Presentamos la traducción de un texto inédito de Claudio Magris, que posteriormente devino proyecto editorial de mayor extensión que incluía una investigación iconográfica realizada por el propio escritor: ‘Polene. Occhi di mare’ (La nave di Teseo, 2019). Los mascarones de proa, talismanes de madera que toman formas de mujeres, diosas, hechiceras o dioses mitológicos, han estado presentes en la narrativa marítima de Claudio Magris, abriéndose paso entre las tempestades de la memoria, el olvido y las luces y sombras de la vida.
Los mascarones de proa que han sido rescatados se encuentran diseminados un poco por doquier; esparcidos en museos del mar o en otros lugares; pero, además, también cuentan con sus propias colecciones, cementerios o paraísos que los acumulan en masa. Su disposición y atmósfera varía drásticamente de un lugar a otro. La sala del museo de Altona es una gran congregación fúnebre. Al entrar, se desciende por oscuros escalones a la derecha y se llega a una cripta subterránea. Los mascarones de proa descuellan de las paredes donde están colgados, precipitándose sobre el visitante como aves rapaces, proyectando sus grandes sombras sobre el muro. Más arriba, sobre la hilera de figuras, sobresale un guerrero con barba negra, el soberano del inframundo. Indiscutiblemente, en Altona se encuentran dos de los más hermosos mascarones de proa: la diosa Cibeles y La joven con la rosa, acaso la imagen de una reina inglesa, con un vestido Biedermeier y una mirada, entre apasionada y mortecina, dirigida hacia lo alto; con un mohín de inefable intensidad, que proviene de la sombra. Como, más allá, la de Thalia —grácil y esquiva a primera vista—, que transforma el vestido estilo imperio en la túnica de un ángel de las tinieblas. Y, luego, damas con cándidas túnicas y ojos de esfinge, unicornios blancos y caballos negros del Averno, ángeles de la natividad y mujeres frívolas, tritones y oficiales, indígenas encantadoras e indios impasibles, una mujer desnuda bajo un sombrero de ala ancha.
Las sombras sobre las paredes evocan una ceremonia fúnebre, la incineración de un jefe: nos encontramos en una reunión nocturna de demonios, creaturas de la noche que parecen surgir de las profundidades de la tierra en lugar del mar. Giorgio Manganelli, al descender a esta cripta, hablaba de lo inmensurable del mar. Estas figuras, aunque vigorosas, han sido consumidas por el mar, divinidades excluidas no del Olimpo, sino del océano. Cada vitrina de arcaicas figuras es un lugar del exilio, un hospicio para antiguos y maltrechos dioses, que solo pueden proyectar una sombra y deformar su rostro bajo la luz que los flagela.
En cambio, los mascarones de proa alineados en la bodega del Cutty Sark, en Greenwich, constituyen una tripulación variada y colorida, lista para surcar los mares en uno de los más bellos y rápidos de aquellos veleros que, deslizándose velozmente por los océanos entre una ráfaga de viento y la cresta del mar, eran la bandera de Inglaterra en todo el mundo. Se lo mandó construir el viejo John Willis llamado White Hat, popular en la City por su larga barba blanca que ondeaba sobre el puente de sus barcos antes que los años lo convencieran de echar el ancla. Era conocido gracias a su padre, John Willis Senior (Old Stormy), inmortalizado en la canción marinera llamada Stormalong: “I wish I was Old Stormy’s don –Tomyway, we’llstormalong…/ And give my sailors lot so frum,/ —Ay, ay, ay Mister Stormlong”. Uno desearía ser el hijo de Old Stormy incluso cuando, como John Willis, ya se tiene la barba blanca, para gozar de la consideración de la City y ser retratado en un solemne sillón junto a exquisitos divanes y estanterías repletas de voluminosos libros encuadernados en cuero; uno es, y siempre sigue siendo, ante todo, un hijo. De los padres es de donde provienen la gloria, la fama y el respeto.
