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  • Gerda Gruber: “Me aterra que la escultura pueda ser un adorno”

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Gerda Gruber, escultora austriaca radicada en México. (Foto: Arthur Mora)

Gerda Gruber confiesa su pasión por el barro en el marco de la recepción de la Medalla Bellas Artes y de inaugurar una muestra en el Museo de Arte Moderno.

Gerda Gruber (Bratislava, 1940) llegó a México en 1975 para ver y conocer las formas mesoamericanas de uso del barro, tal como se lo había aconsejado su profesor de escultura de la Hochschulefür Angewandte Kunst de Viena. Si bien le sorprendió que, pese a la historia y a la tradición del barro, no existiera un movimiento de escultores que trabajaran este material, se relacionó con artistas mexicanos, jóvenes como ella. Uno de ellos fue Gilberto Aceves Navarro, quien la invitó a aventurarse en la docencia en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM (ENAP). En la hoy Facultad de Arte y Diseño, instauró el primer taller de escultura en barro, por donde pasó una generación de escultoras y escultores que a su vez han trazado las rutas contemporáneas del volumen: Paloma Torres, Maribel Portela, Javier Marín y Miriam Medrez, entre otros. En su actual residencia en Mérida, Yucatán, continúa expandiendo sus conocimientos. No solo ha impartido clases a universitarios sino también a trabajadores de empresas como Vitro y Aceros Monterrey, quienes la vincularon con la otrora Ciudad de las Montañas durante más de veinte años y a donde regresó para presentar en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey la primera revisión de sus cincuenta años de trayectoria en México. La muestra, curada por Daniela Pérez, llega ahora al Museo de Arte Moderno en la Ciudad de México. Su inauguración coincide con la entrega, por la Secretaría de Cultura y el INBAL, de la Medalla Bellas Artes 2026 en Artes Visuales.

Entre verde y agua es una invitación a rodear las reflexiones de Gerda Gruber. Nos convoca a refugiarnos en sus piezas, espacios de seguridad y cuidado. Ahí dentro, entendemos que el hilo conductor de su trabajo es la protección. Si algo exalta es la esperanza de la reconstrucción y, por lo tanto, como ella misma lo repite, de la salvación. Observadora del mundo, Gerda Gruber sigue investigando materiales e indagando en los temas del refugio y la recolección, los cuales la han acompañado aún antes de saberse artista. Sobre otras derivas y en torno a esta gran muestra charlamos con la autonombrada “refugiada con corazón de mexicana”, así como con su curadora.

¿Cómo te abriste a otros materiales?

Gerda Gruber: Los materiales son una herramienta. Cuando no tienes el concepto o la inclinación de investigar un crecimiento íntimo dentro de una cosa viva es poco probable que se den los descubrimientos. Si no hubiera sido así, tal vez nunca hubiera llegado a la porcelana o al henequén. Se necesita buscar el lenguaje del material que te apoya para decir algo. No es que hubiera querido hacer porcelana solo porque es porcelana —igual que con otros materiales—, sino que está ligada a mi investigación. Se trata de una acción y una búsqueda continuas. Cada experimento es un mundo en sí mismo, un proceso, y en ese lapso suceden muchas cosas. Surge una inquietud, que te exige reflexión y análisis. En las mañanas me despierto, voy a mi jardín y de repente veo una raíz. Tomo una foto y entonces creo un universo íntimo, mi universo micro-universo, como lo llamo, que va conformando apuntes. Después lo analizo, me pregunto sobre las formas. ¿Cómo se construyen? ¿Cuál es el origen? ¿Qué producen? ¿Cómo es su trayectoria? ¿Cómo es que ese ciclo volverá a iniciar? Estas son mis inquietudes. Me gusta analizar todo lo que es parte del crecimiento de la existencia. Empiezo por conocer su nombre. Observo la vegetación, que a veces se parece a nuestro cuerpo. Veo las similitudes… Esto es lo que me interesa. Observar para aprender y plantear una discusión es mi manera de hablar con el mundo.

¿Cómo fue tu conexión con Monterrey?

