La talavera, un tipo de loza vidriada, es un tesoro artesanal que Puebla conserva intacto desde hace más de cuatro siglos. Su elaboración implica un proceso declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco; sin embargo, el reto actual no es solo conservar la técnica, sino garantizar que las nuevas generaciones la adopten, la produzcan y la valoren.
La magia comienza con la mezcla de dos tipos de arcilla locales: barro blanco y barro negro, que al combinarse y someterse al fuego se transforman en piezas únicas que narran parte de la historia de la llamada Ciudad de los Ángeles.
Identidad visual de Puebla
“La talavera es parte del alma visual de Puebla”, explica para MILENIO Fabián Valdivia, gestor cultural.
El característico color azul de esta artesanía puede apreciarse en la decoración de viejas casonas, en iglesias, recubriendo fuentes e incluso en vajillas de mesas poblanas o en murales de grandes edificios. Pese a su valor histórico, actualmente solo nueve talleres mantienen viva la técnica artesanal certificada y enfrentan el reto de dar continuidad a esta tradición productiva.
Orígenes históricos y fusión cultural
La historia de esta cerámica se remonta al siglo XVI, tras la fundación de la Ciudad de los Ángeles, con la fusión de ceramistas españoles y el talento de alfareros locales, destaca Valdivia.
El proceso de elaboración de esta artesanía fue reconocido en 2019 con su inscripción en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), una distinción que Puebla comparte con San Pablo del Monte, Tlaxcala, y las localidades españolas de Talavera de la Reina y Puente del Arzobispo.
A pesar del paso del tiempo, aquí se preserva uno de los procesos artesanales más emblemáticos, que se distingue ante el mundo por la fusión de culturas en cada pieza y por las técnicas tradicionales que los maestros alfareros conservan hasta hoy.
“Hay que recordar que la zona centro de México tiene una gran tradición alfarera; está el barro y estos saberes de los colores hechos con óxidos también llegan y se asientan en la Ciudad de los Ángeles. A finales del siglo XVI y principios del XVII llega la famosa Nao desde China, con las vajillas cuyos diseños son adaptados y adoptados en la ciudad, y es cuando nace esta talavera chinesca. Todo eso va generando que, si bien el proceso desde Europa se asentó en la ciudad de Puebla, aquí adquirió su toque particular”.
Referirse a la talavera poblana es hablar de un oficio que surgió a partir de la fusión de conocimientos entre dos países, pero que Puebla adaptó a las manos de sus artesanos. Se trata de “un proceso que es producto de un intercambio de saberes y que fue adaptado y adoptado, que tuvo sus peculiaridades en Puebla y habla de ese contacto entre estos dos países”, añadió Valdivia.
Primera industria creativa del país
La talavera probablemente fue la primera industria creativa del país, consideró Mariana Muñoz Couto, directora de Uriarte Talavera, el primer taller productor con certificación.
A diferencia de los pocos talleres que quedan en Europa, particularmente en España, donde hoy existen cerámicas más industrializadas, en Puebla la manufactura se mantiene intacta y es quizá el único lugar en el mundo que conserva el proceso de fabricación artesanal como hace cuatro siglos.
“La historia de la cerámica en Latinoamérica no podría entenderse sin la fundación de estos talleres en la ciudad de Puebla. De aquí se extendió el conocimiento cerámico al resto de América Latina. Hoy en día la cerámica de Talavera de la Reina, en España, ya no se hace de manera tradicional como aquí. Es decir, una técnica que se introdujo en el siglo XVI se conservó intacta, sin la incorporación de tecnología; se sigue haciendo a mano como se hacía en el siglo XVI”, comentó.
Un proceso artesanal que detiene el tiempo
MILENIO realizó un recorrido por Uriarte Talavera, taller fundado en 1824, que también es la empresa más antigua de Puebla y una de las primeras del país.
El taller se encuentra en una casona ubicada en el Centro Histórico de la capital del estado, donde el tiempo parece detenerse. Desde su fachada, el inmueble da muestra del proceso artesanal en el que participan alrededor de 100 personas.
Este patrimonio cerámico cobra vida a partir de la preparación de arcillas o barros procedentes de zonas como Tecali o Amozoc, las cuales se mezclan hasta obtener una masa que se trabaja en un torno donde se moldean las piezas.
