¿Una conversación con Juan Gabriel Vásquez (1973) puede evadir a los hipopótamos? Hace quince años, El ruido de las cosas al caer, que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2011, partía de la historia de los cuatro hipopótamos que el narcotraficante Pablo Escobar llevó a Colombia en los años ochenta. “Desde aquel libro la búsqueda de las novelas que sean capaces de capturar la experiencia de mi país ha seguido adelante”, expone el narrador a Laberinto y agrega que una de sus columnas recientes en el diario español El País trataba de aquellos hipopótamos que ahora enfrentan la posibilidad de ser sacrificados por el gobierno colombiano tras convertirse en una plaga.
“Como el dinosaurio del cuento de Augusto Monterroso, los hipopótamos siguen ahí”, dice Vásquez y, sin proponérselo, se traza en la charla una grieta que une a aquel animal casi mitológico del microcuentista guatemalteco con la historia de dictaduras de izquierda y derecha en América Latina. “América Latina vive una extrañísima regresión de cincuenta años, a la derecha y a la izquierda”, sostiene el escritor colombiano antes de dictar la conferencia “El español en los tiempos de la cólera: la literatura como resistencia”, en la que hizo una apología de Bad Bunny frente al autoritarismo de Donald Trump, en el Congreso Internacional de Escritores del Centro de Bellas Artes de Caguas, Puerto Rico.
Narcohipopótamos, aunque pigmeos, aparecieron aquel 2011 en la novela debut de Juan Pablo Villalobos Fiesta en la madriguera , que llegó a la pantalla grande y a plataformas en 2024.
El más reciente libro de Vásquez, autor de casi una decena de novelas, no es ficción. Esto ha sucedido (Alfaguara, 2026) reúne sus columnas del último lustro publicadas en el diario El País.
El ruido de las cosas al caer, que catapultó su carrera con el Premio Alfaguara, cumple quince años. Recién publicó Esto ha sucedido. Jugando con este título, le pregunto: ¿qué ha sucedido?
Muchas cosas. La búsqueda de las novelas que sean capaces de capturar la experiencia de mi país ha seguido adelante. Después de El ruido de las cosas al caer vino Las reputaciones (2013). A partir de ahí, me he dado cuenta de que hay un grupo de novelas que se han ido formando alrededor de la misma obsesión, que es tratar de usar el lenguaje de la ficción para contar vidas reales. Eso ocurrió con una sección muy grande de la novela La forma de las ruinas (2015), y luego con libros enteros como Volver la vista atrás (2020) y Los nombres de Feliza (2024), mi novela más reciente. Ambos son sobre vidas reales, personajes reales, el primero sobre el director de cine Sergio Cabrera, amigo mío, y el otro sobre la escultora colombiana Feliza Bursztyn, que murió muy joven, con 48 años, en un restaurante de París mientras cenaba con Gabriel García Márquez. Esa es la vida que he tratado de contar. Ese ha sido el tránsito que han hecho mis novelas, un poco el descubrimiento lento de cómo se puede utilizar el lenguaje de la ficción y la arquitectura de la novela, las herramientas de la imaginación literaria, para contar vidas reales, vidas que ya no existen.
En realidad, ¿qué ha sucedido con los hipopótamos? Supe de ellos por El ruido de las cosas al caer y años después son tema aún y no solo en Colombia, hasta en la India.
Ahora están en el centro de la discusión. El ruido de las cosas al caer comenzó a tomar forma cuando descubrí por azar una foto del primer hipopótamo que fue cazado por cazadores contratados y autoridades colombianas, porque en 2009 se había vuelto un animal peligroso, dieciséis años después de la muerte de Escobar. Desde 2009 los hipopótamos han seguido ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Es una cosa bárbara. Nadie sabe qué hacer con ellos. Y vuelven a ser el centro de la conversación colombiana, porque ya no son los cuatro que Escobar trajo a mediados de los años ochenta, sino 169 ejemplares que representan una amenaza y un problema ecológico y ambiental. Y ahí están, en la primera página de mi novela, desde hace quince años, hablando con nosotros.
¿De qué manera los personajes reales le han ganado a la ficción y qué relación tiene esto con su faceta de columnista, de ensayista, anclado más en la realidad, del más reciente libro?