GG: Monterrey ha cambiado mucho. Era más íntimo, la naturaleza se sentía cerca, podías disfrutar de las montañas sin las raíces de las casitas y casotas de los fraccionamientos. La Huasteca me impresionó muchísimo. Ahí está exactamente lo que me interesa: estudiar la formación en sí. En la Huasteca ves cómo se ha movido el mundo. Cuando la miras, observas cómo vivimos ahora. ¡Imagina esas formas hace millones de años! Me impactan la masa, la fuerza y la energía necesarias para formar esas laminotas que se acumulan. Es lo que me importa: los materiales. ¿Con qué material haces qué? Buscaba entonces si debía preparar una nueva receta de barro que me ayudara a formar esas laminotas para así plasmar la manera en que percibía el paisaje.

¿Cómo ha variado tu investigación en Mérida?

GG: Tengo un taller sobre la vegetación. Ahí empecé a trabajar materiales efímeros. Me rodeaban los nidos, la experiencia de caminar por la selva. No encuentras dónde refugiarte cuando llega una tormenta porque la selva baja no es tan frondosa: hay otra luz, otras formas. Hay muchas más sombras y eso juega un gran rol en el desarrollo de los volúmenes.

¿Te gusta el color?

GG: Hubo una época en la cual trabajé muchos colores porque quería captar el cambio de las formas, su impacto en el amanecer, al mediodía o en el atardecer. A lo largo del día ocurre un gran cambio en los volúmenes: se conservan más en la noche porque no hay luz. Durante el día te distraen los colores, las sombras, al menos así me lo parece. Todo es un refugio, hasta nosotros mismos, especialmente las mujeres. En el útero, los seres humanos crecen protegidos; eso son los nidos, y los comparo con mi experiencia. Soy una inmigrante permanente, lo soy desde niña, así que la protección es una de mis preocupaciones y uno de mis temas. Este concepto me llevó a la porcelana, que es como un útero, un material que posibilita la translucidez, la pureza. Primero indagué profundamente en el barro y cuando se formó mi criterio filosófico —que se inclina a analizar la vida y su existencia— busqué un primer sostén en la porcelana. Ya había trabajado la porcelana en Europa, pero en Monterrey me solté con más madurez.

Gerda Gruber, escultora, en Monterrey en 1980
Gerda Gruber en Monterrey en 1980. (Cortesía)

¿Cuál es tu relación con el barro?

GG: La tarea que me propuse en México fue revivir el barro en su origen filosófico, entender el material de una manera personal y creo que lo he logrado. Una cosa es la cerámica utilitaria y otra la cerámica escultórica. Empecé con el barro y la arcilla, como maestra en la ENAP, y pronto surgieron amistades, conexiones con Aceros Monterrey y Vitro para experimentar. Generoso Villarreal, de Aceros de Monterrey, me invitó a trabajar. Era un joven muy inquieto que deseaba experimentar con los artistas que tenía a la mano.

¿La educación es parte de tu obra?

GG: No soy muy sociable, no salgo, pero sí me gusta tener una confrontación con personas interesadas en crecer y en entender qué pasa en el mundo de las artes visuales. No dejo tarea. Pregunto a mis alumnos quiénes son, quiero que me platiquen, y después desarrollamos. Enseño y aprendo. Esta es la conexión que busco, por eso tengo siempre a jóvenes a mi alrededor, quienes me escuchan y a quienes escucho. Oír es una constante en mi existencia.

¿Cómo ha sido la relación con Daniela Pérez, tu curadora?

GG: Creamos juntas. Daniela sabe escuchar y tiene una libreta donde escribe cada cosa que yo digo. Es como mi psiquiatra. Lo disfruto muchísimo, me da más certeza. Ella es muy suave y me deja hablar. Y, de repente, interviene, dice algo y “ese” algo es un punto de partida para aprender.

DP: Desde que nos conocimos, en Mérida, empezamos a trabajar sin prisas. No había un proyecto latente, sin embargo, conocía más y más su trabajo. Me quedaba clarísimo que era urgente compartirlo, que no se lo quedara para sí misma ni para su entorno. Era necesario ir más allá.

¿Cómo trabajaron Entre verde y agua, a diferencia de Nido, exhibida en 2014 en el Museo Experimental Eco, en la Ciudad de México?

GG: En el MARCO, la exposición ocupó mil trescientos metros cuadrados. Yo busco resaltar el espacio, no llenarlo. Me aterra que la escultura y la pintura puedan ser un adorno. No quiero que sean un adorno, sino que sean funcionales, que tengan una función desde lo humano. Cuando Daniela me habló de la exposición en el ECO, le respondí que quería medir el espacio y atravesarlo con hilos para tejer un núcleo, un hilo que adquiriera tridimensionalidad y que la gente no pudiera traspasar. Muchos artistas trabajan sobre esta idea. Me atraía crear una especie de telaraña, un nido, una trampa, porque el nido puede ser trampa o protección. Entre más reflexiono, creo que un día exploraré al refugio como una trampa.

