En un ambiente solemne en la Catedral de Nuestra Señora del Carmen, el cual estuvo cargado de recogimiento y simbolismo, este Jueves Santo, Luis Martín Barraza Beltrán, obispo de Torreón, ofició la misa en la que se conmemoró uno de los gestos más significativos del cristianismo: el lavatorio de pies.
La ceremonia, que recuerda el acto de humildad de Jesucristo con sus discípulos, tuvo la presencia de familias laguneras que tienen como tradición acudir a este templo para iniciar así con los días de reflexión sobre la Pasión de Cristo.
Desde el altar, el obispo centró su mensaje en el sentido profundo del servicio, al evocar la primera cena en la que Cristo compartió “los santos misterios”, en un gesto de entrega que marcó el inicio de la tradición eucarística.
Durante la homilía, se retomó el pasaje del Evangelio según San Juan, que narra cómo, en medio de la última cena, Jesús se levantó para lavar los pies de sus discípulos, aun sabiendo de la traición de Judas Iscariote.
“Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora”, citó el obispo en referencia al diálogo con Pedro, subrayando después el mensaje central: “Si yo, que soy el Señor, les lavé los pies, ustedes también deben hacerlo”.
El obispo invitó a reflexionar sobre el verdadero sentido de los títulos dentro de la Iglesia, al señalar que estos “sirven para servir”, en un llamado directo a vivir la fe desde la humildad y la entrega al prójimo.
Como parte del rito, el gesto del lavatorio se realizó con niñas y niños que pasaron al frente del altar principal, colocados bajo el altar que resguarda la imagen de la Virgen del Carmen. Uno a uno, participaron en esta representación que simboliza la pureza, la fe y la vocación de servicio.
La celebración formó parte del recordatorio de que la Eucaristía es “el sacramento de nuestra fe”, donde Cristo se ofrece a sí mismo y abre su corazón a los creyentes, en un acto que trasciende el tiempo y se renueva en cada liturgia.
El obispo Luis Martín Barraza Beltrán, entre palabras, símbolos y silencios, revivió una de las escenas más íntimas del Evangelio: la de un maestro que, al arrodillarse ante los suyos para lavarles los pies, dejó una enseñanza que sigue vigente en la Iglesia Católica.
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