M+.- El agua se tragaba los caminos, anegaba las parcelas y cercaba las viviendas. En las comunidades rurales de Pánuco, Veracruz, a unos 55 kilómetros de Tampico, familias enteras se refugiaban en los techos de sus casas mientras la creciente avanzaba implacable sobre calles, cultivos y potreros.
Las comunidades habían quedado aisladas. El desbordamiento de los ríos Pánuco y Tamesí convertía el paisaje en un inmenso espejo de agua tras el paso del huracán Inés, de categoría cuatro. En medio de la emergencia, los soldados comenzaron a abrirse paso entre las inundaciones para llegar hasta las familias atrapadas.
En las zonas de difícil acceso, los rescates se realizaban desde helicópteros, mientras que, en tierra, otros elementos amarraban a las personas a los árboles para impedir que la corriente las arrastrara. Era octubre de 1966 y las lluvias torrenciales dejaban una estela de devastación en el norte de Veracruz y el sur de Tamaulipas.
Los soldados no se enfrentaban a un enemigo armado, sino a la fuerza del agua. Aquella emergencia quedó inscrita en la historia militar de México: el 10 de octubre de 1966, en la región del río Pánuco, se aplicó por primera vez el Plan DN-III-E, creado para organizar el despliegue de personal y recursos del Ejército en apoyo a la población civil.
Bajo este plan de acción, cuando la noche se rompe, ellos ya están en camino. No dudan: llegan primero y permanecen hasta que vuelve la calma. Son la mano protectora que no suelta al pueblo.
Una misión frente a la fuerza del agua
La inundación transformó la vida de Pánuco y se estima que afectó a poco más de 84 mil habitantes. Muchas familias de las comunidades rurales tuvieron que permanecer durante casi dos semanas en refugios habilitados en la cabecera municipal.
“La valiente intervención del Ejército evitó que murieran muchas personas”, cuenta el historiador panuquense Luis Enrique Pérez.
La participación militar fue esencial en las labores de auxilio, porque no se trataba únicamente de enfrentar la fuerza de la corriente, sino también de atender a quienes habían perdido sus hogares y contribuir a que la región comenzara a recuperarse.
“Fue la última inundación grave en la región metropolitana de Tamaulipas y Veracruz”, narra el investigador.
La lección, agrega, trasciende generaciones: ante la fuerza de la naturaleza, la capacidad de respuesta puede marcar la diferencia.
El plan que nació para auxiliar a los mexicanos
Lo ocurrido en 1966 puso de manifiesto la importancia de contar con procedimientos que permitieran organizar al personal, distribuir los recursos disponibles y coordinar las acciones de auxilio, explica a MILENIO el subteniente de Transmisiones Jesús Gómez Cortez, del Ejército mexicano.
“La experiencia en Pánuco puso de manifiesto nuestra capacidad de respuesta ante una catástrofe”, subraya durante una entrevista realizada en la exposición militar La Gran Fuerza de México, instalada en el recinto ferial de Tampico, Tamaulipas.
El militar precisa que el Plan DN-III-E se aplicó por primera vez en 1966, durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, aunque su origen se remonta al año anterior, cuando, por mandato presidencial, la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) incorporó a su planeación estratégica un mecanismo específico para responder ante desastres y brindar auxilio a la población civil.
“Se incorporó como el Anexo E del Plan Director de Defensa Nacional Número III, entonces vigente, de donde surgió su denominación. El 22 de septiembre de 1965 fue aprobado y registrado oficialmente como el instrumento que establece los lineamientos para que el Ejército y la Fuerza Aérea Mexicanos movilicen personal y recursos materiales con el fin de atender a la población afectada por emergencias”.
En marzo de 1966, el entonces secretario de la Defensa Nacional, general Marcelino García Barragán, entregó al presidente Díaz Ordaz la primera versión oficial del Plan DN-III-E. Tras su presentación, se ordenó distribuirlo entre los mandos de las zonas militares para ponerlo en marcha, con la participación de autoridades civiles y de la iniciativa privada en las labores de auxilio a la población.
Ese mismo año, las devastadoras inundaciones provocadas por el huracán Inés y el desbordamiento de los ríos Pánuco y Tamesí marcaron la primera gran prueba del Plan DN-III-E, que entró en acción para auxiliar a la población del norte de Veracruz y el sur de Tamaulipas.
“Nosotros lo que hacemos es auxiliar a la población en las necesidades que puedan surgir a causa de un desastre natural, ahí ponemos en marcha las tres fases del Plan DN-III-E que son prevención, auxilio y recuperación”, apunta el subteniente Gómez.
Durante la primera fase se desarrollan acciones para reducir riesgos y preparar la respuesta ante una contingencia; en la segunda se realizan tareas inmediatas de protección, rescate, evacuación y asistencia, mientras que, en la tercera, los esfuerzos se concentran en contribuir a la recuperación de las comunidades afectadas.
