Cultura

“Escribí ‘Bucareli 158’ para conjurar mis propios demonios”: José Manuel Cuéllar Moreno

Al margen

“Hay una historia subterránea de México que no se narra y que a duras penas se documenta, pero que se insinuaba a cada paso en mis pesquisas”, afirma el autor al comentar su más reciente novela.

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Doctor en filosofía y narrador, José Manuel Cuéllar Moreno es autor de los ensayos La revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI (Ariel, 2018) y La razón pendular de Emilio Uranga. Una historia del existencialismo mexicano (Herder, 2025), así como de las novelas El caso de Armando Huerta (Ficticia, 2009), El club de las medias rotas (CVA Ediciones, 2010), Ciudademéxico (Conaculta, 2014) y, recientemente, Bucareli 158 (Tusquets), que es una historia perturbadora en la que se dan la mano el suspenso y el horror, a través de la cual el autor explora —como se lee en la contraportada— “las conexiones entre el espiritismo y la política nacional” y sobre la que trata la siguiente conversación.

¿Cómo surge esta historia que tiene como principal escenario —y protagonista— una vieja casa ubicada precisamente en Bucareli 158, que es el título de su novela?

En los últimos años he hecho el mismo paseo decenas de veces: voy del metro Cuauhtémoc a La Alameda, pasando, inevitablemente, por el complejo habitacional Mascota, donde –según cuenta la leyenda– Ramón López Velarde compuso la Suave Patria; paso frente a los vestigios de la cantina La Rambla, donde se reunían a perorar los miembros del Grupo Hiperión, Emilio Uranga, Jorge Portilla, Luis Villoro, a los que tanto he investigado, hasta el punto de sentirlos, a veces, como presencias vivas y estremecedoramente cercanas; paso frente al Edificio Vizcaya, que ha tenido, entre otros huéspedes insignes, a Pita Amor, un nombre que trae consigo la tragedia, la exaltación, el misticismo; paso frente al reloj Chino de Bucareli, que ha visto desfilar carruajes y luego coches y luego tranvías y ahora camiones mastodónticos, y que tiene en su pedestal una inscripción –casi una fórmula de encantamiento– que nadie se detiene a leer. Está en caracteres chinos, y significa algo así como “las voces del mismo sentir hacen eco”. Es un mensaje de fraternidad, de secreta comunión entre personas de épocas y de procedencias dispares. Me recuerda, curiosamente, a un verso de “El son del corazón”: “Mis hermanos de todas las centurias reconocen en mí su pausa igual, sus mismas quejas y sus propias furias”. Era uno de los versos predilectos de Emilio Uranga.

Así sucede con algunos temas, algunos personajes, algunos lugares: pareciera que de pronto los astros se alinean y entonces la historia –esa trama que te cosquilleaba en la punta de la lengua– surge a borbotones.

A escasos metros del Reloj está el Palacio de Cobián, es decir, la Secretaria de Gobernación, que no ha cambiado de domicilio desde 1911. En esas salas y en esos corredores, que hay que suponer oscuros y laberínticos, se han urdido intrigas, se han susurrado otras fórmulas de encantamiento, y han tenido lugar las ceremonias del poder.

Más allá está El Universal y el Excélsior, el Caballito de Sebastián, que es un respiradero encubierto; exhala a todas horas un tufo de podredumbre, un tufo que proviene del drenaje profundo, y también está la escultura de Manuel Felguérez, que semeja un arquero a punto de atacar, y que se alinea –de repente descubres por todos lados estas alineaciones simbólicas– con el Monumento a la Revolución.

He omitido, adrede, una de mis escalas: Bucareli 158, una casona construida en 1905 por Eduardo Mancebo, un arquitecto que sabía imprimir a sus creaciones toda la sobriedad y el aplomo de finales del porfiriato. La familia que habitó esa casa no debió compartir largos momentos de felicidad. Casi enseguida sobrevino la Revolución, la Decena Trágica, la influenza española. Ya para los años 50, Bucareli 158 se había convertido en una vecindad de rentas congeladas. Claro que todo esto lo averigüé después. De entrada, lo único que vi, y que me despertó una fascinación sórdida, fue la fachada descarapelada, como una epidermis cubierta de úlceras, las ventanas rotas, como una invitación a asomarse al hueco negro de su interior, a preguntarse qué pasó allí, entre esos muros –siempre se queda algo impregnado en los muros–, qué otras ceremonias tuvieron lugar en sus salones, pues Bucareli 158 debió ser un punto privilegiado de encuentro entre la casta política y la aristocracia mexicana.

