Cultura

Philip Roth: escribir contra uno mismo

Literatura

Philip Roth exploró el deseo, la enfermedad, la familia y la identidad en novelas como ‘Patrimonio’, una obra sobre la memoria y la muerte del padre.

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Para Guillermo Fadanelli

Durante más de medio siglo, Philip Roth (1933-2018) edificó una obra que entabló un diálogo feroz e inflexible con el deseo y la enfermedad, la familia y la política, la literatura y esa entidad cambiante y extraña llamada Estados Unidos. Su muerte, precipitada por una insuficiencia cardiaca congestiva, cerró un capítulo cardinal de la narrativa contemporánea. Su herencia está conformada por una constelación de novelas capaces de trastocar la imagen que un lector tiene de un escritor y en ciertos casos de sí mismo. La Academia Sueca lo ignoró cuando el Premio Nobel de Literatura habría encontrado en él a uno de sus destinatarios naturales. El olvido resulta difícil de justificar ante un corpus que incluye títulos de enorme calado estético como El lamento de Portnoy (1969), El profesor del deseo (1977), Zuckerman encadenado (1985), Operación Shylock (1993), El teatro de Sabbath (1995), Pastoral americana (1997), La mancha humana (2000), La conjura contra América (2004) y, de manera muy especial para mí, Patrimonio. Una historia verdadera (1991).

En mi lista personal de libros trascendentes, Patrimonio ocupa un sitio privilegiado. Roth abandona una buena cantidad de las máscaras que habían nutrido su novelística para mirar de frente a su padre, Herman Roth, un hombre aquejado por un tumor cerebral cuyo cuerpo se vuelve progresivamente el escenario de una batalla encarnizada contra la muerte. El escritor registra esa decadencia con una prodigiosa mezcla de irritación y ternura, espanto y humor. El cáncer desordena los gestos cotidianos, fisura las jerarquías familiares, obliga al hijo a estudiar a quien lo engendró desde una proximidad inédita. La paternidad aparece entonces bajo una luz áspera: legado y vínculo de sangre, conflicto y memoria estremecida. El sueño con que concluye este portento autobiográfico es de una elocuencia pavorosa: Herman se presenta ante Philip ataviado con un sudario blanco con capucha para espetarle: “Debería haber llevado traje. Te equivocaste.”

Me desperté con un aullido. Lo único visible bajo el sudario era el disgusto de su rostro muerto. Y sus únicas palabras fueron para reprenderme: lo había enviado a la eternidad con la ropa equivocada.
Por la mañana me di cuenta de que se refería a este libro que, como corresponde a la falta de decoro propia de mi profesión, estuve escribiendo durante toda su enfermedad y su agonía. El sueño me decía que, ya que no en mis libros ni en mi vida, al menos en mis sueños yo seguiría siendo el hijo niño de mi padre, con la conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío sino como padre. En permanente juicio de todas mis acciones.
No hay que olvidar nada.

Patrimonio ostenta además una cualidad que surca un sector considerable de la obra rothiana: la habilidad de convertir la experiencia personal en ingrediente narrativo sin sacrificar sus contradicciones. Roth escribe desde el cuerpo que codicia y envejece, se excita y se viene abajo, se avergüenza y se rebela. También, por supuesto, desde el cuerpo masculino que se topa con sus propios límites: de ahí que el erotismo recorra sus libros con una potencia telúrica que provocó escándalos y lecturas reductoras. En Roth el sexo nunca pertenece únicamente al ámbito del placer: es una zona de humillación, una fuente de fantasías, una forma de poder, una batalla a brazo partido entre la voluntad y las consecuencias previsibles de los actos impetuosos.

El novelista Nathan Zuckerman, su genial álter ego, concentra muchas de esas tensiones. Hijo y amante, observador y fugitivo, Zuckerman circula por varias décadas de la labor de Roth cargando con el peso de la literatura y con el precio de haber hecho de ella un modo de existencia. Distribuido en nueve volúmenes que van de La visita al maestro (1979) a Sale el espectro (2007), su itinerario dibuja el retrato de un hombre descastado y errabundo, un sujeto que busca sentido mientras sospecha que la búsqueda en sí es parte intrínseca del problema. Zuckerman escribe porque necesita hacerlo y a la vez paga un precio por cada página producida. Las fronteras entre vida y literatura se vuelven deliberadamente inestables, volubles.

