El anuncio de adopción describía a Heinz, una mezcla de Shih Tzu y caniche, como tierno, feliz y enérgico. “Pero también tiene una historia triste”, decía la biografía en el sitio web de Rolling River Rescue, una organización sin ánimo de lucro de Nueva Orleans.
El cachorro de color caramelo no se había escapado, ni había sido abandonado por unos dueños que ya no lo querían. Había “perdido a su familia”, decía la lista, como consecuencia de los “recientes acontecimientos en Nueva Orleans”, una referencia a la aplicación de la ley de inmigración que ha atrapado a personas en el marco de la campaña de deportación masiva del presidente Trump.
“Lo que muchos estadunidenses no saben es que hay animales de compañía abandonados por familias que desaparecieron de la noche a la mañana”, comentó Maria Thomas, presidenta de Rolling River, que se ha esforzado por encontrar familias de acogida y adoptivas para perros y gatos en Nueva Orleans.
“Ya trabajábamos con mucho déficit porque hay muchas mascotas necesitadas todo el tiempo —aseguró—. Ahora tenemos el reto adicional de los animales que necesitan ser realojados cuando sus dueños son deportados o se autodeportan”.
Nueva Orleans es un lugar demasiado familiarizado con los desplazamientos. En 2005, el huracán Katrina obligó a muchas personas a abandonar sus hogares y, en algunos casos, la ciudad. Los animales abandonados que vagaban por las calles pasaron a formar parte del retablo post-Katrina. El desastre también llevó a la gente a forjar nuevas formas de ayudarse.
Más recientemente, cuando la represión federal de la inmigración trastornó la vida, ese mismo espíritu impulsó a los grupos de ayuda mutua. Ante el temor de muchos inmigrantes a abandonar sus hogares, los voluntarios han entregado alimentos y otras provisiones a las familias y, a menudo, a los animales domésticos, incluidos los acogidos por vecinos o los que vagaban por las calles tras la partida de sus dueños.
Es imposible cuantificar cuántas mascotas desplazadas hay. Ni los organismos gubernamentales responsables de los animales ni las organizaciones sin ánimo de lucro locales y nacionales que se ocupan de las brechas en la atención no pueden dar un seguimiento al problema.
Lo que sí afirman las agencias y organizaciones es que se han producido aumentos inequívocos de animales de compañía vagabundos o abandonados tras las medidas represivas contra la inmigración.
No se dan abasto
En Minnesota, St. Paul Animal Services, una agencia gubernamental, registró un aumento de 38 por ciento de perros y gatos vagabundos, incautados y abandonados en enero de 2026 comparado con 2025, lo que coincide con la Operación Metro Surge en la región de las Ciudades Gemelas.
Un grupo de rescate de la zona, The Bond Between Us, declaró que a principios de este año recibió casi el doble de entregas que en el mismo periodo del año anterior.
En Los Ángeles, donde miles de personas fueron detenidas en redadas el año pasado, el Departamento de Cuidado y Control de Animales del condado añadió a su sitio web un plan para mascotas destinado a las personas “que se enfrentan a problemas relacionados con la inmigración”.
Sin embargo, Marcia Mayeda, directora del departamento, dijo que la carga en todo el país ha recaído sobre todo en los grupos de rescate porque los inmigrantes temen interactuar con el control de animales.
“Somos el gobierno, nuestros funcionarios parecen agentes de la ley y practicamos la eutanasia —señaló—. Lo que recibimos es la punta del iceberg”.
En Florida, donde el gobernador Ron DeSantis ha defendido la deportación, el Proyecto Mercy Full de Tampa está atendiendo al triple de mascotas que el año pasado.
“Son perros grandes, pequeños, bulldogs franceses bien cuidados —aseguró Heydi Acuña, cofundadora de la organización sin ánimo de lucro—. Nos enfrentamos a una crisis importante”.
Durante una entrevista con The New York Times recibió un mensaje de texto de una mujer que acababa de rescatar a un cachorro de sabueso llamado Damian, que necesitaba un hogar. “Por desgracia, deportaron a sus dueños”, escribió.
Por mucho que los estadunidenses parezcan amar a las mascotas, los refugios llevan tiempo luchando para acoger a todos los animales necesitados, y las redadas de inmigración han aumentado la tensión. Con un espacio limitado, los refugios practican de manera sistemática la eutanasia a los animales que no han sido adoptados.
En Animal Rescue of New Orleans, el teléfono no ha dejado de sonar.
“La gente nos suplica que aceptemos animales —afirmó Ginnie Baumann Robilotta, vicepresidenta de la organización sin ánimo de lucro—. Lo peor es que estamos muy llenos, con lista de espera. Lo único que podemos hacer es ofrecer comida y suministros gratuitos”.
Becky Warpinski, técnica veterinaria jubilada, dijo que Nueva Orleans ha abordado el problema con un celo nacido de la lucha contra las grandes catástrofes.
“Estamos abordando esta crisis con los protocolos de emergencia de un huracán. Si se produce una deportación masiva, vamos a entrar y salvar a esas mascotas”.
Nueva Orleans
Este es uno de los barrios que más está sufriendo las consecuencias, según los grupos protectores de animales. Aislada y pantanosa, la zona ha sido durante mucho tiempo un vertedero de perros no deseados; ahora es peor, dicen los grupos.
A finales de febrero, Cristiane Rosales-Fajardo, que dirige el grupo de ayuda mutua NOLA Village, colocó comida donada para animales de compañía en el exterior de casas desocupadas donde había perros, quizá esperando a dueños que quizá no regresarían.
También la distribuyó a hogares que acogían a mascotas abandonadas por antiguos vecinos. Una bolsa fue a parar a una familia que había acogido a un labrador de dos años y a un cachorro de rottweiler.
Costoso llevárselos
Incluso después de salir de Estados Unidos, algunas familias mantienen la esperanza de reunirse con sus mascotas. Puede ser complicado y costoso.
Rosales-Fajardo ha acogido a Cheddar, un atlético Bluetick Coonhound, para una pareja que se autodeportó a Honduras y esperaba que su perro la siguiera.
Los exámenes médicos y los documentos de viaje para Cheddar están listos, pero el costo del transporte, 4 mil 500 dólares, es exorbitante.
El mes pasado, un guatemalteco entregó a sus dos gatos; lloró al despedirse, pues sabía que tal vez sería detenido cuando se presentara ante el tribunal días después.
“Adoraba a esos gatos, y ellos lo adoraban a él”, dijo Robilotta, de Animal Rescue New Orleans, que conoció al hombre.
Durante semanas, los gatos se acobardaron en un rincón, compartió. Una tarde reciente, Pantera, una gata negra aterciopelada, observaba desde una cueva de fieltro cómo jugaban otros gatos. Cuando se acercaron dos extraños, se refugió más profundamente en su pequeño santuario.
Heinz, el cachorro de color caramelo con una mancha blanca en la barriga, fue visto cerca de casas donde se habían producido controles de inmigración. Después de que su foto apareciera en las bases de datos de mascotas y nadie lo reclamara, Rolling River Rescue recurrió a su lista de familias de acogida.
Shannon Dugan, profesora, aceptó recibirlo el 24 de febrero. Esa misma tarde llegó a casa castrado y adiestrado, con un pelaje brillante.
“Era evidente que procedía de una familia que lo amaba”, comentó Dugan.
Al día siguiente, Dugan publicó una breve biografía de Heinz en el sitio web del rescate. Al cabo de una semana, ya tenía un nuevo hogar.
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