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Jueves , 21.03.2019 / 04:04 Hoy

El viejo Cine Doré: un boleto de entrada a otra época

Cine

Es un edificio modernista, decorado con trazos naturalistas: conoce más sobre uno de los cines más tradicionales de la capital española en la columna Café Madrid.
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Las grandes obras son la suma de pequeños detalles que se quedan en la memoria. De Roma elijo la escena en la que, mientras La gran juerga está a punto de terminar, Cleo le cuenta a Fermín que está “con encargo” y éste la abandona al instante. Pero no me he fijado en ella sólo porque se trata de un punto de inflexión para la protagonista de la película, sino por el marco que la envuelve: un majestuoso cine, donde realmente había una “gran pantalla” y unas columnas y esculturas socarronas que envolvían (o distraían, quién sabe) a una multitud de espectadores. A mí me habría encantado ver películas en un sitio como ése.

Los de mi generación, sin embargo, hemos tenido que conformarnos con las prefabricadas salas “multicine” situadas, generalmente, en los extremos de grandes centros comerciales o en viejos edificios reconvertidos en ticuruches para ver fotogramas (casi siempre gringos).

El Metropolitan de la capital mexicana no fue dividido en varias estancias, pero dejó de ser cine para acumular polvo y telarañas durante un tiempo y luego ofrecer su escenario a espectáculos posmodernos (a los que, ejem, tampoco he ido). No obstante, puede que las Cleos y los Fermines que abundan por ahí no hayan olvidado el uso original del inmueble y, sin importarles que hayan pasado un mal momento en sus butacas, hoy añoren un lugar así.

Cada tanto, aquí en Madrid, cuando se hace necesario hacer a un lado las novedades cinematográficas y pretendo adquirir “cultura fílmica” (¡ole la pedantería!), hago cola en el Cine Doré

No es tan grande como quisiera, pero sí muy antiguo y barroco. Es un edificio modernista, construido en el inicio del siglo XX bajo las órdenes del arquitecto Críspulo Moro, decorado con trazos naturalistas en blanco sobre rojo y columnas griegas en la fachada principal (¿se le puede pedir más?). Uno cruza la puerta y, literalmente, entra en otra época. Está en el centro de la ciudad y, desde hace 30 años, es el principal escaparate de la Filmoteca Española, donde se programan retrospectivas de directores o actrices imprescindibles para la cinematografía mundial (mudas o sonoras, en blanco y negro o a color) y cobran tres euros por función (frente a los siete euros de los cines convencionales).

Antes de ser un templo cinéfilo, el Doré fue un teatro de revista en el que poco a poco se fueron colando las películas como una variedad más. Cuentan que la gente acudía a verlas con grandes bolsas de pepitas de calabaza con sal y hasta cazuelas con guisados. El franquismo lo cerró y lo descuidó y la llegada de la democracia evitó su demolición. 

Este mes está cumpliendo tres décadas de su reapertura y para celebrarlo han decidido exhibir Vaya luna de miel, la película “perdida” del director Jesús Franco, rodada en 1980 con una dosis de erotismo y encontrada en la más reciente revisión del acervo de la Filmoteca. Además, a lo largo del mes pasarán por ahí varios directores españoles presentando la que consideran su mejor película.

Cine a la antigua

Este espacio también llama la atención porque conserva varios proyectores analógicos y emplea a cuatro proyeccionistas para manejarlos.

Uno de ellos se llama Antonio Valenzuela, tiene 47 años, aprendió el oficio de su padre y manipula la máquina con el mimo de un artesano.

“Mi padre es muy aficionado al cine y tenía rollos de 35 milímetros y cámaras Súper-8. Fue él quien me enseñó a colocar, por primera vez, una película en el proyector. El cine está hecho para pantallas grandes, de ese modo despliega todas sus cualidades: el color, el grano y la luz. Si pones un filme cualquiera en el ordenador portátil y después lo proyectas, descubrirás que has visto dos obras completamente diferentes”, me contó el otro día con rapidez, en referencia a que hoy abundan los usuarios de la adictiva Netflix, y enseguida se fue corriendo a su cabina, en donde tiene varios rollos de 35 milímetros clasificados en tres grandes estantes y desde donde, todas las tardes, manda un haz de luz a la pantalla del viejo Doré.

​ASS

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