M+.- Un grupo de mujeres jóvenes, que no rebasan los 18 años, corea la canción que compuso y grabó una de ellas: Fuiste mi tormenta, mi luna llena; hoy eres el invierno de ese dolor. Mueven los pies y la cabeza tímidamente, sentadas frente a una pantalla en la que se proyecta el video de la rola, una secuencia de paisajes citadinos, nocturnos y de playa.
El coro es pegajoso, la canción tiene un ritmo que coquetea con el K-Pop y se titula Prisionera de tu amor. La autora permanece en un centro de internamiento para adolescentes en conflicto con la ley y la pieza es resultado de un taller con un nombre que no esconde sus intenciones: ¡Cuidado, aquí hay corridos!
Durante cinco meses, las jóvenes de este lugar, en el centro del país, según constató MILENIO, se adentraron en el mundo de la producción musical. Aprendieron de composición, crearon canciones y produjeron sus videos. Pero sobre todo, desarrollaron su sensibilidad, trabajaron el manejo de emociones y el control de impulsos, con ejercicios de poesía y teatro.
Custodias e internas, su público
Es una tarde de junio. Las chicas se reúnen en uno de los patios para ver los videos musicales que crearon durante el taller. El maestro, Marco Guagneli, coordinador de cultura de paz de la Organización Comunitaria por la Paz (Ocupa), que está detrás del taller, les pide que bailen y respiren antes de la presentación para que se relajen, pues están nerviosas.
Hacen un círculo en equipo, team back. Se dan ánimos. Comienza la función. El público son las custodias, las autoridades del centro, profesores de Ocupa, las mismas internas y el papá de una de ellas. Las alumnas se sientan juntas, comen palomitas, están emocionadas y atentas a la pantalla.
Del dolor a la fidelidad: las historias que cantan
Rosalía, a quien identificaremos así para proteger su identidad, se pone de pie, da unos pasos al frente y presenta su canción.
“Es de mi segundo disco”, bromea.
“Esta canción se llama Tu recuerdo”, dice.
Es un rap en el que reflexiona sobre las decisiones que la llevaron hasta aquí.
“La calle me hizo fuerte, pero me pudrió la mente”, se escucha en un coro. “Por buscar el reconocimiento de los demás, me perdí a mí misma”, dice en otro momento.
La letra es personal, pero refleja un contexto compartido entre estas jóvenes, provenientes de barrios violentos. Una a una van presentando sus canciones. Cada rola habla de ellas, de lo que les gusta o lo que les duele.
Sara, a quien le modificamos el nombre, escribió un rap sobre el bebé que perdió titulado Amarte duele, como su película favorita. Geo, también de identidad protegida, creó un reguetón romántico y pidió pingüinos en el video para hacer alusión a la fidelidad.
“Los pingüinos tienen una sola pareja, porque una pareja es para siempre”, comenta ante el público.
Otra de ellas, a quien llamaremos Ale, compuso un “mix chacalón” de YouTube con la imagen fija de una moto en medio, en el que canta Yo quiero un bellako. Yo no quiero un santo.
Para Mirna, también seudónimo, fue la oportunidad de contar su historia.
“Esta canción es mi salvación”, dice.
En ella cuenta que perdió a su mamá y su mundo se derrumbó. Mis hermanos lejos, yo me fui perdiendo. La calle me habló, me dio su abrigo. Malas amistades se hicieron conmigo. Desde morrita me hice bien dura; a los 13 años ya no hubo ternura. Me hice bandida para sobrevivir.
Y más adelante canta: Me pesa en el alma todo el dolor que un día causé sin pensar, pero quiero cambiar, no huir más.
Creatividad como descubrimiento de que no hay límites
Al final de cada presentación, sus compañeras aplauden. De esto también se trata el taller.
“En un contexto en el que les han dicho siempre que no pueden, que no lo merecen, que deben estar alejadas de la sociedad porque son malas, de repente se puede construir un espacio donde son creativas, donde son buenas hijas, buenas madres; eso les ayuda a cambiar el chip”, dice Marco en entrevista.
A esto se le llama resignificación de roles, explica Paola Zavala Saeb, abogada y criminóloga, presidenta de Ocupa.
“Todas las conductas son aprendidas y son enseñadas, y si en sus barrios, en sus familias, han aprendido esas conductas, pues son las que van a repetir, porque no puedes agarrar una conducta de la nada, alguien te la tiene que enseñar. Entonces, cuando les das la posibilidad de un rol distinto, solo la posibilidad, tan solo con imaginarte en un rol distinto, se abre una infinidad de posibilidades y es lo que nos interesa detonar y sistematizar”, comenta.