Tanto el Reloj Chino como López Velarde me dieron la pista. Una vez atraviesas el umbral de Bucareli 158, los planos temporales se desarticulan, los siglos se confunden, se solapan; el pasado reverbera, hace eco en el presente, y viceversa; vemos reaparecer, espectralmente, varias historias: historias de almas dolientes; de amores que el zarpazo de la muerte interrumpió de golpe; de grietas que se extienden amenazadoramente por el techo, justo encima de nuestras cabezas; de sesiones espiritistas a media luz; de aquelarres entre vapores narcóticos; de misas negras. Bucareli 158 funciona como una máquina narrativa. Todas las historias están prendadas de un mismo enigma, de una misma obsesión, tan vigente en el siglo XVII como en la actualidad: la obsesión por vencer ese último escollo que es la muerte. Ocultismo, espiritismo y política siempre han ido de la mano.

Hay una larga tradición de literatura gótica que nos presenta a las casonas como entidades vivas en cuyos sótanos y en cuyos áticos se sedimentan las perversiones y los crímenes de sus moradores. Mi novela abreva de esa tradición. O mejor dicho: mis paseos por Bucareli y esta sensación apabullante de que los edificios a mi alrededor recitan a coro una multitud de historias, me hicieron volver la mirada a la literatura gótica y de terror: Edgar Allan Poe, Henry James, Maupassant (El horla), Blackwood, pero también Carlos Fuentes (Aura), Ámparo Dávila (El huésped), Mariana Enríquez (“Las casa de Adela”), Bernardo Esquinca.

Portada de ‘Bucareli 158’, de José Manuel Cuéllar. (Tusquets)
Portada de ‘Bucareli 158’, de José Manuel Cuéllar. (Tusquets)

El paso del tiempo está presente en sus personajes. Todos padecen su decadencia, y esto le da a su novela una pesadumbre, una tristeza que en ocasiones se envuelve en el rencor o el miedo. ¿Está de acuerdo con esta idea?

Una capa de polvo se adhiere a cada mueble y a cada página de la novela, es verdad, y el polvo siempre es un signo de abandono y de pesadumbre, pero hay otra palabra –y otra sensación– que se me viene a la mente: “ominoso”. Esa sensación persistente y difícil de comunicar de que una presencia maligna y sin rostro recorre tu casa, apoderándose de tus espacios más íntimos, carcomiéndote desde dentro y eventualmente desquiciándote.

La protagonista, Ifigenia, encuentra un algodón en el yeso de la pared. Dentro de ese algodón, un diente humano. En ese momento comienza lo que ella denomina una “persecución”. Pasamos de preguntarnos “¿qué ocurrió en Bucareli 158?”, “¿quién puso el diente allí?”, a preguntarnos “¿qué estará dispuesta a hacer Ifigenia para enfrentar a esa cosa que la acecha?”.

Es la sensación que nos aqueja a los mexicanos de hoy en día. Una fuerza siniestra se está adueñando de nuestro hogar bajo los auspicios de los políticos.

Bucareli 158, por otra parte, ofrece un registro, un paseo por la Ciudad de México, por rumbos como Tacuba, Polanco, la Roma, el Centro. ¿Cómo eligió los lugares por donde deambulan sus personajes? ¿Por qué son importantes?

La novela se vertebra a partir de tres líneas temporales: 2013, los sesenta y el siglo XVII. Ninguna fecha, ninguna cifra es casual. Todas tienen una significación astrológica.

