Hay un hombre frente a una mesa. La luz no lo señala particularmente, el mundo gira en torno impecable. Pero es un ejecutor y nosotros estamos viendo La desaparición de Josef Mengele, una de las joyas de la 78 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. Quisiera discutir aquí la idea de que el mal es banal, como lo argumenta Hannah Arendt. Es una idea brutalmente incisiva, sin duda, pero el mal es un sistema que cruza transversalmente la historia de seres concretos hechos de sangre y gritos. Pero la imagen inicial parece estar de acuerdo con ella: el mal es macabro en su simplicidad. Los colores podrían ser los de un melodrama y el rostro del melodrama es un icono. Teniendo en cuenta que el director de esta obra es ruso, me permito asumir que esta imagen es todo lo contrario de las estampitas barrocas que llenan nuestro país. No hay aquí en definitiva un Rafael gritando “mírame”. Y el icono es justo el reverso de esta “estampita” del barroco. Es una imagen que no está hecha para ser vista sino para que te vea.
Serebrennikov es famoso por Leto, una película de rock en tiempos en que aquello era una blasfemia soviética. Ahora recrea el tiempo en que podemos entrar en esta historia que tiene suspenso y arco dramático, pero que además toca históricamente el polo del horror que atraviesa verticalmente el acontecer humano. Dejemos de engañarnos, pareciera decir Serebrennikov, los nazis no llegaron nunca porque nunca se fueron. Son una construcción californiana que ha hecho que un meme pueda ser reconocido para tener en pocas líneas a la maldad en estado puro; siempre existió. Y por eso es justo decir “nunca más”. Pero el villano que ha construido California se ha olvidado que produjo la Shoá. Y a veces, incluso, se vuelve solo lo que unas décadas antes solía ser el matón mexicano en película del Viejo Oeste. Sí: el mal que encarna Mengele está a la altura de un icono ruso, uno de esos que, afirma Didi-Huberman, no ha sido pintado para que nadie lo entienda sino para encerrarse en él. ¿Estamos dispuestos? Si uno no toma muy en serio la película no pasa nada. Hay una historia que no termina de cerrarse y un viejo que es muy malo y sale uno diciendo que a lo mejor el vecino que sella paquetes es malévolo y banal, pero no es eso lo que está proponiendo la película. Serebrennikov quiere que nos encerremos con él, que tomemos parte de una historia que no ha terminado de cerrarse y con todos esos jóvenes que preguntan, ¿qué pasó?, ¿cómo llegamos a la Rusia en que los hijos de los veteranos de la Gran Guerra Patria pedían dinero en el metro? ¿Cómo fue que Estados Unidos creó una red de adopción de niños rusos que terminó por explotar en un horror de abusos en nombre de la bondad? Esta es justamente la no-frivolidad de Mengele. Y, sin embargo, desde el punto de vista común que habla de que el mal puede ser cualquier ingenuo que se nos atraviese un atardecer a las cinco de la tarde, Serebrennikov evita mostrar el horror de modo directo: no reconstruye campos, no hay escenas explícitas ni un actor histérico haciéndola de Schindler y gritando que con una sola mancuernilla pudo haber hecho más. ¿Por qué? Porque es falso, porque si uno se deja mirar por un icono encontrará que el mal es quizás una sonrisa. Pero si uno se deja mirar por Mengele verá que no hay mancuernilla que pueda pagar tanto mal.
La desaparición de Josef Mengele
Dirección: Kirill Serebrennikov | Alemania, 2025.
AQ / MCB