Cultura

La burra en el cielo | Por David Toscana

Toscanadas

Durante siglos, el burro ha sido asociado con la necedad, pero también ha protagonizado relatos que cuestionan esa fama y permiten pensar de otro modo sobre estos animales.

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En mis primeros años de escuela, todavía existía la práctica de ponerle orejas de burro al menso. Más de una vez me tocó sentarme en un rincón con tales orejas ante las burlas de los compañeros y también de la maestra. Eso no nos causaba traumas ni problemas de autoestima, como aseguran los sicólogos, sino que uno sentía herido el orgullo y trataba de enmendarse para la siguiente ocasión.

No estoy seguro de cuál sea el origen de relacionar al burro con la ineptitud escolar, pero ciertamente este animal suele tener expresión de cretino. El origen de la palabra burro es una deformación de borrico, que viene del latín burricus, que significa caballo pequeño; aunque en comparación con el de un asno, el semblante del caballo parece de doctor en filosofía.

Sin embargo, ninguna comparación entre ser humano y animal es digna. El chimpancé es el animal más inteligente, y no por eso sería honroso que al mejor de la clase se le enviara al rincón con máscara de simio.

La comparación entre hombre y animal puede enaltecer en cuestiones físicas, pero no mentales, pues gran cantidad de animales son citius, altius, fortius, pero no intelligentius, que el ser humano. Así, había una atleta tildada de “la gacela humana”, a otro le llamaban “el tiburón” y un personaje que orgullosamente era “el hombre mono”, una corría, otro nadaba y el último se colgaba de lianas.

A veces se dice que alguien tiene memoria de elefante, pero es flaca comparación, pues un paquidermo retiene una mínima fracción de lo que recuerda un hombre. La comparación de que Muhammad Alí flotaba como mariposa y picaba como abeja también es una floja metáfora, y se sabe que un gorila lo masacraría en el primer asalto.

Volviendo al burro, hay sólo uno que ha tenido inteligencia. No me refiero al asno de Apuleyo, ni a los que aparecen en las fábulas de Esopo, pues son ficticios. Tampoco al famoso rucio de Sancho Panza, que nunca dio señales de tener otros pensamientos que los asnales. Aunque es cierto que Sancho lo utiliza una vez como testigo, diciendo que el rucio “no me dejará mentir”, agregando entonces el narrador que “Y hay más; que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo, porque al momento comenzó a rebuznar, tan recio que toda la cueva retumbaba”.

En cambio en la Biblia, donde todo es la verdadera palabra de Dios, sí tenemos una burra que habla. Balaam va montado en su asna y el animal se hace a un lado porque ve al ángel de Jehová. Balaam, que no ve nada, la golpea. “¿Qué te he hecho”, dice la burra, “que me has azotado estas tres veces?”. Se da un diálogo y más tarde dice: “¿No soy yo tu asna? Sobre mí has cabalgado desde que tú me tienes hasta este día; ¿he acostumbrado hacerlo así contigo?”

Para decir tales cosas, no cabe sino pensar que la burra de Balaam tuvo inteligencia, memoria, sentimientos; ergo alma, ergo está en el cielo.

AQ / MCB

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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