Cultura

“Perdí la fe, pero no la razón”: Miguel León-Portilla recuerda su vida en ‘Soy mi memoria’

Reseña

En ‘Soy mi memoria’, Miguel León-Portilla evoca las dudas que lo alejaron de la vida jesuita, su descubrimiento de los clásicos griegos y el camino que lo llevó a consagrarse al pensamiento y la memoria náhuatl.

Una confesión

En Soy mi memoria, libro escrito algunos meses antes de fallecer, Miguel León-Portilla (1926-2019) intitula así el segundo capítulo: “Un capítulo trascendental en mi vida del que ahora por primera vez escribo”. Salir de la infancia y de la temprana juventud “marca el final de un periodo en la vida”, refiere el historiador, filósofo, poeta y traductor, y añade: “El nuevo periodo por el que pasé fue tan decisivo que hasta hoy las experiencias que tuve entonces continúan influyendo en mí”.

¿Cuál fue ese hecho fundamental para su vida y obra? En 1941 viajó a los Estados Unidos donde cursó sus estudios de bachillerato con los jesuitas. Los dos primeros años fueron de noviciado, explorando si llegaba a confirmarse en la idea de quedarse a vivir en la Orden Jesuítica. Después, durante otros tres años estudió latín, griego e historia de las culturas antiguas. Se acercó entonces a los clásicos: Homero, Hesíodo, Cicerón, Virgilio y Ovidio, entre otros, y “algo muy particular”: con algunos de sus colegas incluyendo canadienses y un estadunidense se reunían dos veces por semana para leer por su cuenta piezas de teatro. “Para mí —escribe— el acercamiento al teatro griego fue maravilloso; ahí aprendí acerca de la vida más que en todas las clases, sermones y amonestaciones”. En una libreta, el joven Miguel registraba frases en griego, que lo impresionaban profundamente. Al azar, en sus Memorias, elige una frase de Píndaro: los seres humanos somos sólo “sombra de un sueño”, que tiene ecos en el Eclesiastés, libro del Antiguo Testamento leído con frecuencia por el historiador.

Tras cursar estudios de ciencias y tres años de filosofía en la Loyola University de Los Angeles, California —otra institución dirigida por los jesuitas—, obtuvo su grado de maestría con una tesis sobre Las dos fuentes de la moral y la religión de Henri Bergson. Ávido lector, no resulta extraño que en una suerte de anagnórisis haya sido un libro el que marcó el rumbo de su vida: Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant, sin soslayar el pensamiento de David Hume. Kant, a decir de León-Portilla, “muestra con gran rigor que no es posible sostener los que se describen como ‘principios de causalidad y de razón suficiente’”, principios que “son la base de todo pensamiento metafísico”. Al no ser demostrables, explica, “dejan en suspenso cualquier prueba de la existencia de Dios, del alma, de la libertad del ser humano, de un posible destino en el más allá”, en fin, de las “tenidas antes como verdades fundamentales en la existencia humana”. En alguna ocasión, escribe el historiador, un profesor de cosmología, el padre Jacobo Morán, le preguntó si era ateo y él le respondió: “La verdad, ya no sé”. El padre lo recriminó, según lo refiere el historiador, “con actitud bondadosa”: “Tenga mucho cuidado con su lengua y pídale a Dios que lo ilumine”.

Tiempo después, en el Instituto de Oriente, en Puebla, se le convocó para realizar unos ejercicios espirituales “siguiendo el modelo propuesto por Ignacio de Loyola”. Fue cuando le manifestó al rector que él no quería hacerlos: “Porque estoy en una duda muy grande de todo”. Finalmente, el joven Miguel fue a las oficinas del padre provincial para solicitarle las “cartas dimisorias”, el documento “que conduce a una salida formal de la Compañía de Jesús”. Decisión muy difícil, según el historiador, que lo llevó a experimentar a la vez emociones de “liberación” y de “angustia”. Con todo, don Miguel encuentra amparo en una frase: “yo me refugio siempre con esa frase célebre de William Shakespeare: Para ti mismo sé verdadero”.

Examen de conciencia

Fiel a sí mismo y a sus convicciones, León-Portilla regresó a México a los veintiséis años de edad. Su camino estaba ya trazado. Llevaba consigo el bagaje de los “clásicos inmortales”, los autores griegos y romanos, llamados así por su maestro Ángel María Garibay. La Ilíada, La Odisea, La Eneida, Platón, Aristóteles, los presocráticos, Esquilo, Sófocles, entre otros. El cruce de saberes y la sólida formación inculcada por los jesuitas a su paso por Ysleta College, Loyola University y Montezuma Seminary: “los jesuitas influyeron mucho en mí, transmitiéndome un sentido de responsabilidad, desde ser puntual hasta saber aprovechar el tiempo”, precisa.

Siguiendo el método jesuítico para el autoconocimiento, León-Portilla refiere que, al escribir sus Memorias, hace un “examen de conciencia”, para ayudarle al “empeño de avivar la memoria”. Figuras relevantes en su trayectoria intelectual y laboral fueron Manuel Gamio, doctor en Antropología, y el padre secular Ángel María Garibay, notable estudioso de la cultura nahua, del griego y latín. El primero, casado con una hermana de su padre lo introdujo en el mundo de la arqueología y lo recomendó con el padre Garibay, quien sería su guía intelectual y lo instruyó en la lengua náhuatl.

