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  • Yo le voy al Congo. Tú a Curazao. ¿Por qué estamos apoyando a los que van a perder?

Existe una razón por la que las personas se emocionan más con un gol de Curazao que de Messi | Especial

Apoyar a la cenicienta del Mundial no es ingenuidad: es cálculo emocional. Entre experimentos científicos, economía y futbol, este ensayo explica por qué terminamos alentando a los ‘maletas’.

DOMINGA.– En tiempos mundialistas cualquier lugar con pantalla plana es un buen lugar para festejar el Día del Padre y este domingo no había mejor salón de fiestas que el Fan Fest de la Ciudad de México. A pesar de que la Selección Mexicana no disputó algún juego, miles de padres acudieron al Zócalo a ver un partido que, en otro contexto, sería de bostezo y terminó de infarto: Bélgica contra Irán, la décima mejor selección del mundo contra la vigésima primera, según el ranking de la FIFA. Y contra lo que muchos pensarían, Irán contó con 90 minutos de aplausos y ovaciones de los mexicanos. Poco se le vitoreó a ‘Les Diables Rouges’.

Esta diferencia de apoyos llamó mi atención y la de la prensa extranjera. La comunidad belga en México se cuenta por miles pero la iraní apenas en cientos. Los mexicanos estamos más cerca del chocolate europeo que del qormeh-sabzi de occidente asiático. Incluso, ídolos como Carlos Hermosillo y Guillermo Ochoa han alcanzado la gloria en el futbol belga, mientras que ningún jugador nacional ha brillado en las ligas iraníes. Entonces, ¿por qué la explanada frente a Palacio Nacional parecía una embajada islámica a trece mil kilómetros de Teherán?

Se estima que en México residen alrededor de tres mil personas de origen iraní.
Se estima que en México residen alrededor de tres mil personas de origen iraní. | Especial

Llevé esa duda a mi círculo de amigos. Les pedí que cada uno dijera qué país querían ver alzar la Copa del Mundo. Insistí en mi pregunta: no cuál creen que ganará, sino cuál quieren ver ganar.

Los seis en mi mesa respondieron sólo con “cenicientas”, que en el argot futbolero se refiere a equipos sin tradición ganadora, pero que tienen un éxito inesperado. Nombraron a Curazao, Congo, Irak, Jordania, Haití e Irán. Lo hicieron a pesar de que alentar a cualquiera de esas “princesas” es tirarse al pozo de la derrota segura.

La siguiente duda la llevé a internet: ¿por qué apoyar a quien va a perder y romperme el corazón? Es más fácil –y menos doloroso– animar a las selecciones de Francia, Argentina, España o Inglaterra. Incluso a la de México y su 3% de probabilidades de campeonato, según el sitio de pronósticos deportivos Opta Analyst. La respuesta está en una ciencia social: la economía.

El equipo de futbol que nos dará más emociones

Es un descubrimiento que data de 1991, cuando los sociólogos Jimmy Frazier y Eldon Snyder de la Universidad Estatal de Bowling Green hicieron un experimento con cien estudiantes, a quienes les presentaron dos equipos ficticios de baloncesto: A llegaba a un hipotético partido con siete triunfos consecutivos y B arrastraba un historial de empates y derrotas. Los alumnos debían elegir en qué grada colocarse y 81% eligió al sometido equipo B. Luego, Frazier y Snyder modificaron el escenario y dijeron a los estudiantes que el equipo B había logrado, sorpresivamente, ganar tres juegos al hilo y volvería a competir. Eso alteró a la afición.

La mitad de los alumnos que inicialmente eligieron a B decidieron apoyar a A. Pese al cambio de camiseta, 41% se mantuvo firme: apoyar siempre, sin importar las razones, a quien venía desde atrás y buscaba salir del hoyo.

