Cultura

El celular de Coupland

Los paisajes invisibles

Los Smartphones transformaron la comunicación y ampliaron las posibilidades de la tecnología, pero también suelen alimentar la distracción y el aislamiento.

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@IvanRiosGascon

A punto de culminar el siglo pasado, entrevisté al narrador canadiense Douglas Coupland a propósito de la década de 1990 y el espíritu de sus novelas Generación X, Planeta Champú, La vida después de Dios, Microsiervos, Girlfriend In A Coma y Miss Wyoming, relatos inspirados en el hastío, la pendiente progresiva de la clase media con respecto a las oportunidades académicas y laborales, el advenimiento del imperio informático, la superchería de la fama y la cultura del consumo. A pregunta expresa sobre la génesis de la que era, y es, su obra emblemática, Generación X (que, por cierto, este año cumple 35 de haberse publicado), Coupland explicó que el principal estímulo para escribirla surgió de una premisa: “A la gente le cuesta trabajo vivir, sobrellevar la vida. Por tanto, solemos depender de los demás para aligerar la carga de ser alguien”. Aquella idea condensaba el temperamento de la década que se marchaba, un periodo que para él fue totalmente aburrido, pesado, somnoliento. Los 1990, dijo con rotundidad, solo nos dieron un prodigio: la telefonía celular.

Y tenía razón. Los celulares revolucionaron la vida diaria en la inmediatez de la comunicación. Localizar y ser localizado en cualquier sitio y enviar o recibir mensajes SMS abanderaron la modernidad. Sin embargo, lejano y desconocido aún era el sentido que adoptarían esos aparatejos en el usuario, ni el mismo Douglas Coupland lo sospechaba, a pesar de que la tecnología, la internet, el desarrollo computacional y los universos digitales formaban parte de sus esquemas narrativos, con los que esbozó los fenómenos socioculturales que empezaban a incubarse en aquella generación y las que estaban por venir.

Los celulares primero suprimieron a las casetas telefónicas y luego desplazaron al aparato fijo en los hogares, la evolución inesperada de esos viejos gadgets hasta su actual atributo inteligente, los convirtió en algo mucho más complejo que una herramienta de contacto: los Smartphone ya de poco sirven para hablar, son objetos multifuncionales.

Como consola de videojuegos, almacén de aplicaciones de índole diversa (e–mail, redes sociales, plataformas de mercadeo y streaming, navegadores y mapas GPS, sistemas para operaciones bancarias o bursátiles, chats de Inteligencia Artificial y un largo etcétera), este utensilio habría aligerado la desazón de las almas solitarias que hace más de treinta años Douglas Coupland radiografió en sus relatos, pero en la práctica se ha amoldado a la inercia los ociosos irredentos: la gente menosprecia el provechoso potencial de los artefactos que traen en el bolsillo, prefiere entretenimientos fútiles, insulsos, a veces francamente estúpidos.

Y es que el celular no es simplemente una cajetilla idiota. Si en vez de instalar TikTok se acopian diccionarios y libros electrónicos o se espulga el contenido basura de YouTube para elegir cursos, documentales o conferencias online, la cosa cambia radicalmente, y puede ser algo más que un objeto que sabotea el pensamiento abstracto, anula los vínculos personales y segrega de actividades físicas.

La actualidad requiere competencias digitales que podrían practicarse en los teléfonos, por ejemplo en las escuelas carecen de equipo de cómputo y conexión a la internet (prohibirlos suena más a despropósito que a criterio educativo, lo mejor sería trazar lineamientos específicos para un mejor aprovechamiento), aunque eso es lo que menos importa en la líquida existencia donde todo fluye rápido y se va, como en aquellos libros de Coupland en que los celulares solo servían para contarle a otro el pequeño drama del día y luego sumirse en la estupidez no menos insana de la soledad introspectiva.

Qué diferentes, qué existencialmente vacuas habrían resultado Generación X o Planeta Champú si sus personajes hubieran sumado a su languidez la adicción a los Smartphone.

AQ / MCB

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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