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  • La historia negra que casi se borró en el norte de México: afrodescendientes de mascogos recuperan su identidad en Coahuila

A partir de 1850 cuando se internaron en México buscando refugio, al alejarse de la tradición esclavista norteamericana. | Foto: Martín Piña

Aunque ser lagunero se sustentó en las etnias que dieron fundación a la región, poco o casi nada se habló de la presencia de los negros mascogos en La Laguna.

¡Hijos, seremos libres por fin cuando el Señor haya de venir!”

Versos del espiritual negro “Children, we all shall be free”.

Durante mucho tiempo, el orgullo del ser lagunero se sustentó en las etnias que dieron fundación a la región. Así se construyó un imaginario donde españoles, ingleses, alemanes, e incluso sirios, palestinos y chinos, se encargaron de darle una cara cosmopolita a Torreón, al tiempo que se enriquecía la cultura de la nueva ciudad a través de las tradiciones y la gastronomía del mundo. Pero poco o casi nada se habló de la presencia de los negros mascogos en la región lagunera.

Fue a partir de 1850 cuando se internaron en México buscando refugio, al alejarse de la tradición esclavista norteamericana. Este flujo migratorio históricamente concluyó con un asentamiento, es decir, con una reservación que se comparte aún hoy con los kikapús en el municipio de Múzquiz, en la región centro-norte de Coahuila, comenta el historiador Jorge Tirzo Lechuga.

Pero sobre los mascogos que llegaron a San Pedro de las Colonias, Parras de la Fuente, Viesca, Matamoros y Torreón, y de su descendencia que impulsa su reconocimiento a través del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), es el profesor y escritor Enrique Hernández Vásquez, quien expone que la afrodescendencia comienza a buscar sus raíces y a ser vista como parte de la historia.

Cubiertos de olvido

Hace unos días, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, de la Universidad Autónoma de Coahuila, presentó el libro “Los que se quedaron”, que compendia una serie de cuentos que derivaron de la investigación “Negros mascogos en la Comarca Lagunera de Coahuila”. Como autor, Hernández Vásquez afirma que se trata de una historia jamás contada y es por ello que busca rescatar la memoria de las familias y su legado.

“Cuando supe de la existencia de este grupo sentí mucha simpatía porque estaban luchando en contra de la esclavitud. Los grupos sociales que están en esta línea son dignos de respeto. El apego viene de una situación ideológica; yo admiro y trato de unirme a los que están excluidos porque ellos, al menos en la región lagunera, estaban completamente cubiertos de olvido, no se les ha dado su lugar y eso ha sido en parte porque las élites que gobiernan aquí tienden al reconocimiento de los europeos.

“Hace algunos años se hablaba de las etnias que dieron lugar a la Comarca y se privilegiaba el nombramiento de alemanes, ingleses, franceses, etcétera. ¿Y por qué no se nombra a los africanos, a los tlaxcaltecas o incluso a los migrantes nacionales? Se tiene un afán de blanquear el origen y se falsea la historia. Cierto que hubo alemanes y españoles, pero hay otros grupos negados”.

La investigación

En un periódico de la región, el historiador parrense Gildardo Contreras Palacios escribió en general sobre los negros africanos que llegaron a Tlahualilo, en Durango, a partir de 1895, y en particular sobre los mascogos

En su texto deslizó el nombre de Felipe Álvarez, a quien colocó en 1891 en la Hacienda San Marcos, hoy ejido San Marcos, en San Pedro de las Colonias, Coahuila. Ese fue el punto de partida para que Enrique Hernández iniciara una investigación documental y de campo. Felipe, en la fecha señalada, tenía 70 años.

“No daba más datos, pero con eso comencé a hacer una investigación documental y de campo. Al que encontramos primero fue a un señor que se llama Toribio Gámez, que vive justo en el ejido San Marcos. La información la buscamos en registros civiles y en los libros de las iglesias; ahí encontré el nombre de José Álvarez, nieto de Felipe Álvarez. En el acta de defunción de Cruz, la mamá de José Álvarez, se establece que él era nieto de Felipe Álvarez, quien a su vez murió en 1898”.