No lo veo como parte del mismo fenómeno. Mi último libro, Esto ha sucedido, es una recopilación de artículos de opinión que he escrito para El País durante los últimos cinco años, desde la pandemia, y sus consecuencias inmediatas hasta nuestro momento, que para mí forman parte de un nuevo paquete de problemas que nos está obligando a una reformulación de nuestro lugar en el mundo, de nuestra relación ciudadana con el mundo, de nuestra relación con la tecnología. Nos ha obligado a nuevos exámenes de nuestra relación con la verdad, con la realidad.
El título es muy elocuente al respecto.
El libro se llama Esto ha sucedido por una frase de una novela de Albert Camus que a mí me gusta mucho, La peste, en la que el narrador afirma que la tarea del cronista es decir “esto ha sucedido” cuando sabe que, en efecto, esto ha sucedido, una cosa muy sencilla. Creo que eso ya no es posible. Nuestra relación con la realidad se ha roto de tal manera que ya no es posible ver la realidad y describirla, porque siempre habrá una fuerza muy grande en redes sociales, con inteligencia artificial, con discursos políticos como lo hace Donald Trump, que nos dirá: usted no ha visto eso que ha visto, usted no ha oído eso que ha oído. Pasó en Minneapolis con los asesinatos cometidos por ICE. Eso ha cambiado nuestra relación como ciudadanos con la verdad y con la noción de realidad común. Es una de las obsesiones que cruza el libro.
¿Y en las novelas?
En las novelas, por otra parte, no he sido programático. Me he topado a lo largo de la vida con vidas ajenas (la de una escultora, la de un director de cine, colombianos), que por diversas razones se convierten para mí en una especie de encarnación de todo lo que me interesa hacer como narrador de ficción: explorar las vidas humanas como esos espacios en los que lo público y lo privado chocan, las vidas humanas en las que nuestra manera de ser padres e hijos y amantes y amigos se ve modificada por los movimientos de la historia y la política.
Desde Los informantes, de 2004, mis novelas han tratado de echar un poco de luz sobre ese espacio en que se cruzan lo privado y lo público. De unos años para acá me he dado cuenta de que las vidas reales pueden ser ese lugar. Tiene que ser un determinado tipo de vida. Pero me he dado cuenta de que lo que he tratado de hacer en mis novelas, explorar el cruce entre lo privado y lo público, me ha llevado a encontrarme con vidas que parecen ser un ejemplo, una encarnación de todo esto. Entonces viene la decisión de contarlas.
¿Y qué hay de la estructura? En la pasada Feria del Libro de Guadalajara, en particular en el homenaje a Mario Vargas Llosa, Javier Cercas y Leonardo Padura destacaron la importancia que el Nobel daba a la estructura de sus novelas.
Hay dos maneras de escribir novelas. Una, en la que la forma del objeto cobra mucha importancia y dicta en cierta medida lo que es la novela. La otra es la novela que podemos llamar “novela de voz”, en la que hay una voz que habla y habla y habla, y se construye mediante otros mecanismos que no son los arquitectónicos, sino los de la digresión, los de la asociación de ideas. Ahí está, por ejemplo, Javier Marías, a quien admiro enormemente. El polo opuesto es Vargas Llosa, que era todo arquitectura. La forma de La casa verde o de Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo es como la construcción de un edificio muy meditado que determina lo que la novela puede contar. Para mí esto ha sido siempre muy importante. Mis novelas son construcciones en las cuales la forma viene antes. Tomo la decisión de que esta novela tendrá cinco partes y cada parte va a tener siete subpartes.
Esos son mecanismos que el novelista tiene para enfrentarse al gran problema que es la falta de reglas, poder hacerlo todo. La arquitectura nos proporciona unos límites, y los límites nos permiten inventar dentro de ellos, como decidir que este es un poema que tendrá catorce versos de once sílabas. Y como siempre he creído que una de las cosas que la literatura hace, y por las cuales vale la pena la lectura de una novela o su escritura, es darle orden al caos de la experiencia, esa arquitectura impone un orden a una experiencia humana que es caótica y desordenada, y, por lo tanto, incomprensible. La construcción de una novela permite que la vida caótica e incomprensible de un ser humano se vuelva ordenada y comprensible y signifique algo.
¿Qué hay del lenguaje, del idioma? Usted acude a Puerto Rico a un congreso en el que se aborda la defensa del idioma español. ¿El español se tiene que defender? ¿Quién tiene que defenderlo?