En cualquier caso, White Hat mandó construir el Cutty Sark en 1869 para competir con otro clipper legendario, el Thermopylae, que, como un albatros, cruzaba el océano desde Londres hasta Melbourne o los mares de la China para cargar té. El Cutty Sark realizó prodigios de ligereza, velocidad y elegancia por todos los mares, desde Newcastle hasta Sydney y las islas Sorlingas, especialmente bajo el mando del capitán Woodget, quien se mantenía en pie entre las ráfagas y la espuma de mar gracias a los platillos del cocinero chino Tony Robson. El arte pictórico —los cuadros de John Allcot, de F. Tudgay o de David Cobb, con sus velas al viento y las aguas verdes espumosas— inmortalizó su leyenda.
La apertura del canal de Suez y el arribo de los barcos de vapor supusieron un duro golpe para el comercio de los veleros. El Cutty Sark fue vendido a los portugueses (y rebautizado como Ferreira y posteriormente Maria di Amparo; aunque los marineros, con afectuosa fidelidad a su origen, lo llamaban El Pequina Camisola). Más adelante, tras recuperar su nombre original, fue traído de vuelta a Inglaterra por el capitán Dowman hasta que, luego de diversas vicisitudes, recaló en Greenwich —cerca del meridiano que divide Oriente y Occidente—, como museo. Muchos años después, sir Francis Chichester repitió, en su circunnavegación del globo, las rutas de sus viajes y sus épicas carreras, como la que realizó con el Termopylae en 1872, que perdió porque se le rompió el timón durante una tempestad en el Océano Índico.
Los mascarones de proa que bordean las paredes de su bodega, donadas por John Sidney Cumbers, conocido a lo largo del Támesis como el capitán Long John Silver, son perfectos para esta audacia etérea, elevándose con ligereza sobre mares remotos. Las figuras son variadas, como corresponde a la tripulación de un barco: una mezcla concentrada de la diversidad y la excentricidad del mundo. Personajes reales como Florence Nightingale, Lord Beaconsfield, Omar Pasha, Abraham Lincoln, el general Gordon, Cleopatra con un sinuoso vestido y William Wilberfonce, corpulento y resuelto, con pobladas patillas sobre la mandíbula cuadrada y la mano metida en el bolsillo del traje negro con chaleco amarillo —el bergantín que lo llevaba en la proa naufragó en 1842 en Lee, quizá porque fue engañado por la linterna que, sobre la playa, la gente ataba a la cola de un burro para provocar que el barco terminara estrellado contra los escollos para poder saquearlo, una práctica que las crónicas también reportan a propósito de los habitantes de las islas Sorlingas y de otras costas peligrosas—. También se encuentran figuras míticas o literarias: Salomé, Zenobia, Lalla Rooke, el indio Hiawatha de piel de bronce, el mascarón de proa de amplia falda que, desde la proa del Diana, buscó el rastro de John Franklin, quien desapareció en el Ártico mientras buscaba el Paso del Noroeste, una Britannia, un sir Lancelot de rostro mortecino.
Sobre todas ellas, descuella el mascarón de proa ligado al nombre del barco, la bruja Nannie (inmortalizada por Robert Burns en la balada Tom O’Shanter), quien, sorprendida por Tom mientras bailaba—hermosísima y vestida únicamente con un camisón corto—, bajo la luz de la luna y al son de cuernos y gaitas tocadas por el diablo, persigue a Tom y logra arrancarle la cola a su yegua Maggie mientras cruza el puente sobre el río Doon, más allá del cual la bruja no podía llegar. En el mascarón de proa reemerge la bruja y lo demoniaco, pero estos mascarones del Cutty Sark, como otros que han sido colocados aparte en espera de ser restaurados —cabezas, bustos, brazos apoyados en el piso—, no sugieren a la habitual mujer demoniaca, sino más bien al coro picaresco de una horda, un serrallo de una humanidad acostumbrada a afrontar las dificultades de navegar juntos.
