ruidosos y desordenados!”. Supongo que hay algo de cierto en eso. Claro, eso no aplica para mí, que soy un sujeto callado, discreto e incluso tímido.

En el hotel hay una pareja que desayuna, come y cena en el restaurante de ahí. No entiendo; Montreal se caracteriza por su oferta gastronómica y esta gente no sale de aquí. Quizá están muertos y soy el único que puede verlos. Bueno, estarán muertos, pero de frío. Un día comí en un sitio de cocina québécois: la mamada. Es mezcla de francés con canadiense. Luego fui a un pub de influencia británica (había mucho whisky) y después me metí al barrio chino y comí un pato laqueado, salteados de todo tipo y dumplings de puerco y camarón. También comí en un lugar de cocina portuguesa, muy elegante y tradicional. Hay de todo.

La charcutería es de ensueño y hacen cerveza artesanal que te cagas. Los desayunos son corpulentos: salchicha, jamón de lomo, papas fritas, huevo, tocino, pan tostado con mantequilla, mermelada, café negro: hace frío, coño. Y luego el vino: la gente de ascendencia francesa bebe vino todo el puto día. Es un paraíso. En un bar ordeno mi coctel favorito: el journalist. No lo conocen, pues se trata de un coctel clásico, antiguo. Anoto la receta en un papelito y se la paso al barman. El joven se emociona y lo prepara. Noto un problema: después de un rato, la copa tiende a vaciarse. Al principio no logro explicar el porqué, pero luego de un rato tengo una revelación: la copa se ha vaciado a sí misma, pues busca comprender su esencia, ponerse frente al vacío, la nada y la única manera es deshaciéndose de todo. Claro.

Y hablando de los canadienses de aquí, le comento que son tan amables; a un joven le pregunté la dirección de cierto restaurante y como no sabía, tomó su celular y lo buscó. Conversé también con una señora en una librería y cuando se enteró que era de México se desvivía por contarme sus vacaciones en Cancún y lo bien que se la había pasado. Luego un taxista paquistaní me contó sobre lo bien que le ha ido y está muy contento de ser ciudadano canadiense.

En una tienda de fotografía, el dependiente me dijo que nunca lo han asaltado y que, de hecho, ha dejado costosas cámaras sobre el mostrador y nadie se ha llevado nada, nunca. Otro amigo tiene su casa sin llave y no ha reportado robos ni disturbios de ningún tipo. La gente en general es amable, apacible y confiable. No es paranoica (como en el país de al lado), no cargan con armas, han ido erradicando la religión (muchas de las viejas iglesias son ahora museos o restaurantes) y les gusta respetar las leyes. Me pregunto por qué será esto.

Ha de ser por la mariguana.

chefherrera@gmail.com

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