Cultura

‘El príncipe constante’ o el devenir de la tragedia

Literatura

En este ensayo, el autor indaga en la obra de Pedro Calderón de la Barca, que se desarrolla en una época en la que el catolicismo cohesionaba a los pueblos de la Península Ibérica.

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La tragedia cristiana (católica) y la posibilidad de más allá

En carta fechada el 28 de enero de 1804 escribió el polímata Wolfgang von Goethe (1749–1832) a su amigo Friedrich Schiller (1759–1805): “Si toda la poesía del mundo desapareciera, sería posible reconstruirla sobre la base de El príncipe constante”. El título completo del drama de don Pedro Calderón de la Barca (1600–1681) es El príncipe constante: comedia famosa.

¿Por qué en los Siglos de Oro los dramaturgos españoles llamaron comedia o tragicomedia a la tragedia? Con el precedente de Numancia y a diferencia de la tragedia griega, la tragicomedia unía diferentes grupos sociales —nobles, plebeyos, príncipes, burgueses y ciudadanos de a pie— e incorporaba al drama trágico el humor que nos acompaña en el agridulce camino de la vida. Este planteamiento se contrapuso a la Poética de Aristóteles y a la del mundo helénico para el que la tragedia debía recaer en un noble en desgracia a fin de servir de ejemplo moral para el vulgo.

Dicho contraste fue fijado por Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias (1609). Lope retomó y expandió, casi dos mil años después, la clasificación de Aristóteles relativa a los componentes del teatro y de la tragedia: catarsis, hamartia, anagnórisis (toma de consciencia por parte del héroe sobre aquello que ha ignorado), peripecia (cambio drástico en el destino del personaje), etcétera.

Lope también introdujo la idea de agilizar la obra al reducirla de cuatro a tres jornadas o actos y la de utilizar un tipo de estrofa según las exigencias de la trama: el soneto para monólogos y para filosofar; las redondillas para hablar de amor o de asuntos cotidianos; el romance para narraciones extensas; las décimas para quejarse; las octavas reales para momentos solemnes y las silvas, hilvanadas por diversos pies métricos, para situaciones de desorden o de conmoción. Conocemos esta técnica teatral como polimetría y es uno de los muchos aportes del teatro español al teatro universal ya que permite al espectador ubicarse en específicos momentos de la obra.

Regresemos a El príncipe constante, tragedia compuesta en 1629 e impresa en 1636. La narración transcurre durante las batallas del reino de Portugal en las primeras décadas del siglo XV cuando aún era parte de los reinos de la Península Ibérica y cuyas familias reinantes, los Trastámaras y, posteriormente los Austrias, pactaban alianzas mediante matrimonios en res de consolidar dinastías o sucesiones de soberanos. Estas alianzas desembocarían en el nacimiento de España.

La obra narra el cautiverio del infante (príncipe) Fernando de Portugal (1402–1443), llamado el Príncipe Santo, sucedido tras la derrota en la ciudad marroquí de Tánger cuando, junto con su hermano, el infante Enrique, intentaba apoderarse de más tierras musulmanas avivado por la reciente victoria de Portugal en Ceuta, en 1415.

Tales triunfos venían otorgando, desde los tiempos de Rodrigo Díaz de Vivar (c. 1048–1099), el Cid Campeador, el sentido de patria a la península, profundamente cohesionada por el catolicismo. Conocemos este proceso histórico como Reconquista, o reposesión de tierras musulmanas tomadas por marroquíes desde el año 711, al derrotar estos al reino visigodo cuyos jefes provenían de la Germania, y que dominó la península desde el siglo VI al VII de la era cristiana.

Los seguidores de Cristo ya eran una fuerza religiosa, moral y social en Hispania, sobre todo en tierras dominadas por líderes musulmanes provenientes del norte de África. Con la toma de Ceuta la Reconquista entró en una etapa decisiva que culminaría con el ascenso de los reyes católicos, Isabel I de Castilla (1451–1504) y Fernando II de Aragón (1452–1516), al trono de Castilla y León.

En El príncipe constante, don Fernando toma como rehén al guerrero musulmán Muley Hasán durante las campañas en Fez, ciudad colindante con Ceuta. Muley está enamorado de la princesa musulmana Fénix. Don Fernando reconoce el profundo amor del rehén y, por lo tanto, le concede libertad, algo totalmente novedoso para el pensamiento medieval. El amor (compasión) es la fuerza que mueve a don Fernando.