En esa inestabilidad Roth localizó uno de sus mayores recursos. Sus narradores exageran y mienten, evocan mal y conciben diferentes versiones de sí mismos. El escritor introduce su propia figura en el juego y después la somete a juicio. Philip Roth surge en sus libros como nombre o personaje, careta o posibilidad ficticia. La autobiografía se entrevera con la invención hasta generar un dominio donde la identidad deja de ser una posesión segura. El creador deviene uróboros, la serpiente que se devora la cola en un círculo infinito, por medio de sus criaturas.

De ahí nace también una de las grandes obsesiones rothianas: la masculinidad en crisis casi ininterrumpida. Los hombres de Roth aspiran a una libertad absoluta que rara vez soporta la gravedad de sus repercusiones. Anhelan la aventura y el desenfreno, la independencia y la juventud, el amor y el reconocimiento, pero a cambio reciben celos y malestar, fracaso y rencor, culpa y soledad. El macho rothiano vive bajo el mandato de una energía que lo impulsa y lo destruye ineluctablemente. Esa paradoja caracteriza a Alexander Portnoy, a Morris Mickey Sabbath, a Seymour el Sueco Levov, a Nathan Zuckerman y a numerosos personajes secundarios que entran en escena para revelar diversas facetas de un solo combate.

Pero restringir a Roth a la sexualidad sería una injusticia equivalente a restringir a William Faulkner a sus linajes en ruinas o a Saul Bellow a sus (anti)héroes neuróticos. Su literatura también examinó la historia estadounidense desde el nervio de la vida privada. En Pastoral americana una familia de Newark, la ciudad natal de Roth, lidia con las convulsiones políticas de los años sesenta. En La conjura contra América se elabora una ucronía donde el aviador Charles Lindbergh llega a la presidencia y el antisemitismo cobra una dimensión oficial. En La mancha humana una mentira personal desencadena preguntas sobre identidad y raza, responsabilidad y secreto. El individuo subsiste atrapado en un entramado de acontecimientos que lo precede y lo sobrevive.

Roth fue además un escritor judío estadounidense que convirtió la pertenencia en materia de disputa. Sus personajes discuten con padres y rabinos, esposas y amantes, profesores y vecinos, instituciones y sobre todo consigo mismos. La condición judía se expone sometida a fuerzas familiares y sociales que la vuelven tornadiza, incómoda, incluso cómica. El humor cáustico constituye una de las armas rothianas más eficaces: una risa capaz de brotar en medio del duelo, el deseo o el desastre. Roth sabía perfectamente bien que la tragedia humana soporta mejor la mirada cuando el escritor le permite conservar su absurdo.

Don DeLillo (1936), quien cumplirá noventa años en noviembre próximo, queda hoy como el otro gran explorador de los abismos estadounidenses, pero el deceso de Roth modificó radicalmente el mapa de la narrativa de su país. Con él se extinguió una voz que hizo del conflicto interior una forma de indagación constante. Su herencia se extiende por varias generaciones de autores y lectores porque sus preguntas continúan pulsando como heridas frescas: ¿qué hace un hombre con su libido cuando la edad deteriora el cuerpo?, ¿qué debe un hijo a su padre?, ¿cuánto de nuestra individualidad compete a las arenas movedizas de la memoria?, ¿qué ocurre cuando la literatura invade la vida hasta volver imposible distinguir una de otra?

Quizá por eso el Premio Nobel que nunca obtuvo pesa menos sobre Roth que sobre la institución que decidió desdeñarlo. Los galardones pertenecen a la historia literaria mientras que los libros pertenecen al tiempo. Y el tiempo, que tantas veces corrige las decisiones de los jurados, ha dejado a Roth instalado en una compañía mucho más exigente: la de los escritores cuya obra sigue interrogando al lector después de que el autor ha desaparecido. Patrimonio lo demuestra con una sencillez devastadora: un hijo acompaña a su padre rumbo a la muerte y al hacerlo descubre que también camina hacia un rincón desconocido de sí mismo. Philip Roth escribió desde ahí: desde el lugar peligrosamente excepcional donde el deseo, la enfermedad, la literatura, el recuerdo y el universo familiar se confunden para crear una sola sustancia que se mantiene en perpetua y soberbia combustión.

AQ / MCB

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Mauricio Montiel Figueiras
  • Mauricio Montiel Figueiras
  • (1968) Es narrador, ensayista, editor, traductor y gestor cultural. Entre sus libros más recientes se encuentran Un perro rabioso. Noticias desde la depresión (2021) y Las sirenas vuelven a cantar (2022).
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