A veinte años de la tragedia en Pasta de Conchos, Rosa Elena Ramírez Zamarrón vuelve a ese momento que le cambió la vida. Es hija del minero Hugo Ramírez García y aún recuerda con precisión la última llamada que recibió de él, horas antes del accidente.
“Sí, soy hija del minero Hugo Ramírez García y, pues, hoy se cumplen 20 años de esta tragedia, de este crimen industrial, porque así es como lo debemos de llamar”.
Aquella noche, su padre salió rumbo al turno de tercera. Antes de irse, hizo algo que no era habitual.
“Trabajaba, pues en el turno de tercera y me llamó para antes de salir de la casa para despedirse y me dijo que me quería mucho, que cuidara a mi mamá y a mis hermanos y era raro que me llamara antes de irse a trabajar”.
Al día siguiente, un domingo por la mañana, mientras realizaba sus actividades cotidianas en Estados Unidos, recibió otra llamada.
“Sí, era un domingo por la mañana, estábamos haciendo nuestras cosas normales y un tío me llama y me dice que sí, le había hablado a mi papá, y le dije que estaba llamando a la casa, pero nadie contestaba. Entonces le dije, pues seguramente andan en el rancho porque era el plan que tenían de cuando llegaron mis papás, se iban a ir al rancho, y le digo, ¿por qué, tío? Dice, es que en las noticias están diciendo que este hubo un accidente en una mina y dijeron el nombre de tu papá”.
El impacto fue inmediato. “Yo me acuerdo que grité, lloré, me perdí las fuerzas y perdí el control de mí, o sea”.
Durante el trayecto de regreso desde San Antonio, la esperanza se sostenía en los reportes que escuchaban por radio.
“Yo venía pensando que porque veníamos escuchando las noticias en la radio en ese tiempo no había redes sociales o, bueno, las redes que utilizamos ahorita, ¿verdad? Y este veníamos escuchando la radio y decían que los iban a sacar en las siguientes horas, así es que el camino se me hacía eterno y venía con esa esperanza de que cuando llegáramos aquí este tal vez ya lo habían sacado, que tal vez ya los estaban sacando”.
Nunca imaginó el peor escenario
“No, no, porque los primeros días, las primeras horas y los primeros días nos dijeron que ellos estaban vivos y que los iban a rescatar y que había señas y que había, sí, posibles pruebas de que ruidos, donde sonidos que ellos estaban tratando de salir, que estaban tratando de pedir ayuda o algo, entonces por eso eso nos hacía pensar que ellos estaban vivos”.
Veinte años después, la mina fue sellada, pero no la herida. Treinta y ocho mineros siguen sin ser rescatados.
“Hemos vivido estos últimos 20 años con esa herida abierta porque, aunque sellaron la mina, la herida de nosotros sigue aún abierta porque mi papá no ha salido; nos faltan 38 mineros, y aquí estamos esperando a que salgan”.
Cada recuperación representa una mezcla de dolor y esperanza
“Yo he llorado por todos ellos, cada uno que ha salido, he llorado como si fuera mi papá porque representa la posibilidad de que sea él y, pues, si no es él, sé que tal vez el siguiente”.
Cuando alguien le dice que su padre ya descansa, ella responde con firmeza. “Yo siempre les digo que mi papá no quería descansar, que mi papá quería salir de la mina y quería llegar a la casa y volver a abrazarnos”.
Lo recuerda como un hombre valiente y entregado a su familia. “Era un gran padre y muy valiente y muy dado a su familia, muy atento a todas nuestras actividades como estudiantes. Estaba orgulloso de nosotros. Le gustaba mucho el rancho, los caballos; era muy valiente. Así lo voy a recordar siempre, era muy valiente”.
Incluso en sueños, la memoria sigue viva. “Sí, sí, y la semana pasada lo soñé también”.
“Pues son sueños muy bonitos, porque son… es como que siento este. Estoy en el sueño, estoy consciente de que es un sueño, que voy a despertar y que él se va a ir, y siento como que es un regalo el estar con él, por lo menos en un sueño”.
Su lucha, asegura, no es solo personal. “Pues sigo luchando por él, sigo aquí y sigo pidiendo. Por el rescate de sus restos y por justicia”.
“Yo creo que una de las maneras también es que quiero que la gente sepa que esto no es solo un interés particular por nuestros padres, por nuestros mineros, sino que también es una lucha social por los derechos de los mineros actuales, por mejorar las condiciones de trabajo de los mineros actuales y de los mineros en todas partes, ¿verdad?, de México, que esto no se vuelve a repetir, y yo creo que él estaría muy orgulloso de nosotros por esto”.
Veinte años después, la voz de Rosa no es solo memoria. Es exigencia. Espera. Es una hija que sigue mirando hacia la mina con la esperanza intacta de que, algún día, su padre pueda volver a casa.
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