M+.- Tras sufrir un accidente a los 20 años de edad que lo dejó en una silla de ruedas, Jorge Cuéllar Jiménez comenzó a ver la vida con otros ojos. Se preparó profesional, mental y físicamente para enfrentar todo lo que se le presentara en el camino, incluso el Mundial de Futbol 2026.
Jorge relata la experiencia que vivió durante la inauguración del torneo internacional en el legendario Estadio Azteca —llamado por la FIFA Estadio Ciudad de México—; el primero al que pudo llegar enfrentando y superando todo tipo de obstáculos, en una vivencia que terminó convirtiéndose en un sueño del que, dice, “sigue ahí y no lo puedo creer”.
Llegó un día antes a la Ciudad de México con la ilusión de conocer el Estadio Azteca, ver a la Selección Mexicana y vivir la experiencia mundialista.
“Llegué un día antes, mi prima pasó por mí y me llevó a conocer un poco la ciudad, que ya conocía; fuimos a cenar unos tacos. Esa noche no dormí por la emoción y también por la incertidumbre de lo que estaba pasando por las manifestaciones”.
El tampiqueño temía no poder llegar al coloso, ya que se hablaba de bloqueos y posibles restricciones de acceso, además de la duda de que su boleto fuera válido, pues lo compró a través de la página de la FIFA por 58 mil pesos, pero no era un boleto específico para personas con discapacidad.
“Yo tenía miedo de que me dijeran: ‘¿Sabes qué? Tienes que irte allá’, y yo había visto el mapa del estadio y no era muy arriba; no era de los palcos altos, sino abajo. Yo quería ir donde colocan a las personas con discapacidad”.
La noche antes del sueño mundialista
La aventura comenzó la noche previa a la gran apertura. Jorge no conciliaba el sueño; la emoción lo mantenía despierto.
“Solamente dormí una hora, de dos a tres de la mañana. Ya no pude. A las cinco ya me estaba bañando y salimos como a las seis de la casa de mi prima. Ella vive en San Pedro el Chico, cerca de la Basílica de Guadalupe; hicimos más o menos una hora de camino y llegamos a las siete de la mañana”.
Inicia la travesía: ocho kilómetros en silla de ruedas
Una vez que su prima lo dejó en Tlalpan, Jorge inició la travesía sin compañía. En el camino se encontró con un primer filtro de seguridad, donde ya había un amplio operativo policial.
“Ya estaba la gente llegando desde las siete de la mañana alrededor del estadio. Le dijimos a un policía que íbamos en silla de ruedas. Nos respondió: ‘No hay instrucción de nadie para dejarlos pasar’. Cuando por fin me dejan pasar, resultó que eran ocho kilómetros los que tenía que recorrer rodando desde Tlalpan hasta el estadio. Ocho, nueve o diez… no los conté. Iba con toda la adrenalina”.
Emocionado, pero también con incertidumbre, Jorge enfrentaba por primera vez el trayecto sin apoyo.
“Ya cuando llego veo a toda la gente caminando y dije: ‘Me voy a pegar a alguien para que no vean que vengo solo’. Mi prima me dijo: ‘Cuídate mucho’, porque en este tipo de eventos la gente se aprovecha”.
Mientras avanzaba, algunos intentaban ayudarlo, pero él decidió continuar solo.
“Se me acercaron varias personas para ayudarme, pero yo seguía. Incluso uno de esos que llaman ‘escuadrón de la muerte’ me dijo: ‘Yo te ayudo, compadre’, y se quedó detrás de mí, pero yo seguí rápido y ya no me siguió”.
Sin apoyo, pero con determinación
Cuenta que llegó completamente solo al estadio, a diferencia de otras personas con discapacidad que iban acompañadas.
“Yo fui solo, nadie me ayudó más que para bajarme del coche de mi prima. Llegué al estadio y me mandaron a palcos, pero me dijeron que no era el acceso correcto”.
Ya en la zona, comenzó la confusión
“Una señora me dijo: ‘Joven, ¿por dónde vas a entrar?’. Le expliqué y me dijo que también traía a una niña en silla de ruedas y no sabían por dónde entrar. Decidimos ir juntos”.
Jorge terminó reuniéndose con otras personas en silla de ruedas.
“Nos juntamos como cinco. Ahí hicimos equipo. Les dijimos a los policías que no teníamos información clara. Nos dijeron que iban a preguntar”.
Una organización confusa en los accesos
Finalmente, cerca de las 8:00 horas, les permitieron el acceso, aunque con dificultades.
“Había personas con chalecos naranjas que decían ‘Inclusión’, pero la organización no fue buena para nosotros, eso sí lo tengo claro”.
Un estadio que hace llorar
Al entrar al estadio, la emoción lo rebasó.
“Entré con lágrimas, con la piel chinita. Nunca había entrado al Estadio Azteca, ahora Estadio Banorte y también Estadio Ciudad de México. Fue una emoción muy fuerte”.
Sin embargo, nuevamente enfrentó problemas con su acceso.
“Me dijeron que no había acceso para mí. Me mandaron a otro módulo de la FIFA y tampoco sabían qué hacer. Perdí como una hora en todo eso”.
Después de varios trámites, le informaron que su boleto había sido marcado como usado.
“Me dijeron: ‘Tu boleto ya fue utilizado’. Pero expliqué la situación. Al final me dieron un nuevo boleto para una zona donde me dijeron que costaba 150 mil pesos. Lo bueno es que conservo el boleto físico”.
Cuando volvió a entrar, la emoción fue mayor.
“Volví a entrar y otra vez lloré. Fue algo impresionante, inexplicable”.
La hermandad en el estadio
Ya dentro, vivió un ambiente de solidaridad inesperado.
“Un señor que estaba cerca me dijo que se quedaba conmigo para no dejarme solo. Hicimos amistad. Ahí no hubo discriminación, todos éramos una hermandad”.
El gol, la fiesta y la emoción colectiva
El partido avanzaba y México anotó.
“Cuando cayó el gol todos nos abrazamos. Era una fiesta”.
Pero Jorge también pensaba en cómo regresar.
“Yo tenía la preocupación de los ocho o diez kilómetros de regreso. Pero la emoción era tanta que solo seguía a la gente”.
Una salida entre risas y solidaridad
Al terminar el partido, el regreso no fue sencillo.
“Se me atoró la llanta y no podía avanzar, pero un chavo me ayudó. Traíamos la misma energía”.
Entre risas, el ambiente se volvió aún más festivo.
“La gente nos gritaba y bromeaba. Íbamos riendo todo el camino”.
La fiesta continuó en Polanco
La celebración siguió en un hotel cercano y después en Polanco.
“Me invitaron a un bar, luego a un restaurante. No conocía a nadie, pero me trataron increíble. Nos fuimos en una Suburban blindada, gritando por todo Periférico”.
Un sueño que aún no termina
La noche incluso incluyó un festejo de cumpleaños adelantado.
“Me cantaron Las Mañanitas y me dieron pastel. Fue increíble”.
Al final, Jorge regresó a casa con su prima.
“Fue un sueño que todavía no puedo creer. Siento que sigue ahí. Fue una experiencia espectacular”.
JETL
