Bárbara Colio está de fiesta. Después de debutar como coguionista de cine con Rodrigo García en Familia, estrena y dirige La fiesta, otra obra de su autoría, y en julio se lleva a Portugal su emblemática Marina & Isabel, sobre un juego de squash hipotético entre la reina Isabel la Católica y la Malinche.
“Soy el resultado de la que ha trabajado y estudiado. La Bárbara de cada día ha construido a la Bárbara que existe ahora, lo que hizo y todo lo que se aventó a hacer. Sigo estudiando y preparándome. No quiero sonar petulante, pero tengo diecisiete reconocimientos en distintos géneros. Mis obras se montan en varios países”, recuerda la autora de más de treinta piezas, ganadora de los premios Juan Ruiz de Alarcón 2017 por trayectoria y Óscar Liera 2021 por Marina & Isabel.
“Sigo recibiendo muchísimas satisfacciones por mi trabajo, pero en ningún momento pienso que todo está hecho. Sigo siendo alumna, leyendo, buscando nuevas fuentes que reten lo que pienso y sé. Sigo moviéndome a otros lugares para seguir aprendiendo nuevas cosas y ponerlas en práctica. El teatro es mi profesión y siento que cuando tienes clara tu profesión inviertes en ella, jamás quedarte estancada”, agrega Colio (Mexicali, 1969).
En el contexto del Día Mundial del Teatro el 27 de marzo, la dramaturga, directora de escena, guionista y novelista adelantó a Laberinto que está próxima a lanzarse como cineasta. La conversación tiene como punto de partida su montaje de La fiesta, donde cambia la noción de espacio escénico al ambientarla en diferentes lugares de una casa, con acciones simultáneas de cien minutos en cada uno de ellos y en los que los espectadores tienen diferentes “experiencias inmersivas”.
La fiesta se presenta del 3 al 26 de abril en Un Teatro (Nuevo León 46, colonia Condesa), con funciones de viernes a domingo y actores con quienes Colio ya ha trabajado: Karina Gidi, Claudia Ríos, Andrés Weiss, Mahalat Sánchez, Federico Di Lorenzo, Sheila Flores, María de Villa, David Barrera Bautista. Incluso participa el afamado diseñador de sonido Jacobo Lieberman, quien funge de pianista.
¿Qué es el teatro para usted?
Las personas que hacemos teatro apostamos por el teatro en el que cree. Por eso es bueno ver el teatro mexicano, porque hay diferentes apuestas, diferentes intereses. Para mí, el teatro es mi profesión. No es un oficio, no es un hobby; es una profesión seria a la que me dedico, en la que no he dejado de estudiar cada día en los más de treinta años que tengo haciéndola. También es una materia viva, es la creación que tiene que ver con el Otro, con la entrega al público.
¿Cómo traduce esa entrega?
Tiene que ver con qué es lo que le quiero lanzar al público, cómo quiero jugar con el espectador para seguir manteniendo el teatro vivo, el teatro que tiene un riesgo, que presenta algo ante el Otro para ver qué sucede. No es para contar, ni para explicar, ni para dictar qué es lo que debe hacerse. El teatro es una provocación. Diseño provocaciones para crear chispas de luz que logren tocar al espectador.
¿Cómo se provoca usted misma como dramaturga para arriesgarse con obras que busquen cambiar la visión tradicional del teatro o del escenario, como en La fiesta y Marina & Isabel?
Son dos cosas que forman parte de mí desde que me conozco. Una escritora debe ser curiosa. Si ve una puerta entreabierta, asomarse a esa puerta, llámese esa puerta la naturaleza humana, la vida, lo que pasa en este país, lo que nos rodea. Hay que tomar el riesgo y tener el valor de entrar a fondo hacia cosas que pueden ser difíciles, dolorosas, pero también hilarantes y reconfortantes. Hay que indagar profundo a la hora de la creación. Por qué diablos me meto ahí si pudiera estar tranquila. Es parte de lo que soy, y me gusta divertirme con lo que hago, en el sentido de que me rete y me haga hacer algo distinto a lo que he hecho. No es que esté innovando absolutamente nada; solo innovo en mí misma para ponerme frente a la escritura, la dirección o la producción.
En La fiesta, el personaje que interpreta Karina Gidi, la actriz que ofrece la fiesta, carece de nombre. Solo es Ella. ¿Por qué construye personajes a los que despoja de su nombre?
Lo de los nombres es algo con lo que recurrentemente juego en mis obras. Muchas veces mis personajes no tienen un nombre específico porque hay un juego con la identidad, con la necesidad del ser humano de desmarcarse de sí mismo, de dejar de ser para arriesgarse a ser otra persona. Es lo que le pasa al personaje de Ella. No quiere que nadie la llame por su nombre, y hay una razón que se va a descubrir en la fiesta. Tiene que ver mucho con la identidad, con los personajes que creamos para andar en la vida.
Es otro caso en Marina & Isabel, personajes históricos.