Aún más impresionante debió ser —antes de pasar a formar parte del museo del mar de Gotemburgo— la colección que L. E. Andersen instaló en las paredes del comedor de su Skagen Hotel, en la homónima ciudad danesa; al igual que los trofeos de caza, cornamentas de ciervos y pájaros disecados, las figuras, como lo muestran las fotografías, constituían toda una escenografía para las formidables y acaloradas alegrías de las mesas, una jovial compañía para los bebedores, recuerdo de aventuras y tormentas que volvían más agradable la calidez y el vino.
La colección Mursia, alojada en el palacio Morandi Bolognini Attendolo de via Sant’Andrea en Milán, detenta una serena distinción aristocrática o de clase media alta, en consonancia con el espíritu lombardo que, persiguiendo objetivos elevados y concretos, abolió la separación entre las dos esferas, borrando cualquier fastuoso ocio feudal. Los siete mascarones de proa —situados en las salas que acogen grabados y libros dedicados al mar, maquetas y arneses de barcos, dientes de cachalotes grabados por marineros— atracaron en estos tranquilos espacios gracias a la pasión de Ugo Mursia, editor y traductor de Conrad, amante del mar y de todo lo relacionado con él. El ambiente de estas salas tiene poco que ver con lo marino, se asemeja más a la nobleza de via Sant’Andrea y Piazza Meda que a playas remotas. Los mascarones acogen afablemente a los visitantes, les hacen los honores de la casa, con una atmósfera señorial, de alta sociedad, en la que no se percibe la soledad oceánica ni la promiscuidad rebelde de la tripulación.
Sin embargo, hay una figura que genera una sensación de inquietud, un aliento ajeno y distante, en esta atmósfera civilizada: una mujer vestida de azul, que se remonta a la primera mitad del siglo XIX y que emergió del fondo del mar en Cerdeña; que eleva el brazo y la mirada ofreciendo una rosa escarlata. Sus labios apenas alcanzan a esbozar una sonrisa enigmática, sus ojos intensos y esquivos crean una tensión, la mano con la rosa sugiere un rito propiciatorio o una ofrenda funeraria, una seducción profunda en el rostro hermosísimo. La figura es luminosa y, sin embargo, se percibe que proviene de las sombras, de profundidades oscuras, proyectando una sombra sobre la claridad de estos ambientes. En la entrada del Museo, hay una frase de Conrad, grabada en una placa, en la versión de Ugo Mursia: “El barco dormía. El mar inmortal se extendía a lo lejos, inmenso y caliginoso, como la imagen de la vida, con su superficie brillante y sus profundidades sin luz”.
En la Ensenada de Barragán, entre Buenos Aires y La Plata, hubo, en las décadas de 1940 y 1950, un cementerio de barcos y de sus mascarones de proa. “Me llego cada tarde para que el recuerdo/ ponga las cosas en su lugar”, dicen dos versos de Juan Octavio Prenz, quien ha elevado su canto en honor a ellos. Desde hace ya muchos años, el único hogar que han conocido esos mascarones es su memoria y un pequeño libro de poemas, Mascarón de proa, nacido de aquel recuerdo. Tiempo y mal tiempo, aire y agua, los han corroído y desecho, devolviéndolos a su limbo primordial. El poeta eslavo-ítalo-argentino recuerda a la Nellyy a la Rosa Inés ancladas y pudriéndose lentamente, los rostros —orgullosos o humillados— de sus mascarones de proa, regios en ese abandono indiferente a cualquier futuro, su mirada lejana o mirando hacia abajo como sondeando las profundidades, el esqueleto podrido, belleza inútil y eterna en su indiferencia. Unos años más tarde, Juan Octavio Prenz, originario de la Istria croata del interior y de lengua madre croata, aunque poeta en español e intelectual italiano, regresaría a Europa, y la vida itinerantede profesor de lenguas finalmente lo llevaron a Trieste, donde terminó estableciéndose, acaso porque la ciudad le recuerda a Ensenada y a aquel cementerio de barcos.
