Cultura

La maleta que le llevé a Salvador Elizondo a Frankfurt

Memoria

México se convertía en 1992 en el primer país de América Latina en ser el protagonista central del encuentro librero de Frankfurt, pero la cronista no pudo asistir a la inauguración porque el autor de ‘Farabeuf’ la invitó a pasear a Wiesbaden.

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Si todo ello hubiera sido la concreción de un recuerdo

no habría ninguna duda acerca de nuestra existencia.

Seríamos demostrables.

Farabeuf

Como diría Elizondo: Es preciso contar esta historia. ¿Recuerdas?

Era otoño de 1992, como periodista cultural había conseguido ir a la Feria del Libro de Frankfurt, entonces la más importante del mundo, porque México era el país invitado en su edición 44 bajo el lema oficial “México, un libro abierto”; ese año también se conmemoraba el V Centenario del Encuentro de Dos Mundos (500 años de la llegada de Cristóbal Colón a América). En Europa, ese año, México estuvo de moda.

Trabajaba entonces como reportera del equipo de cultura de Alejandro Toledo en la revista Macrópolis, semanario de información política y cultural fundado y dirigido por Juan Pablo Becerra-Acosta. Había hecho televisión por más de cinco años en canal Once, así que el entonces naciente Canal 22, a cargo de José María Pérez Gay, nos aceptó la propuesta de hacer una serie de programas con Salvador Elizondo durante ese viaje a Frankfurt, que también comprendería unos días en París. La idea era narrar la reflexión literaria de Elizondo sobre su regreso a Europa casi 40 años después.

Un par de semanas antes del viaje, me llamó Elizondo por teléfono.

—Pilar, necesito que venga a mi casa por una maleta pequeña que quiero que se la lleve usted a Frankfurt, yo no puedo ir con las dos maletas en el viaje.

Yo viajaría por Aeroméxico con la mayoría de la comitiva de escritores en un vuelo México-Frankfurt, —con una escala en el Orly de París— en el que no viajaba Elizondo; como ya era un escritor consagrado, había pedido ir por Air France y llegaría días después que nosotros.

Recuerdo que en ese vuelo estaban sentados detrás de mí Sergio Pitol y Margo Glanz que conversaron casi todo el viaje; el escritor de El arte de la fuga, alto como era, la pasó todo el viaje pateando mi asiento.

Cuando llegamos al Flughafen Frankfurt am Main, una comitiva de cerca de 50 escritores mexicanos entre los que había novelistas, poetas, dramaturgos y cuentistas —y algunos periodistas—, los organizadores de la Feria ya nos estaban esperando, así que pidieron que todos los mexicanos no pasáramos por el Grenz-und Zollkontrolle (Control de Fronteras y Aduanas), cruzamos sin ser revisados. Recuerdo a la periodista de La Jornada Patricia Vega, los escritores Silvia Tomasa Rivera, Guillermo Samperio, Carmen Boullosa, José Agustín y Sara Sefchovich...

México se convertía en el primer país de América Latina en ser el protagonista central del encuentro librero. Era conocido el hecho de que debido a la desintegración de la Unión Soviética (país al cual correspondía ese año ser el tema focal de la Feria), México fue invitado para suplir —con solo un año de anticipación, es decir, de último momento—, circunstancia que sirvió para justificar el lejano alojamiento de la comitiva mexicana de la capital financiera de Alemania.

Nos llevaron a Schlangenbad, a más de una hora en autobús y tren del recinto ferial, una villa perdida en un bosque escapado de un cuento de E.T.A. Hoffmann, lugar que significa “nido de serpientes”; nos hospedaron en el hermoso KurHotel Schlangenbad. De una arquitectura neoclásica del siglo XX, este hotel fusionaba la elegancia aristocrática con la funcionalidad de una gran casa de salud: era el refugio de un pueblo casi fantasmal que tenía como atractivo principal ofrecer clínicas de aguas termales y un sereno reposo para los ancianos débiles.