Los académicos lo llamaron The Appeal of the Underdog (“Lo atractivo del no favorito” o “Lo atractivo del que tiene las de perder”) y parte de una premisa: quienes amamos ver deportes en vivo o en televisión somos hedonistas. Si no elegimos a nuestro equipo por razones sentimentales –tener un padre iraní, una madre haitiana o una esposa congoleña– lo hacemos basados en quién nos dará más emociones.

Apoyar a Irán –que jamás ha superado la fase de grupos– y que llegue a una final significa una alegría mayúscula. Euforia absoluta. Y agrega la satisfacción de la superioridad intelectual: nadie más apostaba por ese equipo, excepto tú. Se trata de maximizar emociones con el mínimo de inversión sentimental.

Según Frazier y Snyder, alentar a Bélgica –que en el Mundial 2018 llegó al tercer lugar del mundo– es una apuesta segura que genera pocas satisfacciones. Sí, es placentero verla triunfar, pero la predictibilidad del triunfo adormece la emoción. De ese principio están hechas las mejores películas deportivas: desde ‘Rocky’ y ‘Karate Kid’ hasta las mexicanas ‘Atlético San Pancho’ y ‘Rudo y cursi’. Es la razón por la que aún se hacen documentales sobre Toros Neza, aplaudimos al boxeador Andy Ruiz y recordamos las glorias de Rommel Pacheco, a pesar de que el clavadista jamás ganó una medalla olímpica.

“El valor esperado de una apuesta por el equipo menos favorito [...] siempre será mayor que el valor esperado de una apuesta por el favorito. En otras palabras, si multiplicas las probabilidades de una victoria del equipo menos favorito por la cantidad de placer que produciría, obtendrías un número mayor”, resume el periodista especializado en ciencia Daniel Engber. Matemáticas puras y duras. Ser aficionado también es una cuestión de economía.

Los aficionados queremos que los desfavorecidos triunfen

El apoyo a selecciones "menos favoritas" es una cuestión de economía
El apoyo a selecciones "menos favoritas" es una cuestión de economía | Especial

La historia del mundo está llena de triunfos inesperados de no favoritos contra favoritos. Son narrativas que trascienden lo deportivo y explican un mundo en el que nadie tiene un destino grabado en piedra. David derrota a Goliat, La Bestia roba el corazón de Bella, el general Ignacio Zaragoza aplasta a las tropas de Napoleón III, Nelson Mandela sale de la cárcel y acaba con el ‘apartheid’ en Sudáfrica, Yalitza Aparicio se convierte en la primera indígena mexicana nominada al premio Óscar.

Todas estas historias tienen un rasgo común: la desventaja convertida en ventaja. El desvalido que triunfó porque alguien, aunque fuera una sola persona, creyó en su improbable proeza. Dicho mejor por la cantante Lady Gaga: “Puede haber 100 personas en una habitación y 99 no creerán en ti, pero basta con que una sola lo haga para cambiarte la vida”.

En el campo académico lo explican de otro modo: JongHan Kim y Scott T. Allison realizaron dos experimentos en la Universidad de Richmond que titularon Rooting for (and Then Abandoning) the Underdog (“Alentar [y después abandonar] al no favorito”) en el que participaron setenta estudiantes universitarios. De nuevo, les presentaron un hipotético escenario de dos equipos de basquetbol: uno con veinte victorias y otro con veintiún derrotas. Y a esos mismos participantes les plantearon la misma historia, pero trasladada al mundo de los negocios: dos empresas competían por un contrato y una tenía un historial de veinte licitaciones ganadas y otra de veintiúno reveses. Después hicieron una pregunta simple: ¿a cuál querían ver ganar?

Sin importar si se trataba de un partido de basquetbol o de una competencia empresarial, el respaldo al no favorito fue de cinco puntos en una escala de siete, mientras que el favorito apenas obtuvo 3.5. El patrón se repitió tanto en el deporte como en los negocios. Luego, Kim y Allison fueron más allá y se preguntaron si el impulso de apoyar al débil también aparecería en un terreno mucho más subjetivo, como el arte. Para responder realizaron un segundo experimento con 55 estudiantes.

