Es dado sospechar que Las armas de la ilusión (Alfaguara) es el libro que Jordi Soler se debía. Lo digo por su tono autobiográfico, de confidencia, incluso de obstinada indiscreción.
Jordi Soler se manifiesta como tres personas en una: el director de Rock 101, el agregado cultural de la embajada de México en Irlanda, el novelista consagrado que vive en Barcelona. Quizá muchos lectores se sientan nostálgicamente atraídos por los trazos con los que arranca Las armas de la ilusión. El año de 1994 llegó acompañado de tambores de guerra que retumbaban desde Chiapas. El EZLN, esa versión bonachona de los movimientos guerrilleros de América Latina, hablaba no solo en nombre del México profundo sino de todos los desposeídos y amenazados por el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Jordi Soler vuelve a dos momentos de ese tiempo de entusiasmo sin restricciones: el 28 de febrero de 1995, cuando la comunidad rockera organizó un concierto de apoyo al EZLN en el Estadio de Prácticas de Ciudad Universitaria, y a los días de septiembre de 1997, cuando una caravana de 1111 zapatistas llegó a la Ciudad de México. Uno no puede evitar sentirse conmovido por la confianza que muchos jóvenes y veteranos de aquel entonces depositaban en el hombre de la pipa y sus huestes armadas con rifles de utilería.
Ya sin euforia, porque no había motivos para ello, y, más bien, con sobrada malicia, Jordi Soler repasa algunos episodios —tan descabellados como hilarantes— de su experiencia diplomática en Irlanda durante el gobierno de Vicente Fox. Refiero solo uno porque el lector no debe, por ahora, saberlo todo. Conminado, es un decir, y apurado a encontrar un espacio para exhibir 33 autorretratos de José Luis Cuevas, Jordi Soler encuentra la mano benefactora del azar: ¿la administradora?, ¿directora?, ¿dueña? de la casa de Oscar Wilde ofrece las paredes georgianas del comedor para montar los cuadros. Pero el azar puede jugar algunas chanzas. Jordi Soler no solo debe cumplir las tareas de museógrafo sino, durante los siete días programados para la exposición, de anfitrión, custodio y ¡vigilante! durante las noches. De modo que se instala en esa casa señorial, “haciendo tintinear el manojo de llaves que me había dado la señora Smith”, enciende la chimenea, utiliza “la bañera con patas de neón”, duerme “en el diván histórico donde Oscar Wilde leía o filosofaba” y hasta viste “una bata azul con flores de lis doradas que tenía una O y una W en el pectoral izquierdo”. La diplomacia mexicana: ¿no es maravillosa?
Imperdibles son también las crónicas de sus encuentros con Fernando Vallejo, Seamus Heaney, Sergio Pitol y Elena Poniatowska, piezas dotadas con una refrescante ironía.
Las armas de la ilusión es un libro alado, ligero, que no se complica la existencia, en el que, felizmente, la memoria y la escritura comparten la mesa de algún bar que solo atiende a deshoras.
Las armas de la ilusión
Jordi Soler | Alfaguara | México, 2026
AQ / MCB