Recuerdo que llegué uno o dos días antes que Elizondo, y más antes que Édgar Pulido que llevaba la cámara para grabar el programa.

El día que llegó Elizondo, recuerdo, era el día de la inauguración de la Feria del Libro, que estaría a cargo de nuestro único Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz —invitado personalmente por el gobierno alemán y a quien después de su discurso no se le volvió a ver.

Ese medio día fui a buscar al maestro Elizondo a su cuarto del hotel, sabía que había llegado la noche anterior. Le llevé su maleta. Me había advertido que yo, a quien le había cedido el boleto que podría haber dado a su esposa, la fotógrafa Paulina Lavista, debía estar pendiente y acompañarlo en todo momento.

—Maestro, aquí está su maleta. Vengo por usted para ir a la inauguración de la Feria. Dará Octavio Paz el discurso inaugural.

La tomó, me dio las gracias, sonrió y dijo:

—Pilar, ¿usted cree que yo viajé hasta Alemania para escuchar a Octavio, con quien puedo hablar todos los días en México? No, nos iremos a pasear a Wiesbaden, le voy a mostrar un mundo del que usted no tiene ni idea.

Yo, con 26 años, y casi como Scheherezade, en Las mil y una noches, no hice más que escuchar y obedecer. Aunque confieso que lo lamenté un poco porque como periodista siempre me han emocionado las ceremonias y conferencias que no se volverán a repetir, me interesaba escuchar y ver a Paz. Pero Elizondo decidió que iríamos a Wiesbaden, la urbe que había sido crucial para escritores como Dostoievski, Goethe, Tolstoi, Nabokov o Thomas Mann.

El autor de la perturbadora novela Farabeuf, impecablemente vestido con sus botines ingleses, de gabardina y bufanda, decidió que viajáramos en tren. En el trayecto, entre otras cosas, recuerdo que fue contándome de Dostoievski y la tragedia que este vivió en Alemania por su adicción al juego. Al llegar a Wiesbaden, buscamos de inmediato el Spielbank Wiesbaden, uno de los casinos más antiguos y elegantes; frente al edificio me contó que en esta ciudad el autor ruso comenzó a gestar Crimen y castigo y tramó El jugador.

Recuerdo que habló de Dostoievski como un escritor contemplador de las zonas más oscuras y siniestras de la mente humana, con personajes que miraban hacia el interior de la mente y la conciencia; me dijo que no inventó nuevas historias, sino una literatura capaz de ver en la más absoluta oscuridad del alma humana, revelando paisajes mentales que ningún escritor antes había hecho.

Quería mostrarme la ciudad, caminamos por Wilhelmstraße, un bulevar con árboles de castañas que caían confundiéndose con los ocres de las hojas. Fuimos a la Luisenplatz y llegamos hasta la zona peatonal de Fußgängerzone, en esa atemporal urbe para hacer shopping. Le interesaba buscar una cámara Leica, una ballesta, un tren de máquina de vapor, una mochila de estudiante alemán, un reloj Kuckucksuhr (de cucú), un collar para su perro Rex, y encontrar recuerdos del nazismo —que por cierto no fue fácil—, además de otras chucherías. Eso era parte de los intereses de este escritor que vivió de niño en la Alemania de Adolfo Hitler, a la que había vuelto 37 años atrás, y con la que buscaba reencontrarse.

Al final seleccionó muy bien el lugar para comer ochsenschwanzsuppe (sopa de cola de buey, espesa, oscura), una de las sopas clásicas más deliciosas de la gastronomía germana, especial en los meses de otoño e invierno. Ordenó en alemán, pidió una copa del mejor vino francés. Así eran sus excentricidades encantadoras. Al final de esa tarde, me dijo: Pilar, soy todo un gentleman.

Al día siguiente a Elizondo le tocó participar en la mesa “La novela mexicana”, junto a Fernando del Paso, Sergio Pitol y José Agustín, para mostrar la diversidad de una literatura de autores todos mexicanos y todos diferentes. Como era común, Elizondo aportó el punto humorístico. Habló del problema del lenguaje al escribir y las muchas lenguas que se mezclan al narrar la historia de su libro Elsinore, donde se escuchan muchas voces en español, inglés y pocho.

