Después de sobrevivir al estrés y caos vial, intensificados por las fuertes lluvias de la Ciudad de México, impacta llegar a un lugar de completa calma, donde el calor y el olor a tierra mojada te abrasan y te cuentan la historia de uno de los lugares orientales más icónicos de Latinoamérica, escondido en Cuernavaca.
El Grand Fiesta Americana Sumiya cuenta con personal especializado en la atención al visitante, quienes invitan al huésped a disfrutar del paraíso de Morelos —grabado en una insignia en árabe en la entrada— donde la brecha entre el espacio-tiempo se pierde y el viaje de una hora pareciera que traslada a un santuario dentro de Japón.
Entre los relieves y la vegetación mexicana se levanta una arquitectura tradicional japonesa, constituida por inmuebles conectados entre sí, con fachadas blancas acompañadas de ventanales corredizos de madera y techos de dos aguas con tejas grises y bordes acanalados.
Al interior continúa la estética asiática minimalista, pues sus paredes y pisos están hechos con madera fina clara y el mobiliario que la comprende se limita a una gama de colores neutrales, generando un balance entre las zonas verdes que lo rodean.
Sumiya no solo es un hotel donde impera el descanso, sino que también es un trozo de Japón que fue traído a México por la historia trágica de una de las mujeres más importantes y ricas del mundo en el siglo XX.
El origen de Sumiya, el paraíso de Morelos
Barbara Hutton, heredera de las bodegas Woolworth, tuvo una vida marcada por la extravagancia, lujos, amor y, sobre todo, tragedia, pues desde sus primeros años hasta los últimos tuvo que enfrentar una serie de duelos que poco a poco la dirigieron a su muerte y por los cuales fue apodada por la prensa como La pobre niña rica.
A sus seis años de edad, la aristócrata experimentó por primera vez la muerte de un ser querido, que era la de su madre, quien la dejó sola bajo el cuidado de una institutriz y los sirvientes de su hogar, con una fortuna que casi ascendía a mil millones de dólares.
Según los relatos, la madre de Bárbara era una mujer a quien le fascinaba la cultura japonesa; por ello, en su honor, mandó a construir una lujosa villa residencial en 1959 sobre un terreno a desnivel de Cuernavaca, importando arte pintado a mano, mobiliario y maderas que hasta el día de hoy se mantienen intactos pese al clima húmedo.
El teatro kabuki, el único en Latinoamérica
Los biógrafos de La pobre niña rica mencionan que cuando Barbara viajó por el mundo y visitó el lugar de su inspiración arquitectónica, intentó ingresar a un teatro kabuki, pero al ser un sitio para el entretenimiento de los hombres, se le negó el acceso por ser mujer, por lo cual, al poseer un vasto patrimonio, decidió construir uno especial para ella en México.
Dicho teatro fue construido enfrente de su palacio oriental y es el único con materiales originales de Japón que existe en Latinoamérica. A sus puestas en escena podía acceder cualquier invitado de Hutton.
El lugar, que conecta a través de unas escaleras de maderas flotantes de la edificación principal con un estanque de peces koi, es el corazón de la colección de arte oriental de Hutton, pues dentro el techo está formado con laminillas pintadas con flores, tapetes de bambú, asientos acolchonados a nivel de piso y puertas corredizas con un mural de tigres que reafirman la mística energía que emana; además, de un baño ofuro, utilizado para la purificación.
El duelo de Hutton representado en su jardín
Durante su vida, Barbara Hutton fue una fiel creyente del amor, tanto así que se casó siete veces con hombres de distintas posiciones sociales, entre ellos el galán de Hollywood Cary Grant, quien se dice que fue el único que la amó de verdad, pues en el divorcio no solicitó ninguna suma económica.
Aunque ninguno de los matrimonios de La pobre niña rica fue duradero, siendo el más corto de 53 días, el segundo le dio la oportunidad de ser madre, pero años después, su hijo le sería arrebatado por la vida en un accidente aéreo.
