DOMINGA.– Cuando terminó el Mundial ocurrió algo inesperado. Las hoy conocidas chicas FIFAs sintieron que se les acababa una pequeña vida. Extrañaron las tardes de cerveza y papitas frente a una pantalla, las discusiones interminables sobre un fuera de lugar, las quinielas, las estampas Panini regadas sobre la mesa, las caminatas al Ángel de la Independencia después de una victoria y hasta esa costumbre recién adquirida de revisar a qué hora jugaban Marruecos, Egipto o Cabo Verde. Muchas ya tomaron una decisión. Serán de Pumas. O serán de Chivas. O del Pachuca. Seguirán la Liga MX Femenil. Volverán al estadio.
Parecía que el Mundial 2026 había inventado una nueva generación de aficionadas. Pero la historia dice exactamente lo contrario. Las mujeres nunca llegaron tarde al futbol. Fue éste el que tardó demasiado en recordar que ellas siempre estuvieron ahí. Porque en México habría que corregir una de las frases más repetidas de nuestra memoria deportiva. El Estadio Azteca –hoy Estadio Banorte– no ha sido sede de tres Mundiales. Ha sido sede de cuatro. Y la selección mexicana que más personas ha reunido ahí para una final mundialista no fue la de Hugo Sánchez, ni la de Rafa Márquez. Fue una selección de muchachas de entre dieciséis y veintidós años que, en 1971, disputó la final del Mundial Femenil ante más de 110 mil personas.
Ninguna otra selección mexicana, masculina o femenina ha vuelto a jugar la final de un Mundial en casa frente a una multitud semejante. Y sin embargo, durante más de medio siglo casi nadie habló de ellas. Antes de que existiera la Liga MX Femenil. Antes de que las niñas soñaran con ser Charlyn Corral o Alexia Putellas. Antes de que el futbol femenil rompiera récords de audiencia. Antes incluso de que la FIFA organizara su primer Mundial oficial en China para mujeres, en 1991. Ya había futbolistas mexicanas. Y para ellas, patear un balón era un acto de rebeldía.
Porque ya en pleno siglo XX les dijeron que el futbol no era para las mujeres. En Inglaterra, en 1921, los dirigentes prohibieron que jugaran en sus estadios, aunque ellas ya llenaban las tribunas. Argumentaban que el futbol podría dañar el útero, provocar infertilidad y poner en riesgo el futuro de la nación. La mentira viajó de continente en continente. El mensaje era claro: el futbol pertenecía a los hombres.
Hasta que un grupo de adolescentes decidió ignorarlo. En 1970 viajaron a Italia para disputar el primer campeonato mundial femenino. Un año después, México organizó la segunda Copa del Mundo de mujeres en 1971, aprovechando la infraestructura que habían dejado el Mundial varonil de 1970 y los Juegos Olímpicos de 1968. Más de quinientas jóvenes acudieron a las convocatorias. Sólo diecisiete fueron elegidas. Una de ellas era Lourdes de la Rosa. Tenía apenas dieciséis años.
Las primeras mujeres mundialistas de 1971
Hoy Lourdes recuerda que el partido más difícil no era contra Inglaterra, Italia o Dinamarca. Era conseguir un lugar para entrenar. “No conseguíamos canchas. Nos mandaban hasta Tláhuac, a unos terrenos baldíos. Antes de practicar teníamos que recoger basura, vidrios y hasta animales muertos”, dice en entrevista con DOMINGA. Mientras entrenaban, los hombres les gritaban desde afuera: “¡Váyanse a la cocina!”, “¡Váyanse a lavar los platos!”, “¡Marimachos!”, “Se van a volver hombres!”, “¡Van a quedar estériles!”. Lourdes puede repetir cada uno de esos insultos. Pero también puede recordar el instante en que los hizo desaparecer. La final contra Dinamarca. El Azteca completamente desbordado. Más de 110 mil personas.
“Había gente sentada hasta en las escaleras. Nunca olvidaré esa ovación. Las 110 mil almas nos respetaron”. Más de cinco décadas después, dice que la piel todavía se le pone chinita cuando lo cuenta. Había una capillita en el Estadio Azteca. Entonces, antes de cada partido Lourdes se reunía ahí con las jugadoras y le pedían “a la Virgencita” que les ayudara. Parecía el comienzo de una revolución.
Pero fue el inicio del olvido. Terminó el Mundial. La FIFA desconoció el torneo. Las futbolistas dejaron incluso de representar oficialmente a México. En las giras por América Latina ya no podían llamarse Selección Mexicana. Eran, simplemente, “las mundialistas”. Con el tiempo, aquella multitud también desapareció de la memoria del país. Durante décadas, la historia quedó enterrada. Hasta que Ingrid Bravo se topó con ella casi por accidente. Arquitecta y apasionada del futbol, hace cinco años le pidieron escribir una columna por el cincuentenario del Mundial de 1971. Pensó que sería un texto más. No lo fue.
Buscó información en Google y prácticamente no encontró nada. Apenas una tesis universitaria. Entonces hizo lo que hacen los periodistas cuando los archivos guardan silencio. Buscó a las protagonistas. Las llamó. Las entrevistó. Y reconstruyó una historia que parecía imposible: México había sido subcampeón del mundo, había llenado el Azteca con más de 110 mil personas y casi nadie lo sabía.
Pero descubrió algo más. Cuando entregó aquella investigación, la historia tampoco ocupó la portada. Tenía las fotografías de toda la selección. Tenía entrevistas. Tenía el peso histórico. Tenía todos los méritos periodísticos. Aun así, terminó relegada a una página interior, resumida prácticamente en una fotonota. Era otra forma de borrarlas. Entonces Ingrid entendió que escribir una columna no bastaba. Había que devolverles un lugar en la memoria colectiva.
