Es muy fácil y común en nuestros días, invocar la violencia interior, pero representarla de verdad es infrecuente. El caso del pintor Georg Baselitz, apenas fallecido en abril de este año, es notable porque él encarnó eficazmente en sus obras el salvajismo y la turbación de los tiempos modernos. Desde muy temprano logró producir una sensación de virulencia y furia obscena. El óleo Big Night down the Drain (1963), creado cuando él tenía 25 años, es un denso borrón, un “borrón de sombra impura”, que personifica algo semejante a un niño empuñando su pene erecto. Este cuadro y otro más, The Naked Man, de la exhibición en la Galerie Werner & Katz de Berlín, fueron confiscados por inmorales. En ese momento, tanta ferocidad escabrosa era insoportable y recordaba, en una versión más radical, a los “decadentes” George Grosz y Max Beckmann. Pero ese cuadro no era más que el comienzo de una visión inmisericorde que alcanzaría un alto grado de desarrollo en los siguientes años al sumar, en una unidad desconcertante y vasta, la deformación y las figuras invertidas. Puestas de cabeza, las agresivas y “feas” composiciones mostraban al espectador la discutible solidez de lo claro e inteligible y afirmaban que hacía falta muy poco para saltar a lo oscuro e ininteligible. No obstante esta propuesta, Baselitz, al mismo tiempo, revelaba —con él o a pesar de él— que lo inexplicable trueca también, de manera rápida, a la comprensión intuitiva y directa y que toda obra auténtica ocurre en un margen de ambigüedad y transparencia.
La exposición en el museo Novecento de Florencia, abierta hasta el 13 de septiembre de 2026, reúne alrededor de ciento setenta obras y es una amplia muestra de grabado, pintura y escultura y, a la vez, una colección esencial de piezas fundamentales del arte del pintor alemán, nacionalizado austriaco. En su conjunto, el espectador observa, además de las inversiones, una fuerte distancia crítica del realismo y el objetivismo, a través de la fragmentación y múltiples trazos gruesos, pero conservando en la representación monstruosa una contradictoria unidad de la imagen. Entre el expresionismo y el art brut, Baselitz produce un nuevo universo avasallante, más que reproducir la realidad. Tiene una gran importancia que la mayor parte de la obra expuesta ofrece series de grabados, a veces de gran formato y, otras, de mediana dimensión que, no obstante, su carácter “impreso”, reproductivo, coadyuvan en la exposición a crear un profundo efecto plástico de arte mayor. Baselitz dijo que él siempre había usado el grabado en madera para acabar de definir una idea. Asimismo, aunque son pocas, las esculturas exhibidas descubren, en contrapunto con sus grabados y pintura, un sucio realismo contestatario. Elaboradas, algunas de ellas, a tajos de hachón y terminadas con pintura en fuertes contrastes, engendran en nuestro ánimo una vasta soledad apremiante y concreta. Entre principios del siglo XX y el XXI, entre el expresionismo y la postmodernidad, entre Tristan Tzara y Paul Celan, Baselitz reencontró el sentido en los maestros del grabado y el hacha del leñador.
AQ / MCB