Hutton, marcada por la pérdida de su único heredero, decidió plantar un árbol en su jardín zen —compuesto por arena, musgo y enormes piedras importadas que simulaban el archipiélago de Japón—, rompiendo con la tradición oriental de sembrar vida al nacer, haciéndolo cuando ésta se le fue.
Del saqueo a la transición a un hotel
La pobre niña rica murió a los 66 años, poco tiempo después de haber pasado por la muerte de su primogénito. La historia indica que no volvió a tener una relación estable y falleció por una sobredosis en el hotel Beverly Wilshire, ubicado en California, con una fortuna notablemente disminuida por su constante generosidad.
Al no tener ningún heredero legítimo, su legado quedó desprotegido y su empresa pasó a manos del director a cargo de ella, mientras que sus propiedades quedaron a la deriva, incluyendo Sumiya, cuya colección de arte japonés fue saqueada.
Debido a la arquitectura oriental que poseía la propiedad, se decidió mantener viva la herencia de Barbara Hutton y convertirla en un hotel, dándose a la tarea de rastrear el mobiliario y piezas originales que fueron vendidos en subastas para regresarlos a su hogar, donde hoy en día Grand Fiesta Americana los preserva y transmite la historia a cada uno de sus visitantes.
La experiencia en Sumiya
Estar en Sumiya conlleva tener un descanso mental de todas las preocupaciones y problemas que desafortunadamente se han normalizado en la vida diaria. El sonido de las chicharras nocturnas, el canto de las aves desde el alba y los árboles centenarios brindan una experiencia sensorial que relaja todos los músculos, apaga el sentido de alerta y permite disfrutar de la conexión con el entorno.
Con dichas condiciones, el hotel ofrece el servicio de spa que no puede faltar en la lista de cosas que hacer en Sumiya, de manera que con las ágiles manos del personal, quita todo el estrés y la tensión acumulados.
Para los que quieren ahondar en la conexión cuerpo y alma, existe una actividad grupal de meditación, guiada por una experta en tanatología y que con una voz calmada llama a agradecer cada día por algo distinto, pues la vida no está llena de dolor y sufrimiento; culminando la sesión con una reflexión y un ritual de sanación en el que uno escribe sobre la carga que lleva arrastrando y lo arroja al fuego a modo de purificación, de forma que acepta un nuevo inicio.
Además, el hotel consiente al huésped con un menú digno de un palacio oriental, en el que se puede disfrutar desde un desayuno típico mexicano hasta una degustación de tostadas de mariscos, platos de sushi y postres chocolatosos.
La enmienda de la historia de amor en Sumiya
A pesar de la fatal historia de Barbara Hutton, algo que se puede deducir de ella es que nunca dejó de creer en el amor y el matrimonio. Por ello, Grupo Posadas apuesta por darle un resignificado a este sitio emblemático y ayuda a las parejas a cumplir el sueño de estar juntas por toda una vida.
En el hotel los novios pueden tener una boda inigualable, pues es el único lugar en el centro del país que cuenta con paisajes naturales y orientales. La ceremonia se puede llevar a cabo frente a su icónico teatro o bajo su árbol más emblemático en un evento más espiritual, teniendo libertad absoluta sobre el concepto con un límite máximo de 450 invitados.
Además, el personal del hotel se compromete a brindar un servicio impecable, ya que solo permite una boda por fin de semana, lo que hace que la atención sea exclusiva y que se sientan acompañados en todo momento, de manera que por ese lapso el sitio les pertenece.
La velada romántica en el restaurante Sumiya
Las tenues luces cálidas que alumbran a Sumiya en la noche acompañan al huésped en su camino a tener una cita romántica perfecta en la parte más elevada del hotel, en el que se asoma con claridad una armoniosa escena donde un cielo estrellado se fusiona con la vegetación de Cuernavaca.
A pesar de la tormenta, que marcaba el inicio de la temporada de lluvias, el ambiente se mantuvo sereno, y con la ayuda de una violinista que interpretó las más románticas canciones, en combinación con una variedad de sushi, la noche se volvió mágica.
El camino a la habitación con el olor a la tierra mojada solo preparó al cuerpo para envolverse en una cama deliciosa, evocando por fin el lujo de tener un descanso físico y mental.
PNMO