Los poetas latinoamericanos sienten una debilidad por los mascarones de proa. Pablo Neruda era un apasionado coleccionista de mascarones de proa; hoy en día se conservan en Isla Negra, junto a sus colecciones de conchas marinas, raras y preciosas ediciones de libros y barcos encapsulados en botellas. El Océano Pacífico que se extiende frente a su casa es inmenso, frenado por algunas rocas sobre la ribera bajo un cielo bajo. En esta playa, Neruda —fanático coleccionista— recogía y atesoraba restos de naufragios y objetos arrastrados por las olas. Decía Broch que el coleccionismo es un amor por la muerte, un deseo de poseer el infinito y de paralizarlo en la posesión; pero también puede ser ternura por la vida, salvamento de las cosas de la destrucción y del olvido. Cuando Neruda descubrió Isla Negra y se enamoró de ella, era un lugar agreste y solitario, playas, rocas y el inmenso rugido y oleaje del océano; hoy, tal como describe César Antonio Molina, la fama del poeta ha favorecido la especulación inmobiliaria y turística, chalets, restaurantes, cafeterías y videos que muestran a Neruda y sobre las rocas grafiti de sus versos o palabras que lo homenajean; también hay una estatua suya que avizora el mar, tan amado y contemplado por él durante tantos años.
Confieso que he vivido, dice el título, algo pomposo, de las memorias de Neruda, Premio Nobel y embajador de Allende. Hay una ostentación determinada y enérgica en esta proclamación de haberse encontrado, a pesar de todo, en el corazón de la cálida vida, de su pasión y sus errores, de sus pecados, siempre magnánimos y que le hacen honor al pecador. J’aivécu, ha dicho también Gíde. Resulta demasiado fácil dorar la píldora. Los poetas que han vivido y amado más a fondo la vida son aquellos que han entendido, sin edulcorarla, la tremenda amenaza que, en nuestro siglo, la acecha desde sus raíces, sustrayendo su linfa y viveza, secándola, marchitándola; dificultando, así, esa plenitud de pasiones, de pecados, de energía. Incluso la identificación del poeta con su pueblo —vivida por Neruda con generosidad en un momento particularmente complejo para su país— es ardua y difícil; es fuente de desequilibrios, discrepancias, incomprensiones y omisiones mutuas, más que un fácil y entusiasta abrazo. Pretender vivir, ha dicho Ibsen, es de megalómanos. Cuanto más verdadera la vida que Svevo o Kafka sabían tan precaria, tan impotente, y sin embargo tierna y amable, defendiéndola con mil trucos, protegiendo su tenue flama del viento que amenaza con sofocarla.
A Neruda no le habría venido nada mal un poco de la vida al cinco por ciento de Montale, un bardo demasiado viril y robusto, un penitente que solo confesaba pecados halagadores, excesos de vitalidad, en lugar de las áridas desolaciones que marchitan el corazón. Sin embargo, el mar contemplado con amor sincero le había enseñado auténtica poesía al bardo chileno; le había enseñado a seguir siendo un niño y a no dejar nunca de jugar. Sus mascarones de proa eran sus juguetes, con toda la seriedad y la pasión que inspira el juego. María Celeste, a quien Salvador Allende le guardaba tanto afecto, está oscurecida por los años, pequeña y elegante en su atuendo Segundo Imperio; La Guillermina —escribe César Antonio Molina— es una virgen que se prepara para el sacrificio ofreciendo un seno casto y desnudo, Micaela es una señora como se debe. Otra, que Neruda había colocado en el jardín, frente al mar, devino objeto de culto para algunas mujeres de Isla Negra, quienes llegaban cada tarde, entrando a la propiedad sin permiso, para venerarla como a una Virgen. Sin embargo, todas ellas se apiñan en medio de una multitud de objetos acumulados para la gloria del poeta, como una corte o una fiesta popular.
