Hace días que están aquí. Construyeron sus nidos con saliva y barro en las cornisas, en los quicios de nuestras casas, en un ángulo del zaguán. Van y vienen en un trajín que se antoja imparable o descansan parlanchinas en los cables del alumbrado como notas de un pentagrama incógnito. Por las tardes ejercen con su habitual maestría una suerte de juego acrobático que consiste en ir y venir sobre el lago rozando apenas la superficie con la punta del ala. Es el verano y son las golondrinas.
Aves de un antiguo prestigio, protagonistas de cuentos y canciones. En los bestiarios, tan populares en el medievo, se dice que las golondrinas pasan el invierno bajo el agua, sumergidas en el barro del fondo de las lagunas. También se les consideraba poseedoras de una magia curativa, ya que los ciegos podían recuperar la vista al estar en contacto con cierta piedra que se encuentra únicamente en los nidos de las golondrinas. El mismo Leonardo da Vinci era partidario de esta creencia, en el corpus de sus escritos literarios afirma, siguiendo a Plinio, que las crías de la golondrina suelen nacer carentes de vista y que es ella quien “les procura la luz curándolas con la celidonia”, una hierba medicinal pariente de la amapola.
Un pasaje de La poética del espacio, libro indispensable del filósofo Gaston Bachelard, invita a pensar en la preferencia de las golondrinas por establecer sus nidos tan próximos a nuestras propias moradas: “Nos hemos preguntado ¿dónde habitaban las golondrinas cuando no había casas ni ciudades?”. Y recoge el testimonio de los campesinos de La Vendée, en la costa francesa del Atlántico, quienes insistían en dar constancia de que un nido de golondrina “infunde miedo, incluso en invierno, a los diablos de la noche”. Una vecindad considerada como un talismán y hasta como un buen augurio. De aquí que en la antigua Roma estuviera prohibido matar una golondrina, pues iba en contra de las leyes de la hospitalidad y robar su nido era considerado un sacrilegio.
Marie-Madeleine Davy, en su libro Los pájaros y su simbolismo, relaciona a la golondrina con la diosa Isis, quien, luego de la muerte de Osiris, su hermano y consorte, se transforma en esta ave para darle una nueva vida con su aliento: “la golondrina, tal como se le representa en las tumbas egipcias, significa la vida después de la muerte; ella vuelve siempre, luego de su larga migración, a habitar el mismo nido”.
Una curiosa tradición china relaciona el retorno primaveral de las golondrinas con los ritos de fecundidad, de aquí que se desprendan diversas leyendas donde ocurre una fecundación maravillosa en las muchachas que han ingerido los huevos de estas aves. Al filósofo Confucio se le consideraba un legendario descendiente: “hijo de la golondrina”, le llamaban.
Más cerca de nosotros, el poeta Vicente Huidobro comienza a escribir en 1919 un largo poema que publicará años después. Altazor o el viaje en paracaídas es, junto con Trilce de César Vallejo y Residencia en la tierra de Pablo Neruda, uno de los más extremos testimonios de los movimientos literarios que se propusieron fundar una nueva expresividad que corriera pareja a la entrada del nuevo siglo. En la punta de lanza de la vanguardia, el Creacionismo concebido por Huidobro afirmaba: “Una bella locura en la vida de la palabra / Una bella locura en la zona del lenguaje.” Altazor es entonces un gran poema y a la vez un manifiesto de las ideas compositivas de Huidobro. En el cuarto canto de los siete de que consta el poema, la golondrina se convierte en un dínamo generador de imágenes. Aquí unas cuantas:
Ya viene viene la golondrina
Ya viene viene la golonfina
Ya viene la golontrina
Ya viene la goloncima
Ya viene la golonclima
Ya viene la golonrima
Ya viene la golonrisa
La golonniña
La golongira
La golonbrisa
La golonchilla
Ya viene la golondía
Y la noche encoge sus uñas como el leopardo…
Neologismos creados por la sencilla mutación de un sustantivo. Y no son los únicos. A lo largo del poema, “el viento se hace parábola” y Huidobro se esmerará en el uso de este y otros recursos hasta convertirlos en herramientas genuinas de escritura poética.
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Aquí, en el todavía apacible pueblo de San Antonio Tlayacapan, a orillas de la gran laguna, las golondrinas van y vienen, tan quitadas de la pena que, por evidente contraste, hacen recordar aquella entrañable canción, donde los versos de Ricardo López Méndez se unen a los acordes y la voz siempre bien templada de Guty Cárdenas.
Golondrina viajera
de mirar dulce y triste
que tu nido forjaste
dentro del corazón…
(Pueden escucharla completa a través del código QR.)

AQ / MCB