Así nació Pioneras. La historia que cambió el futbol mexicano, publicado por el Fondo de Cultura Económica este 2026: un cómic construido durante cinco años de investigación para rescatar a las mujeres que cambiaron el futbol mexicano mucho antes de que el país estuviera dispuesto a reconocerlas.
Quizá por eso las chicas FIFAs no nacieron en 2026. Sólo llegaron para encontrarse con una historia que llevaba más de medio siglo esperándolas. Ellas no inventaron la pasión. La heredaron.
Las mujeres se buscaban para ver el futbol juntas
Había otra revolución ocurriendo, esta vez lejos de las canchas. No estaba en el césped. Las mujeres se apropiaron del espacio público. Estaban en las salas, en los restaurantes, en los grupos de WhatsApp y en las mesas donde comenzaron a aparecer estampas Panini junto a las cervezas y las papitas. El Mundial de 2026 convirtió al futbol en un punto de encuentro para miles de mujeres.
Guadalupe Fernández, psicóloga y defensora de derechos humanos, descubrió que los boletos imposibles para entrar al estadio y las plataformas de streaming terminaron provocando el efecto contrario al esperado. En lugar de vivir el Mundial de manera solitaria, comenzaron a reunirse. “Las amigas ya no sólo nos juntábamos para el café o el brunch. Ahora también buscábamos a alguien que tenía ViX con el Pase Mundialista para ver los partidos juntas”. Lo mismo ocurrió con Valeria.
Empezó haciendo citas con su hijo León, de seis años, para ir a ver los partidos a restaurantes. Después convirtió su casa en un centro de intercambio de estampas Panini. Las mamás del kínder llegaban convencidas de que sólo iban a cambiar tarjetas. Terminaron cambiando algo más. Descubrieron que también podían compartir una pasión.
Tampoco las conquistaron sólo las estrellas del balompié. Las enamoraron las historias. Los equipos improbables. Los futbolistas que parecían imposibles. El portero de Cabo Verde, Vozinha, llegó a su primer Mundial a los cuarenta años, después de haber trabajado como electricista. Muchas comenzaron apoyando a México. Terminaron enamorándose de Cabo Verde. Descubrieron que podían enamorarse de un equipo sin compartir su bandera. Bastaba compartir sus valores.
Laura López, publicista, nunca había visto jugar a esa selección antes. Cuando fue eliminada por Argentina sintió un dolor que no esperaba. “Era como si hubieran ganado los antivalores”.
Madeline Ocadiz, abogada constitucionalista y activista feminista, encontró ahí otra razón para seguir viendo futbol. “Cabo Verde nos recordó que el heroísmo no siempre está del lado del favorito. Está del lado de quien resiste.”
Mohamed Salah dejó de ser solamente el capitán de Egipto para convertirse en un futbolista que también hablaba de política, de Palestina y de dignidad. Se convirtió en el héroe de la infancia en la Franja de Gaza, que transmitió los partidos de esta selección, generando esperanza en los rostros de niñas y niños y con una ciudad devastada por la guerra.
Para Sergio Varela, sociólogo del deporte de la UNAM, ahí ocurrió algo que trasciende al futbol. “Las mujeres comenzaron a apropiarse del Mundial sin necesitar un intermediario masculino. Se reunieron entre ellas. Construyeron su propia afición.”
Guadalupe dice que el mayor descubrimiento no fue el fut. Fue ella misma. “Entendí que podía ser un interés propio. Que podía compartirlo con mis amigas, con mi familia y con mis compañeros de trabajo, sin pedir permiso y sin sentir culpa.”
Las llamadas ‘chicas FIFAs’ no nacieron este verano
La apropiación también empezó a notarse en algo aparentemente superficial. Los jerseys. Durante décadas casi nadie imaginó que una mujer quisiera vestir la camiseta de un club. Javier Salinas recuerda que cuando Monarcas Morelia lanzó en 2003 la primera línea deportiva pensada para mujeres en México –entonces él era el director de marketing y comunicación de Monarcas Morelia–, ocurrió algo inesperado. Se agotó de inmediato. El mercado no acababa de nacer. Simplemente llevaba décadas sin ser visto. Quizá por eso las llamadas chicas FIFAs no nacieron este verano. Sólo encontraron a sus antecesoras.
Las mujeres que hoy llenan bares para ver un partido son las herederas de aquellas adolescentes que primero tuvieron que limpiar terrenos baldíos para poder jugar. Las que hoy discuten un fuera de lugar continúan una conversación que otras comenzaron cuando les decían que el balón podía volverlas estériles. Las que hoy eligen un equipo de la Liga MX Femenil caminan por una cancha que alguien abrió hace 55 años. Hoy los clubes ya lo entendieron. Después del Mundial comenzaron a disputar a esas nuevas aficionadas.
Chivas les dio la bienvenida en redes sociales con un mensaje dirigido a las ARMYs, las directioners y las girlies que ahora también serán “Chivahermanas”.
Hace apenas unas décadas les decían que regresaran a la cocina. Hoy los equipos compiten por conquistarlas. Madeline ya eligió. Después del Mundial seguirá a Pumas. En la Liga MX Femenil también apoyará a Pachuca y Chivas.
El Mundial terminó. Se acabaron las quinielas diarias. Los partidos a la hora de la comida. Las caminatas al Ángel. Las tardes en las que un país entero hablaba de futbol. Pero para miles de mujeres ocurrió algo mucho más importante. Esta vez no se despidieron del futbol. Apenas llegaron. Lo que sigue es la Liga MX.
GSC/ASG