Héctor García Reyes, quien labora en el taller Uriarte desde hace más de 30 años, forma parte de los maestros dedicados a crear tazas, macetas, tarros, vasos, platos, jarras, floreros, figuras religiosas, decorativas y platones, que se convertirán en piezas de alto valor artesanal. “Hay más de 200 tipos de piezas que se pueden elaborar”, afirmó.
Cuando las creaciones toman forma, se dejan reposar por varios días y se revisan para detallarlas y sellarlas.
Quemas, esmalte y decoración
Posteriormente ocurre la primera quema: las piezas ingresan a un horno cuya temperatura alcanza los mil grados centígrados. Ahí permanecen de ocho a diez horas y adquieren un color característico llamado “jahuete”, palabra de origen náhuatl que significa barro cocido. Después pasan al esmaltado, donde obtienen el brillo que las distingue como auténtica talavera.
El proceso continúa con la decoración. Con el uso de plantillas o estarcidores, también elaborados en el taller, los maestros graban a mano los diseños en cada pieza, que servirán de base para la pintura.
Cada paso en la elaboración de la talavera es representativo, aunque la pintura es la que da vida, pues cada trazo es único, comenta Lucía M. Lara, quien labora en el taller desde hace tres décadas.
A mano alzada, con pinceles de pelo de mula, aplica el color sobre las líneas de carbón previamente grabadas. “Tenemos diseños ya calificados, desde los más tradicionales hasta los más antiguos”.
En cada pieza se plasman figuras y líneas únicas, como el “plumeado”, una técnica que adoptaron los pintores al momento de colocar el característico azul cobalto que resalta en cada objeto.
La última etapa del proceso consiste en una segunda quema, que da el toque final a las piezas.
Denominación de origen y colores certificados
Mariana Muñoz Couto explicó que este taller jugó un papel crucial en la obtención de la Denominación de Origen en 1995 para esta artesanía, protegiéndola de la competencia desleal.
Esta certificación permite identificar la talavera auténtica frente a piezas no certificadas e incluso define los colores que pueden emplearse: azul cobalto, naranja, azul fino, verde, negro y amarillo.
“Entre los tradicionales, el que más se identifica es el azul; sin embargo, los colores oficiales tienen un brillo muy especial que proviene de la vitrificación de los pigmentos minerales. En la talavera auténtica no hay esos colores chillones que vemos en algunas cerámicas de mercados tradicionales, como morados o rojos cereza. Los colores de la talavera son bastante sólidos, están muy identificables a ojo del experto y son una forma de reconocerla”, comentó Muñoz Couto.
Arte cerámico de alto valor
El cuidadoso proceso de manufactura convierte a la talavera en piezas de alto valor. Hay piezas o accesorios auténticos que pueden cotizarse en más de 70 mil pesos.
Fabián Valdivia consideró importante mirar esta artesanía como un proceso que involucra saberes, valores e identidad.
“La talavera tiene un costo más allá del estándar por la calidad y el cuidado. Creo que aquí hay que ser sensibles a dos temas: estamos comprando piezas artísticas y únicas. Detrás de esa pieza hay valores humanos, hay personas trabajando, hay saberes aplicados y el cuidado de una tradición que nos da identidad. No podemos decir que tiene un costo bajo, pero tampoco podemos decir que es caro. Tenemos que ver la talavera con otros ojos; es algo que está en nuestra ciudad, es parte de un apoyo a los talleres, a los productores y a nuestra propia identidad”.
El reto generacional
El reto para la conservación de este oficio artesanal no es solo heredarlo a las siguientes generaciones, sino también fomentar el consumo, lograr que la fusión entre pasado y futuro y lo hecho a mano cobre un valor simbólico frente a las nuevas industrias y tecnologías.
Las casas de talavera en Puebla se han dado a la tarea de impartir talleres para difundir el valor de esta artesanía, capacitar a torneros, pintores y jóvenes para que adopten las técnicas, además de colaborar con artistas y diseñadores para que este arte continúe evolucionando.
“El reto viene en el diseño, es decir, en proponer nuevas formas sin cambiar los colores que son base del patrimonio. ¿Cómo se puede innovar? Es un gran reto, pero la talavera es un ejemplo de una expresión artística y cultural de México que es producto de muchas influencias. Es un elemento patrimonial no solo en términos de conservación, sino por todas las manos de las personas que portan los saberes. Puede ser importante cuidar que haya nuevas generaciones aprendiendo los procesos, pero debe haber consumo al final de esta cadena productiva”, concluyó Fabián Valdivia.
AH
