Cultura

La dicha de ignorar

Escolios

Nunca habíamos tenido tanta información al alcance; sin embargo, el rechazo a la verdad persiste y se manifiesta en el autoengaño, las creencias políticas y otras formas contemporáneas de ignorancia.

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Se supone que la curiosidad y el anhelo de saber son características intrínsecas de lo humano que explican la evolución de la especie. Sin embargo, es sabido que, a menudo, el miedo a la verdad y la aversión al conocimiento tienden a erigirse como mecanismos de supervivencia y defensa mucho más efectivos. 

​En su reciente libro, Sobre el deseo de no saber. Ignorancia y felicidad (Debate, 2026, traducción de Daniel Gascón), el pensador norteamericano Mark Lilla hace una reveladora reflexión en torno a esta disyuntiva histórica entre deseo de saber y deseo de ignorar. Si bien, como sugiere Lilla, durante la Ilustración, cuando Prometeo se volvió un héroe del afán de saber, se asumió que la cultura de la curiosidad era un rasgo universal y benigno que daba a la humanidad las herramientas para domeñar y mejorar el mundo, la pulsión de la ignorancia siempre ha acompañado y, muy frecuentemente, superado el anhelo de conocer. Por ejemplo, en numerosas mitologías y religiones, el conocimiento es una herramienta peligrosa que los dioses intentan limitar a los hombres, pues destruye la inocencia primordial y causa la expulsión del paraíso. 

En muchos casos legendarios, el conocimiento es nocivo y develar un saber prohibido o un secreto puede ser profundamente destructivo, como ocurre con Edipo. Igualmente, la curiosidad que cuestiona prejuicios sociales y barreras mentales puede ser muy impopular y la tirria a esta actividad suele adquirir dimensiones asesinas, como en el caso de Sócrates, quien pagó con su vida las consecuencias de molestar con preguntas inoportunas e impertinentes a sus conciudadanos. En suma, mucha verdad fastidia e incomoda y las dosis que el individuo puede tolerar de este ingrediente son limitadas. En tanto, cultivar la ignorancia es muy rentable tanto en términos individuales, manteniendo incólumes las falacias o mentiras clementes que a menudo fincan la propia imagen, como en términos políticos, manteniendo los relatos, convenciones y prohibiciones inamovibles sobre los que se supone descansan los cuerpos sociales más estables. Por eso, la cultura de la curiosidad choca tan frecuentemente ya sea con los confortables velos de la ignorancia, ya sea con la apelación a una única e inmutable verdad. En la actualidad, cuando se dispone de más conocimiento e información que nunca antes, el repudio a la verdad se propaga en todos los ámbitos por medio de las religiones y supersticiones políticas; la proliferación de mesías y líderes carismáticos; las mitologías y falsificaciones de la historia; la negación de las evidencias de la ciencia; la aversión a los expertos; el auge de la demagogia agresiva; la desinformación en las redes y muchísimas otras formas de evasión y autoengaño que pululan. Al describir, con tanta agudeza como aliento lírico, las seducciones de la ignorancia, Lilla hace mucho más que una denuncia; nos conmina a mirar nuestros propios velos mentales y mentiras piadosas y a inquirir seriamente qué nos conviene saber y qué ignorar.

Portada de ‘Sobre el deseo de no saber. Ignorancia y felicidad’.
Portada de ‘Sobre el deseo de no saber. Ignorancia y felicidad’. (Debate)


AQ / MCB

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Armando González Torres
  • Armando González Torres
  • Armando González Torres. Ha ganado varios premios literarios. Es autor de alrededor de 20 libros, como los de poesía Los días prolijos y La peste, y los de ensayo y aforismo La lectura y la sospecha y Sobreperdonar.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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