Aunque los desastres naturales no pueden evitarse, el subteniente señala que la aplicación del Plan DN-III-E permite reducir sus efectos sobre la población civil, proteger la integridad física de las personas y salvaguardar, en la medida de lo posible, sus bienes materiales.
Su objetivo es actuar oportunamente para mitigar los daños, auxiliar a quienes se encuentran en riesgo y brindar protección durante las emergencias.
“Llevamos el auxilio a la población que queda atrapada por sismos, inundaciones o huracanes. Apoyamos con todos los recursos disponibles para atender las necesidades que surgen y contribuir a la recuperación de las zonas afectadas. Contamos con cocinas comunitarias, hospitales quirúrgicos y equipos de comunicación para mantener el contacto con la población”, detalla.
Añade que también disponen de zapadores, personal especializado en trabajos de ingeniería que participa en la rehabilitación de caminos para restablecer el acceso a las comunidades afectadas y permitir el tránsito tanto de los equipos de emergencia como de los civiles que necesitan entrar o salir de las zonas siniestradas, incluso para visitar a sus familiares.
A estas labores se suma el uso de vehículos de carga para transportar suministros, apoyar a la población y remover escombros, con el propósito de facilitar las tareas de rescate y recuperación.
“Para nosotros como primera línea de defensa en México, es un orgullo poder ayudar a la población que es más vulnerable que nosotros. La satisfacción es que nuestro país se encuentre en óptimas condiciones”, afirma.
El Plan DN-III-E ha mantenido su denominación pese a los cambios registrados en la planeación de la Defensa Nacional. Con el paso de las décadas, su nombre se ha convertido en una referencia para la población mexicana ante situaciones de emergencia.
Entre los escombros y la pandemia
En septiembre de 1985, la tierra se estremeció y miles de personas quedaron atrapadas bajo toneladas de escombros. El desastre puso a prueba la capacidad de respuesta del país y dejó una lección imborrable: ante la magnitud de una tragedia, ningún esfuerzo basta por sí solo.
El rescate de sobrevivientes y la atención a los damnificados hicieron evidente la urgencia de unir fuerzas entre el Ejército, las instituciones públicas y la sociedad civil para enfrentar la emergencia y devolver la esperanza a quienes lo habían perdido todo. El Plan DN-III-E se convirtió en un eje articulador de las labores de auxilio.
Treinta y cinco años después, una nueva emergencia demandó una respuesta extraordinaria de las autoridades. La pandemia de covid-19 obligó a desplegar personal y recursos para enfrentar una amenaza que avanzaba sin distinguir fronteras y saturaba los servicios de salud.
Ante la crisis, la Secretaría de la Defensa Nacional recurrió nuevamente a su capacidad operativa para apoyar la atención sanitaria, ampliar la infraestructura hospitalaria y coordinar tareas logísticas, en una carrera contra el tiempo para atender a los enfermos y salvar vidas.
Cada contingencia ha planteado desafíos diferentes. Sin embargo, el propósito central del Plan DN-III-E se ha mantenido a lo largo de seis décadas: auxiliar a la población cuando una emergencia pone en peligro su integridad y su patrimonio.
Hilda, la fuente de inspiración
La historia del Plan DN-III-E suele recordarse a través de imágenes de soldados que avanzan entre calles inundadas, transportan ayuda, evacúan familias o participan en labores de rescate.
Detrás de cada operativo hay una familia que debe abandonar su casa, una comunidad que pierde sus medios de subsistencia o una persona que espera ayuda en medio de condiciones que no puede enfrentar por sí sola.
Para el excronista adjunto de Tampico, Francisco Ramos Alcocer, es muy probable que la tragedia provocada por el ciclón Hilda y la devastadora inundación de 1955 hayan servido de inspiración para la creación del Plan DN-III-E.
En aquel entonces, el Gobierno de México se vio completamente rebasado por la magnitud de la emergencia que golpeó a la región, pero principalmente al puerto de Tampico.
“El desastre ocurrido 11 años antes del huracán Inés evidenció que no se tenía nada en materia de protección civil, tuvo que venir la Marina de Estados Unidos a apoyar a la población. Toda esa experiencia influyó para que México creara su propio plan de auxilio militar, un mecanismo propio y organizado para responder a las contingencias”, expresa.
La conmemoración del Plan DN-III-E en octubre no sólo remite a una fecha o a una disposición militar. También recuerda a las familias que enfrentaron la inundación, a las comunidades que tuvieron que empezar de nuevo y a los soldados que participaron en las labores de auxilio cuando el agua había puesto en peligro la vida y el patrimonio de miles de personas.
JETL