En la Universidad Nacional Autónoma de México estudió Derecho y se doctoró en Filosofía, en 1956, con la tesis La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, dirigida por su maestro, el padre Garibay: “Varios filósofos de la Facultad de Filosofía en la UNAM manifestaron que estaba yo trastornado sosteniendo el dislate de que los indios tenían una filosofía”, sostiene en las Memorias. Tres años después escribió Visión de los vencidos, el libro de historia con el mayor número de ventas en el catálogo de la UNAM. Tradujo, además, los Cantares Mexicanos —además de otros textos nahuas— del náhuatl al español, traducción, cabe decir, no sólo de una lengua a otra, sino también de una cultura a otra, y acuñó el término Encuentro de dos Mundos a propósito de la conmemoración del quinto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492. El autor le dedica algunas páginas a la querella con el historiador Edmundo O'Gorman suscitada a raíz del concepto “Encuentro de dos mundos”. Entre 1988 y 1992, León-Portilla fue embajador de México ante la UNESCO en París.

Fue prolífica su actividad en la UNAM. Con el padre Garibay, fundó el Seminario de Cultura Náhuatl, dirigió el Instituto de Investigaciones Históricas y fundó el Instituto de Investigaciones Antropológicas cuyo primer director fue Juan Comas. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y de El Colegio Nacional, a él se le debe también el lema de la Universidad Autónoma Metropolitana: “Casa abierta al tiempo”.

Parte relevante de las Memorias salpicadas de anécdotas con el habitual sentido del humor de León-Portilla, son sus investigaciones en Baja California sobre los pueblos originarios del norte de México, sus viajes a la India, a Israel, a España donde conoció a Ascensión Hernández Triviño, en un Congreso Internacional de Americanistas, con quien contrajo matrimonio en Extremadura de donde ella es oriunda. En el Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe de Extremadura, antes de su boda, a fines de 1964, León-Portilla le ofreció a la Virgen que, si facilitaba su matrimonio, “le prometía escribir sobre la historia de Guadalupe en México”. Así lo hizo, el resultado fue Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el Nican mopohua.

Entre sus obras publicadas poco antes de fallecer, el historiador menciona las Ordenanzas de tema indígena en castellano y náhuatl de Maximiliano de Habsburgo. Tanto el texto en náhuatl como la traducción, explica, “se debieron al conocido nahuatlato del siglo XIX Faustino Galicia Chimalpopoca”. Publicado por el Instituto de Estudios Constitucionales con sede en Querétaro, el libro se agotó pronto, y no se ha publicado de nuevo, así lo refiere el autor. Ojalá que pronto se publique una reedición de tan importante título.

Al final del libro, Miguel León-Portilla le dedica un capítulo a la flor y el canto, “expresión característica del náhuatl in xochitl, in cuicatl” que significa “belleza, poesía, arte”, concepto que arroja luz sobre la duda del historiador sobre la existencia de Dios. El autor concluye: “…estando en mis cabales, me veo obligado a reconocer que esa flor y canto guarda relación con lo que a lo largo de milenios y en tantos lugares del mundo la humanidad ha concebido como un ser supremo, como un Dios”. Y cita, a este respecto, los versos del “Rey Poeta” Nezahualcóyotl: Ahora lo sabe mi corazón / escucho un canto, / contemplo una flor, / ¡que no se marchiten!/.

Otra intuición acerca de la existencia de Dios la encuentra en el Evangelio de San Juan, en el Nuevo Testamento. En el principio era el Verbo (logos), frase en el original en griego, la interpreta así: “Dios es palabra, verbo, pero al decir palabra, se expresa con el sentido de creadora”. Logos “también es pensamiento”. Dios “es palabra y pensamiento creadores, que todo lo sabe, lo comunica y que con ello da ser a cuanto existe. Un ser así no puede ser malo”. A ese logos invoca el filósofo: “Con él quiero estar, con él quiero morir”, concluye Miguel León-Portilla, y acaso ilumina la duda del joven agnóstico, el novicio Miguel, en cuyo espejo, a sus 93 años, se mira en Soy mi memoria.

Edición que conmemora el centenario de su natalicio

Destacan en el libro las referencias a su hija María Luisa, siempre atenta a llevar a buen fin las ediciones de su padre; a sus nietos Fabio y Miguel, quien diseñó la portada, y su viuda Chonita, notable lingüista, quien este año obtuvo el Premio Alfonso Reyes en Humanidades otorgado por El Colegio de México. Ella cuidó esta edición junto con Diego García del Gállego, mientras que Alejandro Cruz Atienza, director de Publicaciones de El Colegio Nacional, se encargó del proceso editorial. De esa institución y de las Academias de la Lengua y de la Historia, también coeditoras —igual que la Universidad Iberoamericana—, León Portilla fue miembro. El libro contiene, además, un índice onomástico, un índice de obras, y fotografías procedentes, en su mayoría, del acervo familiar.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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