En posterior batalla el infante cae prisionero por el rey de Fez y este pretende canjearlo por Ceuta. Don Fernando no acepta a pesar de las súplicas y negociaciones de su hermano, don Enrique. El príncipe muere debido a torturas, hambre e inanición. Por tal motivo y constante en su decisión, don Fernando se inmola para que Ceuta no regrese a manos musulmanas que, necesario es decirlo, por más de ocho siglos venían persiguiendo, empalando y crucificando a miles de cristianos en la península.

El príncipe constante regresa la tragedia a su religiosa constitución. Quienes aseguran, como George Steiner (1929–2020) en La muerte de la tragedia (1961), que un pueblo aferrado a la recompensa divina después de la muerte, por fuerza de fe, aniquila la tragedia, olvidan que el cristianismo no es solo una religión sino una civilización y que sobre ella se ha sustentado la cultura occidental por más de dos mil años y, en términos más amplios, el mundo moderno.

Como toda religión que ha llegado a nuestros días, el cristianismo es una ética que traspasa lo que es funcional para la coexistencia en la ciudad: la polis. En el pensamiento de Occidente, el cristianismo va más allá puesto que da el salto a profundidades antropológicas. Sin el amor desprendido al prójimo (amigo o enemigo, connacional o extranjero), extensión de nuestra pertenencia con la esencia divina, la más importante enseñanza de Cristo perfilada siglos antes en religiones orientales y mesopotámicas como el budismo y el zoroastrismo, no habría civilización ni en la ciudad ni en el campo ni en ninguna parte del planeta habitada por hombres.

En Cristo se conjuga lo que el zoroastrismo había inaugurado: un Dios único y ético que no impone su fuerza contra los humanos, como hacían los dioses primitivos tales como Caos en la mitología griega, Anu en la sumeria, Atum en la egipcia y Tláloc en la mesoamericana, pues somos su continuación en la tierra.

Aquí es de suprema importancia diferenciar el catolicismo de la Reforma protestante y sus repercusiones morales, económicas y sociales. Lutero afirmó que los únicos medios para alcanzar la salvación son la fe y los escritos bíblicos. Con la frase “Sola fide, sola scriptura” el sacerdote agustino cuestionó la razón teológica que ha sostenido a la Iglesia desde sus comienzos.

Lutero desarticuló el acervo de, por ejemplo, San Atanasio de Alejandría (298–373), primer gran combatiente de las herejías o intentos de desunir el catolicismo; el de San Jerónimo (323–429), primer traductor y comentarista de la Biblia; y el de San Basilio el Grande (330–379), defensor de los pobres y sapiente de la Santísima Trinidad y su unión mediada por el Espíritu Santo. La Iglesia se sustenta en la historia y en el perenne estudio de las enseñanzas de Cristo. Lutero inauguró la Reforma para denunciar la venta de indulgencias del Papa León X (1475–1521), con las que buscaba finalizar la construcción de la Basílica de San Pedro.

Como todo hombre, Martín Lutero estaba conformado de gamas luminosas y grises. Las particularidades de su vida se han difuminado en el tiempo para abrirle paso al mito, a la leyenda. Solemos olvidar que Lutero, con su esposa, la religiosa Catalina de Bora (1499–1552) con quien contrajo matrimonio siendo aún sacerdote, expendía cerveza a estudiantes, campesinos y exiliados. Catalina de Bora compartía la creencia de su esposo, posiblemente en boga en el siglo XVI alemán, de que “Quien bebe cerveza, se duerme pronto; quien duerme mucho, no peca; quien no peca, ¡entra en el Cielo! ¡Bebamos cerveza!”.

Cual hombre del Renacimiento florentino y alemán, Lutero tenía mentalidad utilitarista y razonaba que “La cerveza está hecha por el hombre; el vino, por Dios”. Esta forma de pensar se compaginaba con su pública beligerancia, lenguaje soez y extremado carácter, tal vez moldeado por la dureza de su tiempo y que no siempre se prestaba al debate. El abundante epistolario del sacerdote nos permite conocerlo más para entender su época.

Su conocida lucha por los pobres, característica de todo cristiano, fue manoseada por la oligarquía alemana que tomó sus escritos y los propagó entre sus allegados para acrecentar y solidificar el feudalismo.

Los terratenientes alemanes consideraban que el dinero y el poder eran regalo divino y gestaron la creencia de ser ellos el nuevo pueblo elegido de Dios. No los salvaban sus obras sino la abundancia económica. Al verse traicionados, pues nunca salieron de la pobreza, los campesinos se sublevaron y posteriormente fueron asesinados por miles. La felicidad ligada al dinero se erguía junto con el modelo de lo que en el siglo XIX y en plena Revolución Industrial se conocería como reforma agraria.