Tresco, en las islas Scilly—y el museo que su fundador, Augustus Smith, quiso llamar Valhalla—, es el Más Allá de los mascarones de proa, un paraíso hespérico al que se llega allende las aguas del atardecer. La embarcación que llega a Tresco recorre apenas un breve trecho de mar; sin embargo, el pasajero que desembarca en la isla siente como si hubiese realizado un viaje mucho más largo. Unas horas antes —o veinte minutos si se opta por el helicóptero— dejó atrás el extremo occidental de Gran Bretaña, en Cornualles, y ahora se encuentra rodeado de vegetación tropical: agaves y palmeras, eucaliptos australianos, lirios y azucenas de tonos azul violeta procedentes de Sudáfrica, orquídeas, matas de mesembry anthenumporporino, el echium escarlata que se alza como un estandarte audaz y erótico.
No es de extrañar que Augustus Smith —Lord Proprietor de las Scilly en 1834 y constructor de escuelas, faros y la abadía de Tresco con sus jardines— estableciera también allí este Elíseo celta de mascarones de proa. Tresco es una de las más de trescientos islas que conforman el archipiélago de las Scilly, situadas a 26 millas en el Atlántico, al oeste de Land’s End, donde termina Cornualles; es una de las seis islas habitadas, la principal de las cuales es St. Mary’s, donde llegan los barcos y los ferris procedentes de Gran Bretaña. En la vertiente que da a mar abierto, las costas son abruptas y desoladas, azotadas por tormentas y huracanes que —desde el siglo XVIII hasta la actualidad— han provocado más de trescientos naufragios; sucesos que no desagradaban a los isleños, a pesar de la pérdida de tantas vidas. Se dice que rogaban al Señor no tanto para que los barcos naufragaran, sino más bien para que, si era su voluntad que una nave se hundiera, por lo menos esto sucediera frente a las islas Scilly, a fin de apoderarse de la carga.
Las guías turísticas y la tradición local de las islas desmienten categóricamente la afirmación de que los habitantes solían atar un farol a la cola de un burro o de una vaca por la noche para confundir a los barcos y atraerlos hacia las rocas. Según una etimología plausible, el nombre de la santa irlandesa Warna podría derivar en realidad de Santa Juana, un barco español que naufragó contra las rocas y que, por ello, pasó a ser considerado por los isleños como bendito y providencial. Las viejas historias hablan de piratas y contrabandistas, como el reverendo John Troutbeck, autor de un docto volumen sobre las Scilly en 1794, pero se dedicó al contrabando con tal fervor que se vio obligado a abandonar la isla; un mundo que perdura en las canciones del poeta de las islas, Robert Maybee, que vivió entre los años 1810 y 1891, un narrador oral analfabeto que relataba antiguas costumbres, guerras y tormentas, y cuyas baladas destilan una familiaridad épica con el mar, la muerte y el Todopoderoso.
Arrastrados por el océano y las tormentas, los restos de naufragios y los mascarones de proa llegaban a estas playas expuestas; tal fue el caso del mascarón del Primos, barco que se destrozó contra los arrecifes Seven Stones en 1871, y del cual se aferró para sobrevivir el marinero Vincenzo De Felice. En la cara interior, frente a St. Mary’s —donde se encuentra el jardín de los mascarones de proa—, el mar es límpido y transparente, y deja ver fondos marinos de color turquesa con manchas de azul cobalto. La corriente del Golfo y el genio de Augustus Smith —y de su sobrino y sucesor Thomas Algernon Smith Dorrien— han creado un paraíso de plantas y flores, una isla de Alcina, un jardín de Armida. El encanto permanece intacto: un resplandor nítido y diáfano—un triunfo de la vitalidad en todas sus formas y sus colores—, y una variedad de plantas y aves: gaviotas y garzas, cormoranes y correlimos, zarapitos y bandadas. Mientras se come en una mesa bajo los árboles, muchas de estas aves —como en los cuentos de hadas— llegan a comer directamente de la mano o del plato; los gorriones, más audaces y voraces que el resto, les arrebatan —de sus picos y garras— los bocados a las demás aves.
