Julieta Venegas nació entre dos mundos: México y Estados Unidos. “Si se pone el dedo en el mapa de México, hay que ir hasta la punta más alta del noroeste para tocarla. Esa línea que separa los dos países es el punto exacto donde crecí, en donde toda mi familia ha hecho su vida”, escribe en las primeras páginas de Norteña. Memorias del comienzo (Almadía, 2026), su primer libro, un recuerdo y un homenaje a Tijuana, esa ciudad hecha de migrantes, de transgresiones, de asombros. Al cruzar la frontera hacia el otro lado—escribe, recordando los viajes familiares— “entramos directo a la carretera, toda lisa y perfecta, sin personas ni naturaleza, sin música ni comida. Ahí se acaba la fiesta”.
Es un libro de su infancia y adolescencia, de su primera juventud, de su gusto por estar sola. En entrevista con Vicente Gutiérrez para MILENIO, comenta: “siempre fui muy lectora y siempre estaba aislada, y me gustaba aislarme, y el piano y la lectura eran mis dos munditos donde yo me guardaba”. Piano que le regaló su padre —como todos en su casa, apasionado de la música—, con el que ella comenzó a edificar la vocación que la ha llevado a ser una de las cantautoras más destacadas de Iberoamérica. Venegas es una artista que no olvida sus raíces.
En las páginas de Norteña, efectivamente, está el comienzo de su historia. Ahora, cuando visita Tijuana, cuando vuelve a sus calles, piensa que en esa ciudad en permanente cambio están sus sueños y frustraciones, la sensación de sentirse atrapada. “También está el descubrimiento, el deseo, la búsqueda, la intuición. Las visitas a sus pocas librerías, mis primeros besos, mis primeros novios. Las peleas con mi padre. El anhelo de ser libre”.
Es un libro breve, de apenas 130 páginas, con fotografías intercaladas, inevitables guiños a otros tiempos, con una mirada también inevitable a los migrantes que llegan a esa ciudad —ahora cada vez menos— con la ilusión de cruzar la frontera hacia una vida mejor, a pesar del muro, de las restricciones y los peligros.
Con un lenguaje claro, sencillo, pero también emotivo, Julieta escribe: “Me fui muy chica de la frontera, pero siento que la llevé conmigo. Sin darme cuenta siempre he cargado una línea invisible que me divide”. Por eso, después de visitar Tijuana, de encontrarse con su familia, de saborear la comida, cuando se marcha, en la lejanía: “cuando pienso en mi lugar —¿cuál es ese lugar?— siempre imagino esta ciudad”.
Uno de los momentos más conmovedores de Norteña es cuando, viviendo en la Ciudad de México, Julieta regresa a Tijuana, desesperada, frustrada, sin dinero, sin vislumbrar cómo podría seguir adelante, sin poder armar un grupo. Platica de esto con su mamá, le dice que tal vez sería mejor regresar, y comienza a llorar: “Ella me abrazó, luego me miró a los ojos y me dijo: ‘No vuelvas, mi amor. No me puedo imaginar lo difícil que está siendo para ti, pero tuviste los pantalones para irte y es lo mejor que pudiste hacer’”.
Norteña es un libro de recuerdos, de hallazgos como el del acordeón con el que empieza a encontrar su camino, de las amistades que encontró y la ayudaron al comienzo de su carrera. Un libro sobre la construcción de una artista que ha alcanzado el éxito sin renunciar a sus ideales ni a sus convicciones.
AQ / MCB