M+.- Las calles de la Comarca Lagunera exhiben durante este ciclo agrícola de 2026 una estampa que, lejos de reflejar abundancia, es el síntoma de una profunda hemorragia económica. Camionetas cargadas con sandías imponentes y relucientes deambulan por los cruceros de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, buscando el sustento diario directamente del consumidor. Esta proliferación del comercio ambulante no es casualidad; es el último recurso de supervivencia de un sector que prefiere malbaratar su patrimonio en el asfalto antes que ver cómo se pudre en la tierra.
En este ciclo, el precio de la sandía a granel en las parcelas se desplomó drásticamente hasta alcanzar la irrisoria cifra de un peso con 50 centavos por kilogramo, un valor que no solo está por debajo del costo de producción, sino que ha expulsado de tajo del mercado formal a cientos de agricultores regionales.
La realidad del campo lagunero y mexicano, escuchada por MILENIO, se debate hoy entre dos mundos asimétricos: el de la tierra batida, donde el productor asume los riesgos climáticos, las plagas y el costo de los insumos; y el de los centros comerciales y mercados internacionales, donde el valor del mismo producto se multiplica exponencialmente.
Mientras un productor local recibe 1.50 pesos por su esfuerzo, en las grandes cadenas de supermercados de la región el kilogramo de la fruta varía entre los 10 y los 25 pesos.
La distorsión es aún más severa en el contexto global: en mercados asiáticos como Japón o Corea del Sur, una sandía pequeña de calidad similar a la lagunera alcanza precios de hasta 450 pesos mexicanos.
Esta brecha evidencia el severo castigo estructural que sufre el campesinado nacional, atrapado en una cadena de valor donde las cadenas de autoservicio imponen condiciones draconianas y acotan los precios, estrangulando el margen de ganancia del eslabón más débil.
La tormenta perfecta: sobreoferta, clima y el desdén corporativo
Para los productores de municipios eminentemente agrícolas como Matamoros, San Pedro, Tlahualilo y Lerdo, el ciclo actual se convirtió en la tormenta perfecta.
Eloy Castañón Ojeda, productor matamorense, explica que el desplome del valor de la sandía comenzó a agudizarse desde el pasado mes de mayo debido a una saturación del mercado nacional.
La sobreproducción en distintas regiones del país llenó las bodegas de las centrales de abasto, permitiendo que los compradores intermediarios y los monopolios comerciales ejercieran una presión a la baja sobre el productor lagunero.
Bajo este esquema, solo lograron subsistir aquellos grandes consorcios agrícolas que contaban con contratos de venta pactados con anterioridad con las cadenas comerciales, dejando en la indefensión al pequeño y mediano agricultor.
"Ahí los productores, los que sembramos sandía, sí perdimos. Porque el precio a 1.50, 1.90 o dos pesos, pues de plano no sale. La inversión de la cosecha es alta, aparte de todo lo que invertimos desde que sembramos, desde que preparamos la tierra; la maniobra de la cosecha cuesta mucho dinero. Algunos compañeros de plano abandonaron sus parcelas y la fruta ahí se pierde, ahí se queda tirada", lamenta Castañón Ojeda, con la mirada fija en los campos cubiertos de verde que ya nadie levantará.
A la crisis comercial se sumó el factor climático.
Desde abril pasado, la Comarca Lagunera registró temperaturas atípicamente altas y una escasez prolongada de agua de riego.
El estrés hídrico obligó a las plantas a acelerar su ciclo biológico, forzando un adelantamiento de las cosechas que elevó sustancialmente los costos de los jornales y la logística de recolección.
El resultado financiero fue devastador: de una inversión promedio de 150 mil pesos por hectárea, los agricultores apenas lograron recuperar una tercera parte, es decir, escasos 50 mil pesos.
Ante este déficit, meter maquinaria agrícola o contratar personal para recoger el fruto significaba incrementar la pérdida, por lo que hectáreas enteras fueron destruidas con la rastra para reincorporar la fruta podrida al suelo.
El fantasma del embargo: deudas y ocho años sin subsidios
El drama de la sandía no solo trunca los ingresos inmediatos de la temporada, sino que compromete el patrimonio de generaciones.
Samuel Martínez, líder de la Confederación Nacional Campesina (CNC) en Lerdo, advierte que la problemática del agro regional es un reflejo fidedigno de lo que ocurre a nivel federal.
El campo mexicano opera actualmente sin redes de seguridad social ni esquemas de protección financiera ante la volatilidad de los mercados.
Don Refugio Rodríguez Vela, veterano productor de la región, señala que son más de 500 los agricultores locales que registran pérdidas millonarias en este ciclo.
La gravedad del asunto estriba en que, ante la desaparición de la banca de desarrollo rural y la ausencia de subsidios gubernamentales desde hace ocho años, los campesinos se han visto obligados a recurrir a la banca comercial y a cajas populares bajo condiciones sumamente desfavorables.
Para obtener las semillas y fertilizantes al arranque del ciclo agrícola 2026, muchos de ellos tuvieron que poner en garantía sus títulos de propiedad, tractores, implementos y maquinaria.
"Está muy difícil. Ahorita, para sembrar, tenemos que andar empeñando lo poquito que tenemos: el tractor o las herramientas las ponemos en garantía para que nos den un crédito. Los intereses están muy altos y, aunque la situación está crítica, aquí andamos echándole ganas. Ya nos estamos preparando para los cultivos tardíos, a ver cómo nos va en la siguiente vuelta", comparte Rodríguez Vela, reflejando el estoicismo de un sector que se niega a morir.
La única balsa de salvación para algunos productores fue la diversificación. Sin embargo, para la mayoría que apostó todo al cultivo de la sandía, el panorama actual se traduce en carteras vencidas, solicitudes de prórrogas financieras y la amenaza latente del embargo de sus herramientas de trabajo.
Un agro desprotegido ante la dictadura del anaquel
El colapso del precio de comercialización en La Laguna pone sobre la mesa el viejo debate de las reglas de operación de las cadenas de autoservicio en México.
Los líderes agrarios denuncian que las grandes tiendas departamentales y supermercados imponen castigos severos por concepto de calidad, empaque, logística de distribución y tiempos de pago que pueden demorar hasta 90 días, un esquema que resulta insostenible para quien vive del día a día en el ejido.
Mientras el intermediario y la cadena comercial se quedan con márgenes de ganancia superiores al 500 por ciento por cada kilogramo exhibido en sus islas climatizadas, el campesino absorbe 100 por ciento de las pérdidas operativas.
"En producción sí nos dio bastante la tierra, pero el precio no ayuda en nada. Un valor de 1.50 pesos no es alentador, no queda utilidad y ni siquiera se recupera la inversión inicial. Desafortunadamente, el campo, no solo en Lerdo o en la Comarca Lagunera, sino a nivel nacional, está tronado porque no hay nada de apoyo institucional", recrimina con severidad Samuel Martínez, de la CNC.
El campo de la Comarca Lagunera, que históricamente ha sido motor de desarrollo y orgullo regional, se encuentra hoy en una encrucijada donde la productividad ya no es garantía de bienestar.
La paradoja de cosechar alimentos de primera calidad que terminan abandonados por falta de un precio justo es el reflejo de un sistema comercial que castiga el origen de la cadena alimentaria.
Sin políticas públicas que regulen el abuso de las grandes cadenas comerciales, precios de garantía eficientes o subsidios dirigidos al pequeño productor, las postales de las camionetas vendiendo sandías baratas en las avenidas de La Laguna seguirán siendo, más que una estampa costumbrista, el grito de auxilio de un campo que se desangra en silencio.
HCM
