Cultura

Los habitantes del estadio

Deporte

El verdadero fan conoce los trucos para sobrevivir en el estadio. Se orienta en los accesos. Se comporta con urbanidad. No grita estupideces, no se une al coro de injurias ni hace “olas”.

Fiebre en las gradas puede ser el libro capital de todo partidario, seguidor, incondicional, fanático o porrista de un equipo, disculpe usted la sinonimia, pero fue con la intención de no anotar el término de origen charrúa, hincha, que a pesar de que muchos aficionados desconocen cómo se acuñó, lo identifican plenamente con los devotos de una camiseta. Quizá es por eso que Juan Villoro se ocupa de recordarlo en Los héroes numerados: “La palabra hincha surgió en Uruguay, país que ganó la Copa del Mundo, y proviene de un asistente del equipo, dedicado a hinchar balones, que extendía su habilidad neumática a los pulmones. ‘¡Cómo grita el hincha!’, decían sus testigos, que así bautizaron a aquel fanático certificado”. Y es que, en efecto, no hay alaridos más sinceros, sensibles, desbocados, que los de la feligresía de un club que acude religiosamente al hogar en que juegan sus elegidos, y también asiste a casas ajenas para apoyar con todo a sus colores en la espinosa cuesta de cada torneo. El verdadero fan es un ser que pisa dos veces por semana las instalaciones de su arraigo; el que visita el territorio ignoto de los adversarios y no se arredra ante los múltiples peligros de festejar un triunfo o ser carne de cañón de las jaurías locales.

Nick Hornby transmite la esencia de ese espíritu que en México llamamos pambolero en el mencionado Fiebre en las gradas (1992), una estupenda crónica autobiográfica con atributos de almanaque, pues cada episodio registra fechas, recintos, jugadas memorables y, obviamente, resultados. Incondicional de los cañoneros del Arsenal londinense desde los once años, Hornby reivindica, con fervor y no sin autocrítica, el apego incurable a una institución sin importar si es invencible, mediocre o pésima en la cancha, pasando por las emociones que suscita el embrollo de conseguir boleto; el ritual de trasladarse al estadio aunque se halle en el fin el mundo y a pesar de la adversidad horaria o la aspereza del clima; hacerse de un sitio estratégico en la gradería y mirar un partido en directo en el que habrá menos goce y más sufrimiento. Hornby también habla de la dependencia a la radio o el televisor para seguir el resultado, práctica que no por remota carece de adrenalina, y del temperamento salvaje, tosco e insolente que se respira, contagia en el estadio, porque la pasión insana se esparce como un virus cuando el juego se torna reñido, complicado, muchas veces insalvable. Aquellos estadios ingleses de finales de los 1960, relata Hornby, eran tierras ignotas donde se forjaba el temple y lo más valioso fue curtirse, aprender a capotear los enmarañados síntomas que produce la derrota: ira, tristeza, frustración, desaliento, negación, estoicismo, vuelta otra vez a la rabieta.

Como ese Hornby para el que el día ideal era acudir al partido en Highbury con su progenitor, almorzar fish and chips, tener entradas en la parte alta de la Banda Oeste (donde podía mirar el pasadizo por el que salía el equipo) y que el Arsenal jugara bien para ganar al menos por dos goles de diferencia en un estadio hasta el tope, yo también viví, vivo aún, esa emoción fugaz que brindan los coliseos del balompié, desde que mi padre nos infundió el amor por los Pumas de la UNAM (cuyo voluble rendimiento lo empareja a los Gunners de Hornby) y el cariño a las gradas del Estadio Olímpico Universitario. Nuestro día ideal consistía en desplazarnos a CU un par de horas antes del silbatazo; conseguir espacio en el Palomar con vista a la media cancha; mirar con reserva la cotidiana función de puñetazos en túnel, pasillos y escaleras; cubrirnos a toda costa de los dudosos chaparrones, amarillentos y espumosos, que caían de la planta alta, tanto si los Pumas marcaban gol o les perforaban la portería; volver a casa para el glorioso banquete de fin de semana.

Recuerdo que de las transmisiones por tv, lo que más me emocionaba era contemplar el elegante recorrido en la pista de tartán del puma Ulises, la mascota de carne y hueso del equipo, que por desgracia dejó de aparecer cuando comenzaron mis idas al estadio. Recuerdo los pesados balones de Garcis con que jugaban. Los jerseys que aún no se mercadeaban para el aficionado, en contraste con el tiempo actual en que las marcas han hecho de las camisetas una necesidad identitaria (el verdadero incondicional porta una playera oficial y no piratería). Recuerdo los sinsabores de un marcador desfavorable, los no menos insípidos triunfos si pintaban azarosos. Los nombres de los cracks, Cabinho, Cuéllar, Muñante, Hugo Sánchez, y así, a lo largo de décadas, tengo una extensa lista de héroes o antihéroes porque, en efecto, el incondicional venera a los adalides mas nunca olvida a los inútiles. El inventario incluye a los entrenadores. Si nos llevaron a la gloria, se hacen sitio en el Olimpo; los otros ya no salen del averno.

El fan conoce los trucos para sobrevivir en el estadio. Se orienta en los accesos. Se comporta con urbanidad. No grita estupideces, no se une al coro de injurias ni hace olas. Distingue a los villamelones y al público casual, el que se aventura a las gradas únicamente cuando el equipo enfrenta a los rivales más odiados o si el juego significa puntos decisivos en la tabla. Ese tipo de porristas son desagradables. Invaden lugares ajenos, fanfarronean, agreden hasta a los simpatizantes del mismo bando, pretenden que se los tome como fieles solo por portar un jersey. Compartir butacas con villamelones o casuales es tan insufrible como alojar en tu casa a un pariente que no acostumbra jalar la cadena del retrete.

Hornby descubrió que la única circunstancia que preserva la esencia del futbol en el estadio, es cuando los asistentes no son adeptos de ningún color sino simples apasionados de las habilidades o el ímpetu deportivo. Esos juegos son sin locales ni visita de por medio, digamos las gestas entre países convidados a un Mundial como el de 1966 en Inglaterra: “En el ya famoso partido entre Corea del Norte y Portugal que se disputó en Goodison Park (en el que los desconocidos asiáticos cobraron una ventaja de 3-0 sobre uno de los mejores equipos de aquella competición, que terminó por ganarles 3-5), se ve a una multitud de más de treinta mil personas, la inmensa mayoría de los cuales son escoceses, aplaudiendo a rabiar los goles de uno y otro equipo. Es difícil imaginar ese mismo entusiasmo hoy en día”.

Suscribo la última sentencia. El fervor actual se finca en el negocio de los emporios mediáticos, de la FIFA, de las ligas: precio más que exorbitante, ofensivo, por las localidades; venta restringida a productos autorizados; transmisión limitada por tv abierta, en beneficio de aplicaciones de streaming, entre otros fenómenos que lo contaminan, como el patrocinio de los productos chatarra o el bombardeo publicitario y la propagación de las app de apuestas. Quizá es por eso que hay algo en el ambiente colectivo de este Mundial 2026, que no alcanza a desperezar el aletargado frenesí de los partidarios, seguidores, incondicionales, fanáticos y fieles del soccer, ni a los hinchas de la selección, por más lealtad que se le tenga a la camiseta verde pero no por representar a un equipo favorito, sino por pura elección moral.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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