Hablando de Marina & Isabel, terminando La fiesta me iré a Portugal a dirigir Marina & Isabel. El enfrentamiento entre estas dos mujeres a nivel histórico, a nivel personal, ha ganado también sus propios terrenos del otro lado del charco, que a mí me entusiasma mucho, porque también hay que indagar allá. Es otro riesgo: presentarla del otro lado, no solo desde acá.
Qué buena noticia para el teatro mexicano, y llega en un momento importante, después de que el rey de España reconociera los abusos cometidos por los españoles en la Conquista.
En Marina & Isabel se habla de la palabra “conquista”, de la conveniencia del lenguaje para nombrar las cosas que se hacen. La palabra “conquista” es súper romántica. En la obra se dice: “Claro, nosotros utilizamos esa palabra porque nosotros patrocinamos el diccionario, nosotros creamos el lenguaje”. Es mucho más bonito decir “conquista” que lo que fue: una invasión y un genocidio. Tenemos que asumir el riesgo de llamar a las cosas por su nombre.
Esas historias románticas de la mujer que entrega una raza por amor es romantizar los abusos. México no solo ha sido víctima, también ha conquistado y romantizado exterminios, como sucedió con los yaquis o con quienes quieren entrar por la frontera sur. Es tiempo de reconocer con las palabras y de reconciliarse con lo que somos y con lo que ha sido. No creo en el perdón porque el que perdona está en una posición superior al otro, y repetimos un esquema de poder. Creo en la reconciliación, en entendernos.
¿Por qué en La fiesta recurre a esta suerte de cubismo en el escenario, con un público que tendrá que ver cada función en diferentes espacios donde se desarrolla la obra?
Tenía ganas de intervenir en un espacio. Son dos chips distintos los que operan en mi ser: cuando escribo y cuando dirijo. En el momento de escribir La fiesta tenía ganas de aplicarme en crear un texto que pudiera ser una intervención en un espacio y no pensar solamente en un teatro a la italiana, o de tres frentes, donde el público está estático. Quería que fuera un acompañamiento del público con lo que pensaba, que tuviera una sensación de estar espiando, de estar siendo cómplice de algo, de estar metiéndose, de ser una pared que escucha.
Y los públicos, ¿qué papeles juegan en la obra?
Esa es la concepción: el público como una pared que escucha. Como estas casas de nuestra infancia que habitamos por tanto tiempo y que si nos alejamos y luego volvemos nos damos cuenta cómo sus paredes guardan las alegrías, las risas, los llantos, los regaños, los gritos, las dudas, las preguntas. Todo eso que tuvimos en nuestra infancia está incrustado en esas paredes; por eso tenemos esa conexión tan grande con la casa de la infancia. Quería colocar al espectador en esas paredes, que fueran esas grietas que están ahí observando lo que le sucede a esos seres. La obra fue escrita para ser representada dentro de una casa. La dirección es otra historia, porque, para empezar, debía encontrar una casa donde podía hacerlo. Ese fue el primer reto.
Se plantea la obra como “experiencia inmersiva”, pero no interactiva con el público. ¿Cómo definiría esa experiencia, porque, en realidad, los asistentes son parte de la fiesta?
A veces se confunde cómo vamos a pasar a la gente, al público, al escenario. Para nada va por ahí. Hay una línea muy delgada con las palabras. Todo teatro es inmersivo, se fundamenta en alguien que lo hace y alguien que lo ve en un espacio y tiempo compartidos. En esa relación, el que lo hace y el que lo ve, son seres vivos latiendo en un mismo momento. Desde ahí ya hay una interacción, un compartimento. Todo teatro es así. En el caso de La fiesta, ni siquiera abarca toda la obra, solo es un pedazo en el que vamos a mover al espectador para mover también su perspectiva y su posición de recibir lo que sucede. Ese pequeño movimiento puede darnos algo distinto en escena.
¿Cómo dirigir un elenco tan grande que está en diferentes espacios?
Dirigir un elenco tan grande y con gente tan talentosa es todo un tour de force. Manejar la precisión que todo montaje requiere, no solamente éste, es otro trompo a la uña. Cuando diriges, no intervienen solo las ideas; tienes que hacer que esos seres humanos entren a esas ideas. Para mí, eso es la dirección escénica: cómo hago que estos seres humanos que están poniendo su cuerpo, su sudor, su todo, en escena, hagan esta idea suya, la transformen en algo vivo.
La fiesta suena muy cinematográfica. Me recuerda a La terraza, de Ettore Scola, una fiesta que el espectador atestigua desde las perspectivas de los personajes, o incluso Escenas de un matrimonio, de Ingmar Bergman. ¿Pensó la obra cinematográficamente?
Ya di el salto al cine. Fui coguionista con Rodrigo García en Familia, producida por Netflix, que se estrenó hace un año. Lo maravilloso del teatro es que puedes hacer uso absoluto de todo, siempre y cuando lo hagas con coherencia en el universo dramático. Todas son herramientas y todas se pueden poner en uso si las necesitas para crear lo que necesitas.
¿En algún momento dará el salto a la dirección en cine?
Estoy en el camino de dar el salto hacia dirigir cine. Es otro proyecto que me gustaría realizar.
AQ / MCB