En Tresco aún es visible el emplazamiento del antiguo priorato benedictino —donde, en el siglo XII, llegaron a la isla los primeros bulbos de flores exóticas—, sin embargo, el arcano paraíso de las Scilly se pierde en un tiempo y un no-tiempo más remotos. Las Scilly eran las Casitérides de los fenicios —ricas en estaño y celosamente protegidas de las rutas marítimas de otros navegantes—, y, de acuerdo a la leyenda, eran ante todo las islas Afortunadas, una de las posibles sedes de los Campos Elíseos y el Jardín de las Hespérides; aquellas islas benditas, pródigas en flores y cosechas, donde reinaba un verano perpetuo y donde los héroes, tras cruzar las aguas, hallaban la tierra de la eterna juventud y de la inmortalidad.
Las islas afortunadas también son la tierra de los muertos: de un sol que nunca se pone, sino que alumbra otra vida, inmóvil y perfecta, y por lo tanto ajena a la vida que llevan los hombres. Las islas Scilly, al igual que Cornualles, están vinculadas a la leyenda celta de Lyonesse —o, en cornish, Lethowsow—, la tierra sumergida por las aguas y desaparecida, y a la leyenda de Arturo, el monarca desaparecido cuyo sepulcro se disputan muchos lugares, a pesar de que se dice que nunca murió. El mundo artúrico encantado está impregnado de una magia acuática y melancólica, crepuscular y lunar. Los celtas situaban sus paraísos en un más allá bajo las olas o en islas de los bienaventurados y de los muertos, en aguas occidentales.
Es en este jardín paradisiaco de las islas Scilly —cementerio y paraíso a la vez— donde se alzan los mascarones de proa. Hespérides y sirenas, inmóviles en un más allá encantado, entre cipreses y acacias, peonías y lirios morados. En el edificio original que los albergó por primera vez, el techo era sinuoso y las paredes estaban decoradas con conchas marinas, un diseño destinado a sugerir al visitante que se encontraba bajo el agua, envuelto en una quietud sumergida y hechizante. Los mascarones de proa son lisos, perfectos; parecen —incluso los rasgos tallados y desgastados del torso de Rosa Tacchini— inmunes al desgaste y la decadencia de la existencia. Casi todos cuentan una historia de naufragios y tormentas: el mascarón de proa blanco y dorado del River Lune, que parece ofrecerse extasiado a un abrazo, terminó en las Brother Rocks; el grueso mascarón del Primos acabó en Seven Stones; la espléndida y enigmática Koré de la proa del Falkland se fue a estrellar, en una noche de tempestad y neblina, contra Bishop Rock; el mascarón del Mary Hay golpeó dos veces contra Steeple Rock; y la melancólica mujer de estilo bizantino con corona almenada, que se erguía en la roda del navío genovés Bernardo, fue a terminar contra la isla de Annett.
Pero no hay drama, aventura ni tensión en sus rostros dulces e inmóviles. El mascarón de proa del Jane Owen está finalmente pulido; el rostro sereno enmarcado por un cabello negro y liso, y una rosa escarlata sostiene a la altura del pecho el perfecto vestido azul; el del Mary Hay, majestuoso con su túnica blanca, representa a una mujer de imperturbable serenidad; la figura puritana aprieta sus labios finos en una sonrisa contenida, mientras que la figura del Bernardo eleva sus ojos azules, firmes y melancólicos, como un caballero que recibe la investidura. Pathos, sufrimiento, peligro, aventura se han quedado atrás, en la tumultuosa carrera de la vida. Felicidad y melancolía marina, el lánguido olvido de los lotófagos que Tennyson, poeta de la muerte de Arturo y hombre fascinado por estas islas, divisaba en el mar. Los poetas de las Scilly, como Mary Wilson, cantan el azul y el violeta del mar, pero el amor por el mar, decía Thomas Mann, también es amor por la muerte. Acaso este es el secreto que ha descubierto el hermoso mascarón de proa del Falkland, con su sonrisa de Kore que retorna del Hades.
Traducción de María Teresa Meneses.
AQ / MCB