La dulce tradición de pedir y dar calaverita

En la colonia San Blas de Cuautitlán, Estado de México, doña Ceci y su familia llevan 17 años con la costumbre de agasajar a los pequeños monstruos con golosinas.

Pocos conocen que en una casa de la colonia San Blas, en Cuautitlán, Estado de México, el festejo del Día de Muertos se ha convertido, literalmente, en una dulce tradición.

Entre gatos y espantapájaros de fieltro, esqueletos de papel y calabazas luminosas, doña Cecilia Rivera recibió, como lo ha hecho durante 17 años, a miles de diablitos, vampiros, catrinas, brujas y monstruos que, a la voz de “¡queremos calaverita, queremos calaverita”, intercambiaron la cantaleta por un chocolate, una paleta, un malvavisco o una bolsita de frituras.

Antier, su puerta se abrió en punto de las 19:30 horas; en menos de dos horas, las golosinas se encontraban al interior de las bolsas y calabazas de plástico de los niños. “No sé cuánto dinero invierto, pues también me ayudan mis hijos, mi nuera y una vecina, pero en una ocasión entregamos 3 mil golosinas”, dijo doña Ceci.

Su rostro, aunque alegre, mostraba también algunos tintes de cansancio, pues desde temprano se dirigió a la Central de Abasto de Tultitlán para comprar la fruta de la ofrenda y algunos dulces; después montó el altar en honor a los difuntos y limpió y decoró su casa. Pudieron verse tiras de papel colgadas de ramas y barrotes, las cuales bailaron al paso del viento y recrearon entre las figuras de fieltro y la variedad de disfraces una escena fantasmalmente tierna.

Doña Ceci contó la manera en que sus nietos se han hecho sus cómplices en esta dulce travesía a la hora de tomar la escoba para barrer el patio y disfrazarse para repartir alegría: “Me gusta ver las caras de los niños; algunos son muy tímidos y se quedan calladitos, otros rezan, cantan y algunos hasta bailan. Me gusta que mis nietos sigan con la tradición: a ellos no les gusta pedir calaverita, ellos aprendieron a dar”.

Al exterior de la casa que se encuentra en la esquina de Calle 6 y la Avenida 45, un policía velaba por la seguridad de los monstruos que, conforme pasaban las horas, llegaban en mayor cantidad. Entre ellos destacó un fauno que portaba unas botas viejas, una máscara elaborada con papel reciclado y un bastón envuelto en bolsas de plástico negro, debido a que “ahorita la economía no alcanza”.

Tras hacer una parada en lo que para los vecinos de San Blas ya es un punto obligado, los niños y sus padres continuaron su camino en busca de más dulces a lo largo de la colonia. Taquerías, estéticas, panaderías, tiendas y torterías estaban listas para completar la misión: algunos negocios además, amenizaron el ambiente al ritmo de banda, reguetón e incluso los temas del Chavo del Ocho hasta encontrar la emoción más fuerte de este recorrido: la base de los motociclistas.

Sirenas, cláxones y el rugir de las máquinas formaron una escena pocas veces vista: ríos de gente que, a lo largo de algunas colonias de Cuautitlán y Tultitlán, saludaban y esperaban recibir un dulce de Batman, de un hombre ataviado de foquitos de colores o de Chucky, el muñeco diabólico, a bordo de una flamante Chopper o una Yamaha de pista.

Así, los pequeños monstruos por un día regresaron a casa sonrientes, luego de disfrutar la alegría de una fiesta hecha por el gusto de compartir alegría.

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