En el caso de Felipe, Hernández dijo que se casó con Rafaela Ramírez, nombre femenino que se conserva en toda la familia e incluso hay una Rafaela Ramírez en la actualidad. Felipe y Rafaela, antes de llegar a México, ya tenían una hija de nombre Josefa, nacida en los Estados Unidos; al cruzar la frontera entre Eagle Pass y Piedras Negras nació un hijo al que llamaron Andrés, quien es tatarabuelo de las descendientes que viven aún en La Laguna.

Aunque ser lagunero se sustentó en las etnias que dieron fundación a la región, poco o casi nada se habló de la presencia de los negros mascogos en La Laguna.
Las familias comenzaron a aportar sus documentos. | Foto: Martín Piña

Establecidos en la Hacienda de Hornos nacen Abraham, Tomás, María del Jesús y Pantaleón, quienes al crecer entablaron relaciones sentimentales con personas locales, ramificando la familia en diferentes pueblos de la Comarca Lagunera.

Pero sobre José Álvarez se afirma que para 1953 era ya un ejidatario en San Rafael. Fue así como el entrevistado se dio cuenta de que la familia se dispersó por el municipio.

Buscó además a los más viejos del ejido, quienes le dijeron que lo conocieron como “El Negro José” y que uno de sus hijos aún vivía en San Marcos y se llamaba Toribio Gámez.

“Toribio es un señor en silla de ruedas que ya casi no ve. Nos confirmó que su mamá fue la señora Josefa Álvarez, hija de José. También un compañero, maestro, me dijo que conocía a uno de los que yo andaba buscando, de los negros mascogos, y me dio su teléfono. Era Otilo Pineda, profesor. Le llamé, concertamos una cita, llegó con la compañera Juanita, su hija, a la reunión. Enlazaron a varios hermanos e incluso primos desde los Estados Unidos. Estaba muy contento porque dimos con afrodescendientes vivos. La historia es viva”.

Los afrodescendientes laguneros

Las familias comenzaron a aportar sus documentos. Decenas de fotos revelan el parentesco y la fusión con personas nativas. Pero la fisonomía no engaña. Los cabellos rizados, la piel oscura y otros rasgos se mantienen a la par de la memoria y la tradición oral.

Para impulsar su visibilización crearon la Asociación de Afrodescendientes Laguneros, en proceso de ser avalada por el INPI, aunque el reconocimiento local inició en San Marcos. El 13 de diciembre del año pasado, las autoridades ejidales, en una ceremonia civil, declararon una parte de su panteón como sitio sagrado para dar memoria, identidad y orgullo a la comunidad negra.

Raíz negra

A Juanita Herrera Pineda le parece interesante saber sobre sus antepasados y dijo que muchas veces se camina por la vida sin saber quiénes somos ni de dónde venimos. En su caso, las cosas son distintas porque sabe que El Negro Otilo, quien falleció hace tres décadas, fue su papá.

“Realmente sí estoy muy orgullosa de ser su hija porque él fue una persona muy alegre: era muy bailador, que es muy típico de los negros. Junto con Karla (Zurita), somos varias personas que formamos el grupo porque no sabíamos cuánta gente había y hoy nos damos cuenta de que es mucha… Si la abuela Rafaela tuvo 20 hijos, híjole, dónde está todo eso.
“Traemos planes. Fuimos a San Marcos, fuimos a recibir el terreno que nos cedieron, a poner en el terreno del panteón donde están los negros, una cruz y una lápida; se hizo una declaratoria. Cosas bonitas que no pensábamos y aparte conocimos a gente de San Marcos, de Tacubaya, de San Rafael".
Aunque ser lagunero se sustentó en las etnias que dieron fundación a la región, poco o casi nada se habló de la presencia de los negros mascogos en La Laguna.
Caminamos por la vida sin saber de dónde venimos. | Foto: Martín Piña

Sus primas Karla Zurita Lira y María Gabriela Marín Lira confirman que las líneas familiares llegan hasta El Nacimiento, reservación donde los mascogos asentaron su comunidad en Coahuila. Karla apuntó que su mamá era la hija más pequeña de los 20 hijos que tuvieron Rafaela Ramírez y Felipe Álvarez.

