Pasear por el taller de Paco Padilla, en Tlaquepaque, Jalisco, es adentrarse en un universo donde el tiempo parece detenerse para rendirse al arte de la cerámica. Al entrar, el aroma terroso del barro fresco, guardián silencioso de miles de piezas que han cobrado vida gracias a la maestría y a su pasión.
En Tlaquepaque, las manos moldean miles de sueños en barro, crean figuras que trascienden el arte tradicional para convertirse en un símbolo vivo de la cultura mexicana. Paco Padilla es uno de los ceramistas más conocidos en la entidad porque contribuye con su talento y su profunda pasión a promover esta expresión artística.
“Yo aquí nací y desde que me acuerdo, hemos tenido épocas buenas y malas, que nos han llevado a cerrar el taller porque no se vende, a lo que se suma la competencia de los productos chinos”, dice el también ingeniero químico.
En el almacén de materia prima, Paco Padilla (Tlaquepaque, jalisco, 1952) explica el proceso de elaboración de cada pieza, detalla que la pasta que se utiliza, debe ser muy resistente porque se expone a altas temperaturas, a más de mil 200 grados, durante 20 horas.
Confiesa que, para lograr un mejor producto, se fue a estudiar a Italia, de donde trajo una fórmula única, con la que se pudieron distinguir de los otros talleres de Tlaquepaque.
Entre robustas mesas de trabajo y estantes rebosantes de jarrones, figuras y vasijas delicadamente moldeadas, cada objeto parece contar una historia única, elaborada con paciencia, y un insaciable deseo de perpetuar la tradición de Tlaquepaque.
“Me acuerdo que de niño mi papá le hacia los monitos de cerámica a la panificadora Bimbo para las roscas de reyes. Todavía tengo la imagen de cómo se iban colocando uno por uno, en el horno y si se caía uno, se caían todos. Me encantaba ver cómo cuando ya estaban listos, se les pintaban los ojitos y se esmaltaban”.
De manera chusca, comparte algunos de sus recuerdos más valiosos de cuando era pequeño justamente porque: “a esos monitos, hace 70 años, yo les pintaba el uniforme del Atlas, porque aquí en nuestra familia ¡le íbamos al Atlas!”.
Es en este santuario de arcilla y de barro, donde Paco Padilla, una de las almas del arte local, crea y se mueve al mismo tiempo como promotor cultural.
La creatividad de Padilla no se reduce al barro, su voz, tan cálida y profunda como la tierra que trabaja, entona melodías que narran historias de amor, lucha e identidad, fortaleciendo la esencia cultural del pueblo jalisciense.
Su obra diseñada con la paciencia del artesano y el espíritu del poeta, rinde homenaje a las raíces de su tierra, integrando tradición con una visión contemporánea que dialoga con el mundo moderno sin perder el alma artesanal.
Cada pieza de cerámica que sale es un testimonio de la historia viva de Tlaquepaque, un lugar donde el arte es un oficio y modo de vida.
Tiene decenas de soldados en su taller, que son utilizados como incensarios, los cuales realiza para un cliente en Los Ángeles, Estados Unidos. Fusiona cerámica y música, construyendo puentes entre generaciones y disciplinas. Su taller reverbera con el eco de canciones que invitan a recordar, a sentir y a resistir.
A través de sus manos y su voz, revitaliza Tlaquepaque como un epicentro cultural, un espacio donde tradición e innovación se abrazan para dar vida a un arte que sigue evolucionando sin perder sus raíces.
En medio de miles de piezas realizadas con esmero, de formas, texturas y colores que celebran la tierra y su gente, Paco Padilla encarna el espíritu del barro y la música.
En cada pieza y en cada nota que brota de este taller, se escucha la voz profunda de un México que no olvida sus raíces y que canta eternamente con el corazón.
“Soy autodidacta, toco la guitarra y soy compositor, me considero un juglar testigo del tiempo, que puede componer un cha, cha, chá, o una balada, depende de lo que vea y sienta en el momento, porque compongo la letra y la música al mismo tiempo, tengo como unas 400 composiciones, y alrededor de la mitad, las tengo registradas”.
El taller es un santuario donde las formas toman vida y las canciones resuenan como himnos de resistencia y celebración. A través de sus obras y sus letras, ha revitalizado Tlaquepaque como un epicentro cultural que atrae tanto a artesanos como a melómanos, creando un diálogo entre tradición e innovación que redefine el panorama artístico regional.
Cuenta Paco Padilla que compuso la canción Tiempo de caminar, en 1992 para conmemorar los 500 años del , de 1492, interpretándola en el Teatro Degollado de Guadalajara como parte de eventos culturales relacionados con esa efeméride. Esta pieza forma parte de su repertorio de la nueva canción mexicana, destacando temas de reflexión histórica y cotidianidad tapatía, aunque los resultados disponibles no detallan la letra exacta por respeto a derechos de autor.
Su legado, impregnado de autenticidad y compromiso, es una luz que guía a futuras generaciones para que el arte mexicano siga siendo un reflejo vivo y apasionado de su alma más profunda. En cada pieza, Paco Padilla recuerda que el arte es el lenguaje universal que une al hombre con su historia y con el mundo.
jk