Es frecuente que las experiencias personales de los escritores se entrelacen con sus textos, incluso en el plano de la ficción. Rosa Nissán, por ejemplo, es novelista y sin embargo sus libros se leen como relatos de vida sin que se trate de autobiografías, ni se inscriban en la llamada “literatura del yo”. Sus vivencias son la materia prima en la que se envuelve y desde la cual va tirando cuerda a sus fantasías. Llego a su departamento una mañana para entrevistarla, acaba de publicar la versión narrativa de su libro ¿Cuántas rosas hay en un rosal?, la cual complementa la serie de collages que publicó en 2019 en una edición de autor.
Rosa tiene 86 años, el cabello blanco y un mechón que pinta de diferente color según sus temporadas de ánimo a veces de azul, rosa, incluso morado. En su entrada aparte del típico tapete de “Bienvenidos” tiene escrito un poema en la puerta y un letrero que advierte que en esa casa “a la mujer se le respeta”, otros versos más se esparcen por el baño, los pasillos y el balcón. Letreros a mano que ha ido colgando para no olvidar salir con llaves, pagar la luz o que “las mujeres casadas tienen derecho a estudiar”.
Intentamos comenzar la charla, pero los nervios le ganan, “será mejor ir a un café”. Empieza entonces a buscar sus tenis de un cuarto a otro, apoyada en su andadera. No encuentra el par y decide salir con un tenis de cada color, hasta que aparece el faltante debajo del sillón. A punto de salir, recuerda que no lleva las gafas y regresa con todo su cargamento.
Finalmente vamos caminando, mientras esquivamos las mesas de los cafés y restaurantes que se adueñan de las banquetas de La Condesa, me cuenta que no pensaba ser escritora, pues viene de una familia judía sefardí muy tradicionalista donde la mujer está destinada a servir a su marido en la casa y dedicarse a sus hijos. Llegamos al café, como no le gusta sentirse encerrada, esperamos a que se desocupe una de las mesas de afuera.
Publicó su primer libro a los 53 años.
—¿Cree que da otra perspectiva comenzar a escribir en la madurez?
—No sé. Yo creo que eso es mentira, la edad no cambia nada. Mi mamá por ejemplo a los 23 años ya tenía seis hijos y era huérfana, entonces yo la ayudaba a cuidar a mis hermanos.
—Entonces a usted le tocó madurar muy joven.
—¡Otra vez con esa palabra!, yo cuidaba a mis hermanos nada más. Pero la palabra madurez es difícil que yo la pueda creer en mí, porque soy muy infantil, juguetona; me hago pasar por chiquita, como que no valgo…
—¿Se hace pasar?
—Sí me hago pasar, o tal vez lo he repetido tanto que ya no me doy ni cuenta.
A los 18 años, Rosa Nissán ya era esposa y madre, su mundo se redujo por años al hogar y los pañales. No obstante, su curiosidad infinita la hizo encontrar maneras de expandirse y se inscribió a una clase de apreciación musical a la que asistía semanalmente casi a escondidas. En una ocasión uno de sus hijos se enfermó y su marido le prohibió ir a la clase, empecinada encargó al niño y escapó mientras él le gritaba “puta” desde el balcón. Al llegar le avisaron que habían cancelado la clase y se soltó a llorar. Para calmarla, el guardia del Centro Cultural le sugirió entrar al taller de escritura de Elena Poniatowska. Desde ese momento no hubo marcha atrás, no dejó de asistir hasta que se hizo escritora.
“Por eso escribí Novia que te vea, porque a las mujeres siempre nos decían desde chiquitas ‘cásate, cásate o te vas a quedar a vestir santos’, y luego cuando te casabas comenzaban a decir ‘ten, hijos, ten, hijos’. Así que mi novela es un alarido para reclamar por qué nos quitan las alas cuando aún no las abrimos. Ahora, mi marido también era chiquito, él tenía 20 años y no es que toda la culpa sea suya, es el matrimonio el que no funciona. Es el patriarcado”.
—Debe ser duro, usted pasó media vida cuidando niños.
—Sí, y por lo mismo he sido mala abuela, porque también se estila absorber a la mujer cuando se hace abuela “para que cuide a los nietecitos”, entonces nos quitan absolutamente toda la libertad. Estoy hablando del patriarcado y de la vida social, porque ahora que hay miles de muchachas que trabajan todo el día en oficinas, la que les cuida a los niños pues es la mamá. Mis hijas querían hacer lo mismo y yo les dije “no, mi ración de niños ya está cubierta” y por eso dicen que soy mala madre. Pero me dije, no he hecho más que cuidar niños y cuándo cuido de mí. Cuándo me acuerdo de que yo también existo.
—¿Cuándo escribió sus novelas era consciente de los mensajes que quería transmitir?
—No, al principio no lo sabía. Ahora ya.
—¿Cómo logró su libertad?