“Yo sí he estado en contacto con mis primos, y ahora que nos hemos reencontrado, nos hemos identificado. Ellos me cuentan, mis primos los mayores, me cuentan las historias que les contaban sus papás, cómo convivían y cómo era la vida de ese tiempo. Cómo iban a las escuelas, qué comían. Se me hace maravilloso saber de dónde vengo y cómo eran nuestros antepasados a través de mis primos, los mayores, y de las historias que me contaba mi madre”.

María Gabriela, por su parte, comentó que la familia se reencuentra y las mujeres se han dado a la tarea de configurar un árbol genealógico. El reencuentro con su historia ha dado con más de 100 integrantes en torno a más de 30 familias. Es por ello que se preparan para acudir a El Nacimiento el 12 de junio, donde se abrazarán los negros mascogos a través de sus familias, pero también con los afrodescendientes que tienen su hogar en Oaxaca, Guerrero y Michoacán.

Mientras tanto, las mujeres recogen firmas y rellenan cuestionarios para ser reconocidos como afrodescendientes.

Migrar por la libertad

Con la visión puesta en el pasado para poder comprender la presencia de la raíz negra en Coahuila, el historiador Jorge Tirzo Lechuga comentó que un grupo de seminoles, mascogos y kikapús llegaron a México al intentar escapar del exterminio o la esclavitud y que en Coahuila encontraron condiciones para fincar raíces.

“El tema de los mascogos es muy interesante porque tenemos que partir de reconocer que en Coahuila no tenemos grupos originarios propios, es decir, que los grupos que aquí nacieron y crecieron desde la época prehispánica y hasta la colonia fueron exterminados. No sólo por las políticas de gobierno sino también por las políticas de la iglesia católica que los trataba de reducir”.

El historiador precisó que fue a mediados del siglo XIX cuando llegaron los kikapús y mascogos a la entidad: “Nuestros antepasados tuvieron que aprender a convivir con grupos que son completamente diferentes: que no tienen las mismas costumbres, que no creen en los mismos dioses, que hablan un idioma diferente porque los mascogos, junto con los kikapúes, hablaban inglés. Entonces tuvieron que adaptarse”.

Aunque ser lagunero se sustentó en las etnias que dieron fundación a la región, poco o casi nada se habló de la presencia de los negros mascogos en La Laguna.
Fue a mediados del siglo XIX cuando llegaron los kikapús y mascogos a la entidad. | Foto: Martín Piña

En 1850 llegaron a la entidad y cruzaron la frontera por Eagle Pass porque México ya había abolido la esclavitud. Desde 1810 los estadounidenses comenzaron a implementar campañas, acuerdos y posicionamientos para intentar erradicarla, pero en Florida, Alabama, Texas y Oklahoma la esclavitud seguía vigente, y tras someter a los grupos nativos, también se compraban esclavos provenientes de África.

“No estamos exentos de esa tradición esclavista, pero nosotros logramos acabarla antes. A partir de eso y de las políticas de exterminio que emprende Andrew Jackson, los negros esclavos y libres se unen y emprenden una retirada. Primero al oeste, hacia donde puedan ser libres. Después alguien les dice que en una parte de Florida pueden ser libres; recuerden que la Florida era parte de España en 1821-22.
“Se establecen algunas comunidades, pero cuando Estados Unidos, después del Tratado de Guadalupe Hidalgo, se posesiona completamente de Florida, ellos van a tener que irse. No sin pelear, porque es muy difícil irte nada más así. No les duele dejar el lugar simplemente por dejarlo, sino porque ahí están sus muertos”.

Así, entre archivos, recuerdos familiares y encuentros que cruzan generaciones y fronteras, la historia de los mascogos vuelve a pronunciar su nombre en La Laguna. Lo que durante décadas permaneció oculto en los márgenes de la memoria regional comienza a emerger como una raíz profunda: la de una comunidad que migró buscando libertad y que hoy, siglo y medio después, intenta recuperar su lugar en la historia de Coahuila.

aarp

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Lilia Ovalle
  • Lilia Ovalle
  • Socióloga por la Universidad Autónoma de Coahuila. Periodista desde el año 1999.
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