De vuelta a la presentación, ahora en las pantallas aparecen los maestros; todos ellos son reconocidos en sus ámbitos artísticos. Las chicas se conmueven. Muchos de ellos viven en otros países y, de regreso a casa, tras terminar los talleres, les grabaron unas palabras.
“Sigan siendo creativas, son capaces de todo”, les dice el compositor estadunidense Jeremy Thal, quien junto a los mexicanos Ana López, cantautora, y Emiliano López, productor, les dieron clases con herramientas como Ableton, un programa con el que las chicas hicieron sus propios beats y produjeron las rolas.
En una segunda etapa, la directora de cine Rebeca Becerra y Hermann Neudert, director de videos musicales de artistas como Simpson Ahuevo y Ed Maverick, les dieron talleres de introducción al guion.
A partir de estos guiones se crearon los videos musicales que Hermann va presentando desde su computadora. Ellas no los habían visto, pues el encierro les impedía salir a grabar y sus cortas edades no les permitían ser filmadas.
“Una de las grandes limitantes que tenemos es que no podemos ingresar cámaras de video al interior del centro, entonces las chicas decían: ‘Yo quiero una toma de tal ciudad o específicamente de Tepito porque yo soy de ahí y quiero que salga un altar de la Santa Muerte’. A partir de estos detonadores, nosotros nos las ingeniamos para hacer levantamiento de imagen”, relata Marco.
Las jóvenes también propusieron la tipografía y la identidad visual de cada video. Se involucraron prácticamente en todos los procesos. Pero sin saberlo, detrás del taller había una estrategia oculta: ejercicios pensados para fortalecer la empatía de las jóvenes, su capacidad de calcular consecuencias y tomar decisiones, explica Paola.
“Con el pretexto del arte, las convocamos a un taller para tomar decisiones no violentas en su vida”, resume.
"La semilla está sembrada"
La táctica dio resultado; las historias que contaron en sus rolas atraviesan conflictos como el abandono, la pérdida o el abuso de sustancias y terminan dejando una reflexión.
Llegar ahí no fue sencillo. Marco recuerda que al principio había resistencias, pues las jóvenes tienen un marcado conflicto con la autoridad. El reto fue manejar esas resistencias sin imponer y darles libertad sin perder el control.
También se encontró con el temor de mostrarse vulnerables. Durante las primeras sesiones, las chicas abordaban temas como la objetualización de las mujeres y la apología de la violencia, temas que son recurrentes en el reggaetón o en el corrido.
Marco intentaba darles la vuelta.
“Ok, chicas, vamos a hablar de la objetualización del cuerpo femenino”, les dijo para entender, entre todas, por qué estaban escribiendo eso. Entonces, puso una canción y luego otra de empoderamiento, para generar contraste y discusión.
“Hablamos sobre feminismos y violencia de pareja, y las chicas se sensibilizaron un montón, escribieron cosas increíbles, poéticas, estaban abriendo cosas que entre ellas no habían abierto nunca; se logró construir mucha sororidad”.
Pero a la clase siguiente, ya con el equipo de grabación listo, las chicas le dijeron: “No, ya lo estuvimos leyendo y no nos gustó, nos dimos cuenta de que era muy cursi y muy intenso, y ahora queremos hablar del ‘chacalón', que me rapte el chacalón", comenta Marco. “Fue como decir: hoy me vulnero, mañana no”, reflexiona el profesor.
Esto resume en buena medida la dificultad de plantear cambios de fondo en tan poco tiempo.
“Cinco meses se quedan cortos. Este proceso ha sido muy rico, pero es un proceso que podría profundizarse más”, dice Marco.
Sin embargo, la semilla está sembrada. Después de presentar sus rolas, las chicas celebran con pizza. En todo momento están vigiladas por mujeres policías. Charlan con Paola, Marco y Hermann. Las conversaciones se repiten; en cada una de ellas les cuentan cuántos meses les faltan para salir de este lugar tras cumplir sus condenas. Les hablan de sus planes futuros. Solo una de ellas quiere dedicarse a la música.
Un par de horas de convivencia en el patio y vuelven al interior del centro. El internamiento es duro y es solitario; sin embargo, esta tarde, entre cuatro paredes, la música hizo una grieta.
ksh