En resumidas cuentas, dijo que los autores de la mesa, incluyéndose él, eran novelistas experimentales porque no tenían contacto con el público, además cosmopolitas porque sus novelas no pasaban en México —lo cual era falso en todos los casos—, o porque hablaban o leían en otras lenguas, o porque de perdida habían vivido en el extranjero.

Llegó a la conclusión de que además de que eran también pobretones ya que ninguno de los cuatro había ganado gran cosa con sus regalías y todos tenían que hacer otras cosas aparte de escribir novelas dizque experimentales, cosmopolitas y, además de todo amateurs, para sobrevivir. Luego habló del horror del mercado editorial, cruel e indiferente al trabajo literario y sentenció: nunca he ganado un centavo, lo hago por amor.

Es preciso regresar a la noche del día anterior, para traer el recuerdo de lo que sucedió aquel día. Cuando íbamos llegando a nuestro hotel, nos encontramos en el lobby con Daniel Sada y su mujer de ese momento, Rocío Esquivel.

Elizondo nos convocó a los tres para irnos a tomar cerveza Guinness, en honor a Joyce. Buscamos una taberna y nos quedamos hasta la mitad de la noche, entre cerveza y cerveza oscura escuchando sus universos literarios. Elizondo era un hombre extraordinariamente divertido, con una enorme facilidad para el chiste rápido, la ironía y la irreverencia, un conversador de una elocuencia brillante. Avanzada la noche, nos decía como a manera de regaño y complicidad: —Dejen de decirme maestro, llámenme Salvador—. Ninguno de los tres pudimos.

Inspirados por el elixir de Ceres y digeridos varios Irisches Pint-Glas y otros pesados tarros, nos dijo: vengan a mi cuarto, vamos a fumar mota.

El séquito de idólatras seguimos al maestro. Al llegar al hotel vimos en el bar a algunos miembros más de los que Elizondo llamó la “Operación Frankfurt”; ahí estaban Juan Villoro, Héctor Manjarrez, Elsa Cross, Fabio Morabito, Ángeles Mastretta, Adolfo Castañón, David Huerta… los vimos de refilón porque íbamos tras Elizondo.

Al llegar a su habitación, preparó sendos cigarros de mota. Yo pensé que sería algo como eso que había vivido alguna vez de “tres y rock and roll”, pero no, Elizondo había preparado un cigarro enormemente largo para cada uno. Tengo el recuerdo de que Daniel y Rocío estaban igual que yo de asombrados y despistados. Como asumiendo su orden del régimen militar, comenzamos a fumar, pero ya llevábamos encima varios tarros de cerveza. Entonces, aletargados, nos fuimos convirtiendo en una especie de ángeles caídos.

Y pregunté: maestro, cómo consiguió tanta mariguana para hacernos un cigarro a cada quien.

Elizondo sonrío maliciosamente y dijo: ¿se acuerda, Pilar, de la maleta que le encargué?... Pues usted la trajo. Y continuó con una sonrisa mefistofélica. Fue al baño y volvió con una jabonera blanca en la mano. La abrió y nos la mostró repleta de mariguana. Nadie pudo decir nada más; para entonces nuestras cabezas casi tocaban el suelo.

En aquel momento, Elizondo estalló.

—¡Largo! —nos gritó—. ¡Largo de aquí!, ninguno de ustedes sabe fumar. Me engañaron. Son unos mentirosos.

Salimos en estampida, entre perplejidad, risa y confusión. Elizondo se quedó en su habitación con los cigarros que dejamos empezados y sabiendo que no éramos fumadores, ni expertos cosmopolitas, éramos amateurs de la mota.