Las tres líneas temporales se entrecruzan. En la Iglesia de la Sagrada Familia, de la Roma, Lali Madero –la otra protagonista– le estampa un beso de amor casto a los pies de Cristo. Después se reúne con Luis, su amigo, en un departamento del edificio de las Brujas, en la plaza Río de Janeiro, el famoso edificio donde atendía la Pachita, una curandera y médium que practicaba cirugías sin anestesia, con sus manos desnudas, y que se convirtió en una consejera de confianza para numerosos políticos. Jacobo Grinberg la estudió antes de elaborar su teoría sintérgica.

Polanco aparece en la novela, pero de manera breve, casi tangencial. No hay manera de hablar del ocultismo y de los rituales del poder sin que salga a relucir Polanco. Podemos decir que la casa embrujada cede su sitio a la ciudad embrujada.

¿Por qué decidió volver sobre la historia de Goyo Cárdenas, que en su novela se llama Eusebio?

Casi todos los personajes que aparecen en la novela tienen una inspiración real. La primera referencia y acaso la más obvia es Francisco I. Madero, nuestro Apóstol de la Democracia, que fue —no se nos olvide— un médium escribiente. Madero no era una excepción. El espiritismo de Allan Kardec y la teosofía de Madame Blavatsky fueron muy bien recibidos por los liberales mexicanos. La filosofía de José Vasconcelos, por ejemplo, no termina de entenderse si no tomamos en cuenta sus lecturas de La doctrina secreta, donde se afirma, entre otras cosas, que los nahuas y los mayas son los descendientes de una avanzada civilización de atlantes.

Mi profesión de filósofo se hace notar en la novela. Hago no pocas menciones a la teoría de la “geometría divina” de Nicolás de Cusa o Ramón Llull, los raptos místicos de un Jakob Böhme o las ideas neoplatónicas sobre la reencarnación del alma.

En realidad, Bucareli 158 es una prolongación de mis investigaciones sobre la historia intelectual mexicana del siglo XX, con esas licencias y esas extrapolaciones que solo te permite la ficción. Hay una historia subterránea de México que no se narra y que a duras penas se documenta, pero que se insinuaba a cada paso en mis pesquisas.

Casi todos mis personajes, decía, están sacados de la nota roja de los 40, 50 y 60: Goyo Cárdenas, que en la novela yo llamo “Eusebio”: un brillante estudiante de Química que en 1942 cometió una serie de crímenes impulsado por voces para las que ni él mismo hallaba una explicación. Estuvo en la cárcel de Lecumberri y más tarde se hizo diputado. Menciono el caso de una actriz que mutiló, literalmente, al que era por entonces uno de los hombres más poderosos de México, un ministro de López Mateos. Aludo a Felícitas Sánchez Aguillón, conocida como “La Trituradora de Angelitos”. La señora tenía una clínica clandestina en la calle de Salamanca, en la colonia Roma. Sus crímenes se descubrieron en 1941, cuando unos trabajadores desazolvaron las tuberías y encontraron restos humanos (huesitos de bebés).

Hay dos personajes a los que no les cambié el nombre —y me arrepiento—: Vicente Solana, el único sobreviviente del ataque alemán a un buque petrolero mexicano —la razón por la que México entró en la Segunda Guerra Mundial—. Vicente, para sorpresa de los periodistas, aseguraba haber muerto y resucitado. La muerte por ahogamiento es un leitmotiv en Bucareli 158 y en las teorías ocultistas. El otro nombre que no cambié es el de Yolanda Acenjo, una señorita que vivía precisamente en Polanco, en la calle de Newton, y que se enamoró del hombre incorrecto.

Otros personajes históricos aparecen en la novela, como Juan de Palafox y Mendoza y, desde luego, el virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa, quien en 1778 ordenó el trazado de la avenida que hoy lleva su nombre.

Bucareli 158 es una novela poblada de fantasmas y recuerdos. Incluidos los de Luis en Roma, tan determinantes en su vida. ¿Por qué decidió crear una novela de suspenso y horror?

Luis es tal vez el personaje con el que más me identifico y el que más recoge algunos rasgos de mi personalidad. De esto no me di cuenta hasta que me lo señaló un lector, hace un par de días. Quizá por eso decidí crear una novela de suspenso y horror. Para conjurar mis propios demonios.

AQ / MCB

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