Todos observaron exactamente la misma pintura. Lo único que cambiaba era la historia del autor: a la mitad le dijeron que había sido realizada por un joven artista con poco dinero, desconocido y que apenas intentaba abrirse camino, mientras que a la otra mitad le contaron que pertenecía a un pintor famoso, consolidado y con una carrera exitosa. Cuando les preguntaron a quién deseaban que le fuera mejor en el futuro, nuevamente ganó el que tenía desventajas. Sin embargo, cuando llegó el momento de juzgar la calidad de la obra ocurrió exactamente lo contrario: quienes creían que pertenecía al artista famoso la calificaron como significativamente mejor que quienes pensaban que había sido pintada por el artista desconocido.

La conclusión del estudio fue que las personas quieren que el desfavorecido triunfe, pero al mismo tiempo siguen creyendo que el favorito produce un trabajo de mayor calidad. Admiramos la posibilidad de la proeza, aunque en el fondo seguimos creyendo que el favorito merece estar donde está.

La recompensa del equipo más desfavorecido

“Primero, apoyar al más débil se percibe como algo poco común y hacerlo puede satisfacer nuestra necesidad de sentirnos únicos. Segundo, si creemos que respaldar al desvalido es lo justo, hacerlo satisface nuestro deseo de equidad. Tercero, cuando vemos triunfar al desvalido, alimentamos la esperanza de que nosotros también podamos superar circunstancias difíciles. Cuarto, una victoria inesperada resulta mucho más emocionante porque lo inesperado capta nuestra atención. Y quinto, como esperamos que el desvalido pierda, apoyarlo prácticamente no tiene costo emocional; en cambio, si logra ganar, la recompensa es enorme”, explican los académicos Kim y Allison.

Es un efecto en la mente que resuena con todos, porque nadie –incluso el más favorecido– está exento de experimentar alguna forma de lucha y vulnerabilidad. Por ello, nos resulta relativamente fácil ponernos en el lugar de quienes también enfrentan dificultades o compiten contra probabilidades muy desfavorables. Gracias a nuestra propia experiencia, y a la constante exposición a estas narrativas culturales, sentimos empatía por quienes luchan desde una posición de inferioridad.

Sentimos mucha más empatía ante los jugadores que también enfrentan dificultades
Sentimos mucha más empatía ante los jugadores que también enfrentan dificultades | Especial

De pronto, la extraña afición de mis amigos por Irán, Congo o Haití ya no suena descabellada. Cabo Verde empató con España, Haití anotó un gol después de 52 años de sequía e Irán debió entrenar en una cancha en Tijuana, México, debido a las tensiones políticas con Estados Unidos y aún así jugó desafiante contra Bélgica.

Sus hazañas sirven de inspiración y guía para comportamientos socialmente valorados: brindan esperanza a la mayoría de las personas que aspiran a superar los obstáculos de la vida y refuerzan la idea romántica de que el mundo a veces puede ser un lugar justo en el que cualquiera tiene la posibilidad de salir adelante.

La próxima vez que vea al Zócalo convertido en la embajada de un pequeño país, lo entenderé mejor. No veré extraño que miles de mexicanos festejen un gol de Jordania, una atajada de Nueva Zelanda o que aplaudan con aburrimiento otra gambeta de Messi. Pensaré, en cambio, que están haciendo un cálculo matemático: apostarle a la emoción paga mejores dividendos que apostarle a la lógica.

Aunque, siendo honestos, hay una excepción. Si el no favorito que gana la Copa del Mundo resulta ser México, ahí sí la ciencia todavía tiene mucho que explicar.


GSC/ASG

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Óscar Balderas
  • Óscar Balderas
  • Oscar Balderas es reportero en seguridad pública y crimen organizado. Escribe de cárteles, drogas, prisiones y justicia. Coapeño de nacimiento, pero benitojuarense por adopción.
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