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Miércoles , 20.02.2019 / 16:47 Hoy

Columna de Adrián Herrera

‘El Toques’

Adrián Herrera

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En su casa le llamaban Panchomanuel, pero en la calle, las cantinas y en la playa le decían El Toques. No era enano, pero no medía más de un metro 40. Estaba raro; medio jorobado y con la columna chueca, las piernitas largas y espiritifláuticas, medio cabezón, con las orejas chiquitas, sin mentón, dientón, nariz chata, ojos como estreñidos, cejas pobladas y hablaba entrecortado y a veces, cuando bebía, tartamudeaba. Y por eso último se burlaban de él, pero El Toques decía que para tartamudear correctamente había que practicar, y lo equiparaba al fino arte de cantinflear.

De barrio muy jodido, porque ni a pobre llegaba, El Toques se crió entre carencias y así aprendió muchos oficios; cargador, lavacoches, bolero, voceador, repartidor, vendedor de globos, guardia de seguridad, paquetero, elevadorista, ayudante de albañil, modelo, taquero, gavilán, merolico, juanchito y ayudante de mecánico, y justamente ahí tuvo una epifanía: le encargaron que llevara una pila para arrancar un carro y como estaba bebido dio un torpe movimiento y se dio un toque. Gritó, se espabiló, le brillaron los ojos y entonces tuvo una fantástica idea: iría por ahí, recorriendo cantinas y electrocutando a la gente. Le pagarían, pues no hay nada que lo despierte a uno y que le brinde más emoción que una inofensiva descarga. Tenía efectos terapéuticos. Desapendejaría a los atarantados, despertaría a los deprimidos, le regresaría la cordura a los chiflados y pondría en su lugar a los presumidos.

La electricidad, aquella energía portentosa y magnánima que viaja por cielos en noches de tormenta, aquella capaz de erizar los pelos en esos experimentos de científicos locos que salen en la tele, aquella que con el sutil roce de prendas es capaz de emocionarnos. Él tenía ese poder, en sus manos, en una pila con dos cables. Le comentó de esto al mecánico y él le sugirió integrar un aparatito para regular la descarga, pues eso lo haría aún más divertido. Y así lo hizo.

Luego de varias pruebas se vistió con un overol gris metálico y entró en la cantina del puerto. Parecía como bajado de una nave espacial. Se acercó discretamente a su primera mesa, explicó el procedimiento y los clientes, ebrios y atolondrados, accedieron. Shock, espasmos, muecas y al final, risas. ¡Funcionó! Le dieron un billete de color azul y lo intercambió por una cerveza. Repitió aquello durante meses; un rato en esta cantina, otro tanto en la de enfrente, una hora en el bar de más allá y así. Eso en las noches; al mediodía se iba a la playa y la recorría toda, electrificando a los bañistas alcoholizados. Ya la gente lo conocía, lo esperaba. Así, El Toques pronto se dio cuenta que un cambio se estaba dando. Un cambio importante. Tocaba a las personas con electricidad, breves choques que generaban algo más que emociones. Comenzó a sentir un poder como el del doctor Frankenstein, capaz de conjurar los poderes de la naturaleza para crear o enderezar algo que solo Dios podía llevar a cabo. Y es que en esa pesada cajita de metales y ácidos se concentraban siglos de sabiduría, auténticos destilados de ciencia y alquimia, los cuales ya mezclados con psicología barata y alcohol, serían capaces de crear una raza nueva, libre de prejuicios. ¿Habría El Toques descubierto el secreto de la felicidad? ¿Podría cambiar el curso de la sociedad con su revolucionario método? Así, intoxicado con su máquina de electrificación cósmica, comenzaba a creer que podía sanar a un ciego, de enderezar a un tullido, de sacarle palabras a un mudo y de hacer que un parapléjico se arrastrara felizmente por el suelo como un reptil. Había algo de Dios en él. Una tarde se decidió y abrió un saloncito de electroterapia. Dejó de ir a la playa y a las cantinas. La gente comenzó a llegar. El rumor de curas milagrosas y tratamientos increíbles corrió por toda la costa, atravesó la llanura y llegó a la montaña. Venían de todas partes. Lo visitaban funcionarios, místicos y artistas. Incluso médicos de clínicas rurales acudían a él con casos difíciles o incurables. La gente común, la del pueblo lo seguía. Ya le hacen un altar aquí, una foto con veladoras allá.

Una noche visita a su madre anciana, desgastada y adolorida. Se sientan a tomar café, conversan, ríen, rememoran. De pronto se va la luz. Habrá sido un corte, no lo sé. Ve a ver si no se fundió uno de los fusibles, anda, ve y revisa, Panchomanuel. Y ahí va El Toques, con su lamparita a revisar la caja de fusibles. La abre, y sí: huele como a quemado, a plástico chamuscado, a chispas, a esas cosas maravillosas y misteriosas de la electricidad. Con la linternilla en la boca alumbra el interior de la caja, mete la mano para sacar uno de los fusibles. Una descarga tremenda sale de ahí, entra a su cuerpo y lo fulmina. Se escucha en toda la cuadra. Ya llega su madre, los vecinos: El Toques está parado y tieso, con los ojos y la boca abiertos, la lengua de fuera, chamuscado y humeante. Su rostro es negro como el carbón. En sus pies queda la linterna, encendida.

chefherrera@gmail.com

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