DP: Muchas condiciones contribuyeron a dar forma a este proyecto. La principal fue que el MARCO trabaja una línea muy visible que busca recuperar historias fundamentales para la historia reciente del arte contemporáneo en Monterrey, y Gerda tiene una conexión muy clara con ello. Había que recuperar esa historia y jalamos ese hilo.

Esculturas de Gerda Gruber en la exposición ‘Entre verde y agua’. (Foto: Arthur Mora)
Esculturas de Gerda Gruber en la exposición ‘Entre verde y agua’. (Fotos: Arthur Mora)

¿Cómo resultó ese reencuentro?

DP: Fue una verdadera búsqueda. Gerda me sugería buscar ciertas cosas; yo tenía imágenes de piezas que ella no tiene físicamente. “Y eso ¿dónde está?” Nos pasaban el contacto y yo: “Encontré tal”. Fuimos armando un proyecto representativo, no cronológico. Lo que se observa son diferentes tiempos con distintos procesos. También conversamos y reflexionamos mucho sobre cómo ocupar tantos metros.

GG: Mi obra es un experimento. No creo ser una “gran” artista. Habrá cosas que se conservarán, o no, tras mi muerte, pero eso es otra cosa. Hacer las piezas es mi lenguaje, mi manera de expresarme sobre la vida y su crecimiento, ya sea una planta o un ser humano. Ahora colecciono plantas medicinales. Quiero mostrarles a los jóvenes cómo se ven, que no son un polvito que compran en el mercado o en la farmacia. En esta exposición incluí unas cápsulas del tiempo en forma de semillas. Quiero enterrarlas en un lugar lejano a la urbanización para dar a las generaciones futuras un auxilio en un tiempo incierto. No pienso en unas décadas, sino en cien años o más. Estas cápsulas contienen semillas que he guardado por años, que sequé, preparé en bolsas al vacío…Es como alargar el tiempo hacia el futuro.

¿Cómo se fue hilvanando la historia de Gerda en Monterrey con su historia actual?

DP: Existe una clara continuidad desde su época de estudiante. Al revisitar obras de otros tiempos y lo que trabaja hoy, si bien con materiales y decisiones de muchos tipos, que incluso parecerían no calzar bien en un mismo proyecto, observamos que conectaban en su manera de estar. Cómo abordar el espacio fue el reto que unió las obras. Trabajar con una escultora que todo el tiempo piensa en el espacio se volvió un alivio porque este pensamiento ayudó a integrar las piezas en su totalidad. Más allá de los materiales, están las ideas, los procesos… el tiempo.

GG: El tiempo es un factor muy importante. Por ejemplo, mucha de la obra expuesta es de madera de árboles que recojo del monte para darles el último lugar donde permanecerán más allá de su ciclo de vida. La muerte también está presente. Todo ciclo es vida y muerte.

Como curadora, ¿te fue difícil convencerla de exponer?

DP: Creo que estaba lista, había llegado el momento. Si bien lo que disfruta es producir, pensar, hacer su rutina, sabemos que es importante compartir su trabajo con los demás. Hay muchísimas piezas que no se habían mostrado nunca, varias muy recientes, como en las que explora el fieltro. Lo fascinante es que se exhibe el proceso abierto en su práctica artística.

¿Consideras que esta exposición es parte de tu aprendizaje?

GG: Todo es aprendizaje. Me gusta mucho el MARCO, cómo está presentada mi obra, muy minimal, sin poses ni pedestales. No soy una heroína. Las heroínas y los héroes ocupan pedestales, mi escultura no. Aprendí a seguir la arquitectura del lugar, fuimos integrando el espacio al colocar mis piezas a ras de tierra, en el piso, como una semilla. Si bien mi obra requiere a veces un sostén, como la porcelana, encontramos formas de exhibirla respetando al edificio y mis conceptos.

¿Cómo surgió el título de la exposición?

GG: Surgió al charlar con Daniela. Para mí, el verde y el agua son una sola cosa, como el espacio y el tiempo. En Mérida, donde radico, el mar tiene un color celadón, al igual que la vegetación. El verde y el agua están unidos por el mar.

AQ / MCB

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