Diciembre 31. Hice una cena sencilla con vino y música –no para festejar el cierre de año–, pero sí para usar tal fecha como excusa para cocinar y pasar un buen rato.
Entonces pensé que el festejo de Año Nuevo es una pulsión nerviosa e inestable entre la melancolía y la ansiedad por lo que viene.
No creo que debamos tomarlo tan en serio.
No recuerdo haber escrito nunca sobre cómo iniciar un año nuevo. Y eso porque no estoy seguro de qué significa eso. Con ello quiero decir que no hay tal cosa: el tiempo corre y ya. Pero nos empecinamos en categorizar el tiempo de tal manera que dividir el año en fragmentos nos es conveniente. No tengo ningún problema con eso, pero sigo pensando que tal esfuerzo es una prefiguración más o menos quimérica, en tanto que tal ejercicio, el de asignar fechas especiales, conlleva un significado a veces obvio, otras oculto, pero que en ambos casos promueve la idea, consciente o inconsciente, de que algo bueno –o malo– puede o debe suceder en ciertas fechas.
Por otro lado, siento un ligero y travieso impulso por aceptar y aprovechar el consenso del calendario para establecer una especie de agenda o, por lo menos, una línea de intenciones para este año que comienza.
Pero no es fácil, porque debo tomar en cuenta los proyectos que ya venían desarrollándose, las ideas que se gestaron el año pasado (muchas de ellas ya las venía arrastrando desde quién sabe cuánto tiempo atrás). O sea que aquí no hay eso de “borrón y cuenta nueva”. Aquí solo hay una continuación. O, más bien, una serie de intentos, de esfuerzos consecutivos para lograr algo específico, pero sin tomar en cuenta el calendario, el mismo que establece horas, días, semanas, meses y años. Porque tal consenso no se adapta muchas veces a los tiempos de los proyectos de las personas, de las empresas. Con ello quiero decir que cada quien tiene su tiempo y hace las cosas a su manera y por motivos o razones que poco o nada tienen que ver con las configuraciones mecanizadas de nuestras ideas del tiempo, de la forma en que lo medimos y de la –supuesta– manera en que debemos utilizarlo. No todos tenemos que sujetarnos o adaptarnos a una conformidad dispuesta por un aparato burocrático o empresarial. Quienes poseen ideas propias, originales, toman el riesgo de llevarlas a cabo sin las restricciones y limitaciones de este convenio que tiende a generalizar las cosas (para simplificarlas, pero a un costo), y que muchas veces impide que tales proyectos se concreticen.
Olvidémonos del tiempo y concentrémonos en el hecho de que nuestras vidas y acciones no están fragmentadas ni en horarios fijos de oficina, ni en temporadas, ni en fechas especiales, sino en una serie de eventos consecutivos que deberían depender casi enteramente de nosotros. Eso: somos una continuidad que de pronto se ve secuestrada por eventos disruptivos creados por un calendario ficticio –y, ya lo he dicho antes, quimérico–, pero que no creo que sea natural a nuestro ritmo de vida. Olvídese de los días festivos, de la imposición por celebrar tales y cuales fechas y de los supuestos que nos indican qué hacer con nuestras benditas vidas. Hay que vivir de otra manera, una en la que la idea que nos hemos hecho del tiempo y a la cual hemos adaptado nuestra rutina no nos limite, sino que nos libere.
No hay que esperar el fin de semana para descansar o divertirnos. No hay que preconfigurar unas vacaciones para sentirnos premiados y poder así relajarnos, y no hay que entregarnos a esta idea, francamente estéril, de que cada inicio de año algo o alguien nos otorga una oportunidad para corregir errores o iniciar algo nuevo.
Quimeras. Talismanes calendáricos que lo único que logran es crear un mamotreto de efemérides personales inconsecuentes, olvidables y patéticas.
En realidad, las oportunidades y la corrección de vicios, errores y omisiones se trabajan día con día. A la mierda el “año nuevo”: para la edad que tengo, ya no hay años nuevos, solo menos años de vida.