Para un escritor, toda lengua es un fenómeno estético. Por lo tanto, bebe de fuentes que pertenecen a la tradición literaria. Pero también es un fenómeno político, y como tal entra en choque o en contradicción con otros fenómenos políticos. Las agresiones que sufre la lengua española por el gobierno de Trump son evidentes; es un gobierno que cierra la versión en español de las páginas web de la Casa Blanca, que convierte en sospechosa a la lengua española cuando un cantante como Bad Bunny la utiliza en una ceremonia deportiva que es predominantemente anglosajona.
El español se ha convertido en una herramienta de disputa política entre un gobierno norteamericano xenófobo, antinmigración, profundamente racista y que ha tomado a los latinoamericanos como uno de los objetivos primordiales de esa persecución. El español, aunque no lo quiera, se ha convertido en una lengua de resistencia. Nos corresponde a los que vivimos de la lengua española presentar esa resistencia a las peores tendencias xenófobas y antilatinoamericanas del gobierno de Estados Unidos.
La política ha estado presente en sus novelas y columnas periodísticas, ¿De qué manera influye en la elección de temas, en su narrativa o en sus ensayos, lo que pasa en América Latina, con gobiernos como el de izquierda de Gustavo Petro, en Colombia, o, por el otro lado, con los de ultraderecha de Nayib Bukele en El Salvador o de José Antonio Katz que asumió la presidencia en Chile?
No creo que vaya a influir en mucho en mis novelas. Las novelas van por otros rieles. Una novela vive fuera del tiempo, no se puede escribir novelas, o no se puede escribir con tanta facilidad, sobre el presente de una sociedad, aunque solo sea por el hecho simple de que entre el comienzo de una novela y el final han pasado tres años y la sociedad ha cambiado. Pero sí marca mi vida de periodista, de columnista, de una manera muy clara y muy potente. Estoy viendo una extrañísima regresión de América Latina a los marcos ideológicos de hace cincuenta años, a la derecha y a la izquierda.
Hoy América Latina es un territorio donde el espacio se lo dividen los nostálgicos de las dictaduras militares de los años setenta, las reencarnaciones de las dictaduras militares de los años sesenta, setenta, ochenta, como Jair Bolsonaro, aunque ya no esté en el poder; o los que le lavan la cara a las dictaduras militares, como Javier Milei; o los que rompen el consenso que había sobre las dictaduras militares, como Katz. Del otro lado, están los que reviven las viejas ideologías de izquierda de la Guerra Fría, que pueden tomar la forma de un autoritarismo como el de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, o de una democracia de tintes populistas que no respeta todas las reglas del juego democrático, que no respeta la separación de poderes, que mina la democracia desde dentro, como Petro. O las dictaduras abiertas, como la de Daniel Ortega o la de Miguel Díaz-Canel. América Latina vuelve a ser hoy un territorio donde todo está cubierto, como decía Vargas Llosa, o bien por los sables o bien por las utopías. Los marcos ideológicos de izquierdas y derechas parecen haber vuelto a lo que ocurrió hace cuarenta o cincuenta años, y eso es profundamente grave.
¿Qué sigue para usted en términos literarios? Ya son tres décadas desde la publicación de su primer libro. Y, permítame diferir un poco de usted, sí creo que sus novelas son políticas.
Todas mis novelas son políticas. Lo que pasa es que la actualidad política no las define. Las novelas son políticas, pero libros como El ruido de las cosas al caer, que habla de los años setenta, ochenta, noventa, la escribí en 2011. La forma de las ruinas, que habla sobre un asesinato cometido en 1914, el de Rafael Uribe, y otro cometido en 1948, el de Jorge Eliécer Gaitán, la escribí en 2014. Todas mis novelas son políticas, estoy de acuerdo, pero no las escribo sobre el momento político. Sí, es una obsesión, un demonio literario del que no me voy a librar. La siguiente novela también será sobre ese espacio en donde las fuerzas políticas, históricas, moldean la vida privada de la gente. Sobre eso seguiré escribiendo, sobre eso es la novela que viene. Ahora, después de Esto ha sucedido y de los artículos que escribo para El País, que son tres por mes, ya tengo ganas de volver a la ficción como manera de estar.
Un personaje como Elon Musk, que aparece en sus columnas, ¿le resulta literario como para escribir una ficción sobre él?
Pues no, porque no escribo novela de horror.
AQ / MCB