Cultura

‘Santa’ después del fuego

Cine

La proyección restaurada de Santa convierte las cicatrices del celuloide en parte de su fuerza visual: un viaje entre erotismo, destrucción y memoria en los orígenes del cine mexicano.

Para quienes han leído la novela de Federico Gamboa, contemplar el escaso pietaje de la adaptación cinematográfica de Santa que sobrevivió a un periplo donde se perdió un altísimo porcentaje del original, representa un hallazgo en dos sentidos. El primero relacionado con la idea literaria que se hace el lector al entrar en contacto con el texto, y el segundo en lo que tiene que ver con las velocidades de solución a un tema arduo para la época, pero igualmente ubicuo: la caída en desgracia de una mujer abandonada por su amante revolucionario, cuyo infortunio se duplica al conocer al Jarameño, un torero que, como se sabe, la encontró en brazos de otro.

La experiencia fue singular porque se trató de las escasas veces, salvo las organizadas por la Filmoteca de la UNAM, que se proyecta lo que no consumió el fuego, a decir de los contornos quemados de ciertas secuencias, pero también en función de la gestualidad del filme, que, siendo silente, se apoya en los cartones descriptivos redactados con una ortografía de principios del siglo XX, cuando Luis Peredo, su director, consumía literatura de folletín al igual que miles de mexicanos, sobre todo de la capital del país, donde transcurre la ficción, con abundantes escenas en el Paseo de la Reforma que hicieron arquear las cejas a todos los presentes en el auditorio de la torre de BBVA donde se realizó el evento, organizado por la Dirección de Fomento Cultural que encabeza Esperanza Fernández.

El acto incluyó la musicalización en vivo de la pieza, a cargo de José María Serralde, Omar Álvarez, Roberto Zerquera y Atlas Zaldívar, miembros del “Ensamble Cine Mudo”, lo que lo dotó de una potencia inusual, pues al tiempo que se abría a la contemplación la sorpresa de ver a Santa encarnada en Elena Sánchez Valenzuela, fue posible casi respirar en la atmósfera de la cinta, que entró en proceso de restauración hace poco menos de una década y que tuvo algunos retoques a través de un grupo de especialistas para este reestreno.

Si bien la exhibición formó parte de la entrada en sociedad del libro Cine México, auspiciado por Fomento Cultural BBVA, que contiene una historia del cine nacional, el plato fuerte lo constituyó la música en vivo, lo que le otorgó una atmósfera que vino a desacelerar la rápida sucesión de cuadros, que debido a la técnica de factura de entonces resultan hoy verdaderamente inusitados, aunque con cierta capacidad de generar referentes en una cultura habituada al deslumbramiento de los manejos digitales y las posproducciones que las más de las veces tienden a uniformar el discurso cinemático.

Lo que fue la primera intentona (la cinta se estrenó en 1918), de hacer un largometraje que le diera un uso alterno al equipo fílmico de los años veinte, que solo contaba las gestas revolucionarias, es la parte medular de la idiosincrasia que matizó al mexicano desde entonces, sumido en una permanente frustración por el amor inacabado en el marco de procesos abstractos de socialización y adopción de modelos sexuales, y en más de un sentido anclada en la muerte trágica de la diva, que poco antes “contrajo alcoholismo”, como dice uno de los cartones de la cinta.

Al margen del oleaje naturalista a que responde “Santa”, llama la atención que, como en el caso de Las noches de Paloma, que nunca se pudo exhibir comercialmente en México, debido a que en los ochenta la esposa del presidente Miguel de la Madrid se llamaba igual que la protagonista del filme de Alberto Isaac, la obra de Peredo simple y sencillamente se desmenuzó, como lo explicó Roberto Fiesco, uno de los presentadores del pietaje, y de esos fragmentos, solo se tienen menos de la mitad de lo que dura la pieza, pues al intentar darle mantenimiento se prendió en llamas, por lo que la mandaron a la Cineteca de Berlín, donde ya hubo poco qué hacer: el soporte se redujo, lo que obliga al espectador a presenciar los doblamientos producto del incendio.

Y es esa misma sensación de quemadura la que al añadirse al discurso interno, le confiere un matiz aún más intrigante a la película que, siendo fragmentaria no solo resulta sugerente a propósito de las escenas faltantes, que sin duda debieron despertar la queja de las buenas conciencias. A ello se añade la carga erótica sugerida por la vestimenta de Santa, pero también por la presencia del torero, que si bien forman parte de la obra de Gamboa no dejan de insinuar una lascivia que no se logra en la novela, pero que en la cinta alcanza niveles inesperados.

El proceso de tomar conciencia de la destrucción física mediante la lumbre y el riesgo de que esta devore lo que se está viendo, en el instante mismo en que se está contemplando, resulta en una mezcla de delirio, como si estuviésemos frente a uno de los estropicios de Nerón, en una Roma igualmente invadida de disipación y erotismo. Se trata, en todo caso, de un proceso artístico no planeado, pero con gran potencia debido a la destrucción de la que alcanzó a librarse la cinta, aunque sin salir ilesa.

Algo similar ocurrió con el jardín escultórico de Bomarzo y con Las Pozas de Edward James, en Xilitla, que se aprecian debido a su desgaste, a su deterioro. Santa es incendiada por una conciencia invisible que ha quedado mutilada, pero cuyos restos son capaces, todavía, de generar un punto de inflexión, no intencional, pero sí humano, en el que se diluyen las fronteras entre la obra original, su contenido y la metáfora de su devenir en ese derretimiento, en esa fusión del celuloide y su referente literario, para desembocar en la realidad de una mujer que termina reducida a explotar su propio cuerpo, quemado a su vez por la sociedad de la época en un hoguera con sabor medieval.

Esa quemadura contrasta con las coreografías hipersensuales de Norka Rouskaya, rodando y haciendo piruetas con indumentaria de flapper sobre el césped de los jardines de Chapultepec, lo que le da un contrapunto a la historia desgraciada de Santa, versus la naciente cultura del bob cut que terminaría incendiando en otro tipo de hoguera la conciencia nacional, infiltrada por las imágenes llenas de brillante y cegadora bisutería con que las bailarinas conocieron su mayor apogeo, sin necesidad de la leña en la que fueron sacrificadas aquellas que cometieron el error de enamorarse alguna vez en su vida.

​AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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