Así las cosas, resulta imposible que el catolicismo, la rama del cristianismo más extendida a nivel global —más de ciento noventa países en el mundo son católicos— y que ve a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el forastero, se erija como barrera de contención para la tragedia.

Dice Jesucristo en palabras del evangelista San Mateo: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis” (25, 35). A diferencia del protestantismo y su visión mercantilista, mímesis de la tradición farisea o casta política y sacerdotal que dominaba la economía de la Judea o Palestina del primer siglo, Cristo otorga a los seres humanos la libertad de elegirlo a él sin importar raza, credo o estatus económico.

En el caso de El príncipe constante, don Fernando jamás piensa en términos individuales ni en bienes materiales como suele pensar el hombre de hoy. El infante cavila como jefe de Estado y Reformador, como en la antigua Grecia, y cofrade de una cultura que ha insistido, incluso en el siglo XXI, en abolir los sacrificios humanos, animales y ecológicos a cambio de favores o dinero. Por eso, cuando la moral de Cristo es puesta en acción, impide la violencia del hombre contra el hombre y la naturaleza. Así, El príncipe constante es, matizando las palabras de Goethe, el ADN o construcción genética de la tragedia de ayer y de hoy pues se vale del pasado para dejarnos en condición de vislumbrar el porvenir de la tragedia.

Como Cristo y como todo héroe trágico, don Fernando se hace la pregunta que alguna vez todos nos hacemos “¿Por qué yo?” (“¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?”, que se traduce como: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”, Mateo 27, 46).

Tal pregunta queda afirmada en la parte más conmovedora de El príncipe constante, segunda jornada, cuando don Enrique presenta al rey de Fez los documentos de escritura para intercambiar la libertad de don Fernando. Don Enrique pretende entregar a los moros la ciudad de Ceuta por la salvación terrenal de su hermano. La actitud de don Fernando cambia drásticamente el desenlace de la tragedia. Leamos un fragmento:

Don Enrique

En su testamento
el Rey mi señor ordena
que luego por la persona
del Infante se dé a Ceuta,
y así yo, con los poderes
de Alfonso, que es quien le hereda,
(porque solo este lucero
supliera del sol la ausencia)
vengo a entregar la ciudad,
y así... (Saca unos pliegos.)
Don Fernando
No prosigas, cesa,
cesa, Enrique, porque son
palabras indignas esas,
no de un portugués infante,
de un Maestre que profesa
de Cristo la religión;
pero aun de un hombre lo fueran
vil, de un bárbaro sin luz
de la Fe de Cristo eterna.
[…]
¿Fuera bien que sus capillas
a ser establos vinieran,
sus Altares a pesebres
y, cuando aqueso no fuera
volvieran a ser mezquitas?
[…]
Morir es perder el ser,
yo le perdí en una guerra;
¿perdí el ser, luego morí?
Morí, luego ya no es cuerda
hazaña que por un muerto
hoy tantos vivos perezcan,
y así estos vanos poderes
hoy divididos en piezas

(Quítale el pliego al REY y rómpelos y arrójalos, luego los coge y se los come.)

[…]
Hermano, vuelve a la patria,
di que en África me dejas
enterrado, que mi vida
yo haré que muerte parezca.
Cristianos, Fernando es muerto;
Moros, un esclavo os queda,
cautivos, un compañero
hoy se añade a vuestras penas;
cielos, un hombre restaura
vuestras divinas iglesias;
[…]
porque, Rey, hermano, moros,
Cristianos, Sol, Luna, estrellas,
[cielos], tierra, mar y viento,
montes, fieras, todos sepan
que hoy un príncipe constante
entre desdichas y penas
la Fe católica ensalza,
la ley de Dios reverencia;
pues cuando no hubiera otra
razón, más que tener Ceuta
una Iglesia consagrada
a la Concepción eterna,
perdiera, vive ella misma,
mil vidas en su defensa,
Virgen, a vos me encomiendo,
aquella ciudad es vuestra,
defendella, pues os toca.
Esto te doy por respuesta.


(Jornada segunda del Príncipe constante y esclavo de su patria –Edición de Fernando Cantalapiedra y Alfredo Rodríguez López-Vázquez, Ediciones Cátedra, 1996)

AQ / MCB

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