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  • José Alfredo Jiménez: cómo perderle el respeto al absoluto

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José Alfredo Jiménez, rey de la canción ranchera. (Especial)

En las canciones de José Alfredo Jiménez, México reconoce su herida y su fuerza vital.

De no haber escrito “El rey”, México ¿existiría? Un momento de inspiración, y José Alfredo Jiménez le dio rostro a un país; acto tan definitivo, visto desde cierta altura, como la expropiación petrolera o la construcción de Teotihuacán. Grave misterio el del poder de una canción. ¿Quién dirá que sabe a ciencia cierta las consecuencias de sus actos en el mundo, aun si en apariencia solo tararea una nueva melodía?

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Jugarse la vida. En esta sola frase, que es difícil pesar sin sufrir vértigo, se encierra el secreto a la vez psicológico y creativo, no ya únicamente de José Alfredo Jiménez, sino del mexicano. No nos llamemos a engaño: hay un suicidio latente detrás, pero también —a partes iguales— la promesa del éxtasis. En todo caso, jugarse la vida es la atracción de fundirse con el absoluto, y luego de pensar que el absoluto, como querían los trovadores de la Provenza, se confunde con la mujer. O mejor, que la mujer es la puerta que da al otro lado, temible y deseado, donde se consuma la disgregación, la más prohibida de las fantasías. Atrás quedan leyes, convenciones, decoros. La religión misma, que ahora se vive en términos puramente humanos, rinde todo el arsenal de sus visiones y analogías: ciclos de pasión, muerte y resurrección pintados en las estaciones detonadas de un repertorio profano. Ni iglesia ni palacio tienen ya control sobre el enamorado, que solo responde a su dama. No en balde el amor cortés fue condenado como herejía desde el siglo XIII.

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Copas y coplas. “Con que te quieran tantito/ nomás tantito podrás salvar el dolor/ de no quedarte en el mundo/ con mucha pena, con mucha angustia y pidiendo amor”. En un ruedo por escenario, el caballero infla el pecho y toma su revancha. “Con la mitad de los besos/ que yo te daba, podrías vivir”. Hay algo de gallo en guardia contra el espolón enemigo, y de torero ante la embestida. El amor es una lid de vida o muerte. “Ay, amor, me estás matando”.

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En el álbum La malagradecida (RCA, 1963) aparece la canción “Dios me señaló”. Las trompetas de la introducción, en sencilla y agradable cadencia, son rápidamente ensombrecidas por unos violines dramáticos. José Alfredo Jiménez amonesta entonces al mar mientras las guitarras rasgan al fondo sus acordes graves. No podemos menos que imaginarlo como un Moisés frente al Mar Rojo. La segunda estrofa avanza y este desafío a la naturaleza, hecho de palabras rotundas y henchido de atrevimiento, cautivan toda la atención. Pero, en realidad, no se acaba de entender el motivo de la letra. Hasta la tercera estrofa comprendemos: así como la playa es el límite impuesto por Dios al mar —límite inviolable a pesar de su furor y de los vientos—, así el que canta no podrá tampoco dominar un amor que no está destinado para él. ¿No hay, en este símil entre el amante y el mar desencadenado, una enorme osadía? La naturaleza, en su manifestación más vasta y terrible, es espejo del anhelo trunco del hombre. En una palabra, José Alfredo Jiménez se permite tutear a la inmensidad de las aguas en que se reconoce. Encima de este par de colosos, sin embargo, incontestable, solo se levanta Dios, que profiere una sílaba terrible: no.

Aquel trovador dejó a un lado, por una vez, los elementos convencionales de su poética, conocidos por todos; traspuso un drama existencial del decorado esperado a un escenario sublime: pasó de la cantina al acantilado —cifra de lo absoluto y universal— o, lo que es igual, subió del costumbrismo al romanticismo. Con ello nos revela que aquella descarga trascendental que cual rayo confronta al hombre con su destino puede caer con la misma intensidad sobre todos los géneros y estilos, que no son al cabo sino apariencias. El único dato positivo es la experiencia íntima del héroe-poeta, “pararrayos celeste”, que dijera Rubén Darío. “Dios me señaló” es la realización sublime del tópico que nutrió más que ningún otro un largo repertorio, no exento de bagatelas: el desamor. Pues José Alfredo Jiménez declinó todos los casos y caídas del amor contrariado. Y acaso por eso mismo sus cantos de esperanza (“Si nos dejan”) son tanto más memorables.

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Piénsese en el típico grito del mariachi: ¿es llanto o risa? Indiscernible, oscila entre el aullido del lobo solitario y la carcajada sórdida del coyote, o acaso es el llamado tribal de los ancestros a la guerra sagrada. Porque un hombre llorando abiertamente de esa manera, a su edad, en esos enredos... es como quiera un atentado de lesa burguesía. Proviene además de un mundo semirrural. Habría no poco que decir sobre esta faceta de la cultura mexicana, que sin embargo fue promovida precisamente como seña de identidad por la industria de mediados del siglo pasado.

En vórtice de vino, mujeres y toda la cohorte de los excesos y defectos se va hundiendo el protagonista hasta desaparecer. Pero precisamente porque no somos un pueblo puritano es que José Alfredo Jiménez es trascendental. La vida no puede ser completamente limpia, decente, feliz y justa, sino que sabemos que el dolor en esta tierra es necesario y acaso redentor. Su fango es el nuestro y, en realidad, el de la humanidad entera. La diferencia es que otros pueblos, más prudentes sin duda, no izarían nunca como bandera el catálogo de sus miserias. Pero ya decía Pascal que “todas estas miserias prueban su grandeza. Son miserias de gran señor, miserias de un rey desposeído”. Y en seguida: “La grandeza del hombre es grande en que se reconoce miserable”.

En cierto sentido, José Alfredo es para nosotros lo que los pintores barrocos para el siglo XVII con sus cristos sangrantes, sus mártires supliciados, sus filósofos en harapos. Humanidad desnuda y enferma, pero por ello mismo susceptible de remedio y cobijo. Hay también en sus canciones un tropismo de la muerte, un atavismo de un mundo premoderno y mágico, a la vez enraizado en la Europa de la Contrarreforma y la Mesoamérica sacrificial, que siguen irrigando nuestras costumbres, para asombro, admiración y repulsión de otros por cuyas venas ya no corre o no corrió nunca esta difícil savia. ¡Cómo no habría de escandalizar a la sensibilidad higienizada y progresista que aspiramos tener! Inevitablemente, los pícaros y cínicos, los humillados, los adictos del arrebato y el desgarramiento encontrarán en José Alfredo Jiménez a su hermano mayor, su Lazarillo americano, su Periquillo virreinal.

Como todo chivo expiatorio, José Alfredo Jiménez sufrió en sí públicamente lo que todos conocerán en su fuero interno. Lo celebramos, con justicia, no porque sus canciones deban ser el modelo (aquí el único didactismo posible es negativo), sino porque precisamente a través de ellas conjuramos tanto dolor que nos rodea, del mismo modo que los violentos y dramáticos cuadros del Setecientos (Caravaggio, Velázquez, Ribera, Artemisia) recordaban al feligrés el teatro simbólico de los peligros. Pero en medio de los peligros se entreabre con más amor el oasis. Escuchar a José Alfredo es meter los dedos en una llaga milagrosa.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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