—Dejé atrás todo lo que conocía, me rebelé y fíjate, hace poco mi hijo el menor me dijo “mamá, qué precio tan alto pagaste”, pero yo pensaba “también quiero hacer el amor con alguien que no sea mi marido, quiero conocer lugares por mí misma, atreverme a hacer algo más que la madre o esposa abnegada”. Me dije que me iba a divorciar antes de cumplir 40, porque diez años antes ya lo había pensado, pero tuve otro hijo y me quedé, así que si no me iba en ese momento la próxima vez sería a los 60 y ya para qué, ya no iba a poder hacer lo que quería.
—¿Y qué aprendió de todo eso?
—Que a las mujeres nos exigen siempre dar, dar y dar hasta no tener nada, por lo mismo una tiene que saber romper, aunque sea la mala de la historia. Además, así es la vida, hay que estar inventándola cada que hay un cambio.
—Aparte de escritora también es fotógrafa.
—Lo fui durante veinte años, pero lo dejé después de un accidente que tuve.
—¿Y cómo descubrió la fotografía?
—Yo llevaba a mis hijos a los talleres de la Casa del Lago, y vi que había clases de fotografía a la misma hora que las de ellos. A mí me gustaba retratarlos, pero no sabía nada de técnica, entonces me inscribí, éramos como cuarenta en el taller. Yo era una mujer muy limitada, cuya única diversión era jugar barajas con mis amigas todas las tardes y pasear a mis hijos. Así que la fotografía fue estar en contacto con otro mundo. El maestro Lázaro Blanco proyectaba las transparencias y nosotros íbamos aprendiendo.
—Sé que al divorciarse se mantuvo de su trabajo como fotógrafa.
—Sí, chulo, yo me puse como condición encontrar un trabajo que me hiciera sentir pasión y como tenía mi cámara Hasselblad empecé a hacer retratos de amigas, de gente que me iba contratando. Elena nos llevaba de viaje a las muchachas del taller y siempre iba fotografiando, eso me permitió enamorarme de mi país y de su gente.
Aunque Rosa Nissán ha escrito una decena de libros a lo largo de 34 años de carrera literaria, ninguno ha superado a Novia que te vea, con el que debutó en 1992. Podría calificarse como una novela de culto que no entra en la novela rosa, ni se queda en el testimonio, es algo más, es una historia de vida novelada, un long-seller del que aún se habla, aunque sea difícil encontrarlo en las librerías. Ella no se acuerda cuántos años tardó en escribirla, lo que sí recuerda es que un día llegó con Poniatowska y ella después de leer el manuscrito, decidió dividirla en dos partes, de allí salió Hisho que te nazca (1996). Casi 30 años después publicó Me viene un modo de tristeza (2019) con la que cierra la trilogía de Oshinica.
En sus otros libros —Crónicas de viaje y cuentos— cambió de protagonistas, sin embargo, todas pueden ser perfectamente su primer personaje, pues persisten sus temas: el matrimonio, la maternidad y la libertad femenina. ¿Cuántas rosas hay en un rosal? (Pyra-co, 2025), es otra exploración ficticia de su vida e identidad. A sus 86 años, Nissán continúa impartiendo talleres de escritura y produciendo, asegura tener varios libros terminados, pero como si fuera autora novel, se enfrenta a que las grandes editoriales se niegan a publicarla. Pese a ello, ha encontrado un nicho con las editoriales independientes, pero dice que la distribución no es la misma: “se vuelven libros inconseguibles”.
—¿Qué sintió cuando su primera novela se convirtió en best seller?
—No me lo esperaba y cuando estaba sucediendo me acordé de lo que me decía mi amigo Hugo Hiriart: “después de publicar el primer libro, tu vida no va a ser la misma”, y es verdad. Porque yo me sentía muy poca cosa y hasta que me convertí en escritora tuve una voz.
—¿Piensa que tuvo suerte en su carrera literaria?
—Tuve a Elena. Ella siempre está cuidándome, cuando empezó la pandemia vino a mi casa y sin que me diera cuenta me dejó un sobre con dinero en la sala. Yo no sé si es suerte lo que pasó con mis libros o si fue destino, igual no me lo pregunto porque no hay respuesta y no tengo ganas de estar buscándolas, simplemente suceden las cosas.
—¿Cómo hubiera sido la vida de Rosa Nissán sin Elena Poniatowska?
—Es que de dónde se me hubiera ocurrido a mi hacerme escritora si no la hubiera conocido.
—¿Cuándo ve en retrospectiva su obra, piensa “lo logré”?
—Es más de lo que pedía. Yo lo único que quería era divorciarme y no morirme de hambre, porque eso me decían. Pero luego leí a Anaïs Nin y Henry Miller, y me dije “ellos no se murieron de hambre”. Ni yo.
—¿Por qué seguir escribiendo?
—Porque yo he vivido lo que viven muchas mujeres y siento que necesito devolver lo que otras mujeres que se han rebelado me enseñaron. Me toca a mí dejar mi constancia, y solo lo puedo hacer desde la escritura.
AQ / MCB