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Jueves , 21.03.2019 / 05:11 Hoy

'Las herederas': Una liberación íntima en Asunción

Cine

La cinta de Marcelo Martinessi aborda la vida de una mujer que, a los cincuenta y tantos, aún oculta su homosexualidad; pero lo increíble aquí es su transformación.
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La crítica ha elogiado las actuaciones. Ha dicho también que es aburridísima. Hay, sin embargo, algo que brilla en Las herederas: la transformación de Chela tiene algo de la de Nora en Casa de muñecas y una pizca de las de Thelma y Louise

Al inicio del filme, Marcelo Martinessi, el director, lo mira todo con timidez. Su cámara parece todo el tiempo colocada en el ángulo más ineficiente, tanto que, a decir verdad, termina fastidiando. Pero llegado el clímax, la imagen se abre y anuncia la epifanía, la transformación. Forma y fondo se unen para dar el mensaje: la protagonista ha despertado del letargo de sus últimos 20 años. Como ella, nos sentimos liberados. El neuma lento de la película tiene, además, otra función: llamar la atención de una crítica que en Cannes parece identificar al buen cine con la violencia brutal o con la lentitud catatónica de las historias de gente tan común que es válido preguntar por qué el posmodernismo piensa que estas historias mínimas son en verdad tan grandiosas. Pero las herederas se mueven.

La película trasciende la historia pequeña, líquida y cotidiana. La transformación de Chela es nietzscheana: la protagonista llega a ser lo que es. Se da un sentido a sí misma y abandona a la amante. No estoy aquí adelantando la trama: Las herederas pudo haberse contado en cinco minutos, pero esta transformación, aunque es interesante, sucede en dos horas que parecen diez. 

Chela es una mujer decadente que a los cincuenta y tantos aún oculta su homosexualidad a la sociedad paraguaya; pasa dificultades para despertar, desayuna Coca-Cola con café y está vendiendo los objetos de su casa. En estos pequeños actos descubrimos una realidad enorme del amor: las relaciones que no trascienden la sexualidad están condenadas al fracaso de la comodidad del burgués. No hay nada de malo si se asume, claro, pero Chela parece haber sido de esas mujeres que decidió enredarse con Chiquita, su amante homosexual, por el placer de la aventura, de traer a vivir a este lugar a su amante femenina para hacer el amor con ella en la cama de mamá. 

En las grandes historias de amor lo importante son las puntas, el principio y el final. Y el final del amor de Chela es tan carente de amor y de emoción como el de cualquier pareja heterosexual que, cansada y en crisis económica, llega a los 60 años sin sexo y con muy poco amor.

Las lesbianas también envejecen. Esta obviedad se presenta como un logro en este cine que trasciende el elogio de moda de un estilo de vida “gay”. Chela se desenamora y comienza a ver a su amante como lo que es: una señora vulgar que huele a cigarros y alcohol. Ella tiene que deprimirse viendo la televisión en la cama o salir a buscarse la vida en un taxi en que, más allá de las historias mínimas, encuentra lo enorme de la vida en Asunción.

La decisión final se va gestando en cuanto aparecen otros personajes, otras mujeres; en cuanto Chela toma por fin su coche y abandona su herencia. Se atreve a manejar, a dejar de ser la niña mimada de su amor homosexual y tomar por fin la carretera. Es entonces cuando, por un instante, asistimos a la exuberancia de un jardín en una hermosa casa de Asunción. La cámara ha dejado de ser opresiva y se ha abierto para subrayar el estado emocional de una heredera que ha decidido hacerse dueña de una vida que nadie le regaló; una vida que ella se ofrece más allá de la comodidad burguesa de una casa decadente que, sin saber muy bien cómo, heredó.

ASS

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