El viaje con Elizondo continuó una semana más. Fuimos a París, en donde siguió sus resonancias literarias. Visitamos la Shakespeare and Company, la icónica librería que rememora a la que abrió Sylvia Beach en 1919, y que desde 1951 se ubica en el Quartier Latin a un lado del Sena, y con vista a Notre-Dame. Elizondo recordó detalles de cómo Sylvia Beach decidió publicar por primera vez la novela Ulises de James Joyce y del papel fundamental que tuvo Ezra Pound. Ulises no habría alcanzado ese hito sin la intervención literaria directa de Pound, nos dijo.

Se hospedó en el complejo de la Cité internationale universitaire de Paris en la Maison du Mexique, donde se había quedado 37 años atrás. A nosotros nos recomendó el Hôtel Esmeralda, a la vuelta de la Shakespeare and Company, un edificio del año 1640, con pisos de madera crujiente, que está en pinturas de Monet. Nos dijo que ahí se hospedaba su consuegro Gabriel García Márquez.

Cenamos casi todos los días moules marinière avec frites en el mismo restaurante del Barrio Latino. Elizondo llevaba una tarjeta American Express, que en ese tiempo no era bien recibida en Europa. Mi Mastercard salvó muchas veces l'addition.

Hizo shopping de libros y buscó bulbos de anémonas pero quiso ir en soledad a la tienda inglesa Old England, localizada a un lado de la Ópera, y donde se compró unos guantes de 250 dólares. En ese viaje Elizondo emuló como Monsieur Teste vivir entregado a la lucidez mental y a las posibilidades del intelecto puro. Y la última tarde del viaje fuimos a casa de Paul Valéry, a dejar un paquete de la traducción que hizo de Monsieur Teste, donde él fue recibido por su sobrina Mme. Victoria Rouart-Manet, en la calle de Rouart 40 Rue Paul Valéry.

Al salir caminamos hasta el Trocadero, donde se emocionó al leer los epígrafes que se encuentran grabados en letras doradas en los frisos del Palais Chaillot, escritas por Valéry. Las anotó en un pequeño cuaderno que lo acompañó por París. De una de ellas recuerdo que escribió: “El hombre crea sin saberlo como respira, pero el artista se siente crear, su acto empeña todo su ser, su dolor bienamado lo fortifica”.

Salvador Elizondo en París
Salvador Elizondo en París, otoño 1992. (Cortesía Pilar Jiménez Trejo)

En el taller de lectura de Alejandro Toledo estamos leyendo desde hace casi dos meses la obra de Elizondo, así que nuestro maestro nos propuso visitar a Paulina Lavista en la casa de Coyoacán que fue de su padre, el compositor Raúl Lavista. En la reunión salió aquella historia de la maleta. Paulina sorprendida me dijo, cuéntelo Pilar, qué tremendo Salvador, a mí no me dijo nada. La expuso, pudo usted quedar presa. Pero así era Salvador.

Cuento esta historia para que no parezca como si todo hubiera sido la concreción de un recuerdo. Hace unos años en Copenhague fui a cenar con el crítico literario Christopher Domínguez, que fue a dar una charla invitado por la embajada de México, no recuerdo si solamente sobre Octavio Paz, o su conexión con Søren Kierkegaard o la figura de Georg Brandes. En el trayecto, comenzó a hablar de esa historia de Elizondo en Frankfurt, pero su narración estaba distorsionada. Le dije que fui yo quien llevó esa maleta.

Era preciso contar esta anécdota con uno de nuestros escritores más divertidos y geniales del siglo XX, pero sé que me puso en peligro. En 1992, ser descubierto con marihuana en el Aeropuerto de Frankfurt implicaba arresto inmediato. La Ley de Estupefacientes aplicaba una estricta política de tolerancia cero que no distinguía el cannabis de otras drogas peligrosas, por lo que introducir cualquier gramaje por vía aérea se tipificaba automáticamente como delito federal grave, lo que obligaba a las autoridades a encarcelar al pasajero e iniciar un juicio penal.

Ahora que México vuelve a la Feria del Libro de Frankfurt, esta vez sin apoyo gubernamental ni institucional, puedo contar que recuerdo que la jabonera que llevé en esa maleta le alcanzó a Elizondo para todo el viaje.

AQ / MCB

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