Es un país donde es la mujer carne y cuchillo
en el que pronto se les confinará a un museo
y exhibirán restos como ofrendas de amor
su grito, sus lamentos son cuerdas y cadenas
sordas campanas de tan necesarios derechos.
Es un país que pregunta: ¿quién forja la Patria?
¿El campesino o los obreros de madrugada?
¿Médicos o abogados que sueñan el progreso?
¿Los ilustres de piedra de la gran Plaza de Armas?
¿O el que educa niños de madres desesperadas?
Son las mujeres. Paren obreros, campesinos,
médicos, maestros, soldados para la Patria.
Es un país mucho más bravo y torvo que un río
huyendo, y a nado miles de braceros lo cruzan
para perderse en un indescifrable desierto
o ganarse la vida que acá otros les negaron.
Viven anhelando volver cargados de plata.
Es un país que ha soportado a infames caudillos
celebró el crimen en los patios de Chinameca
su siglo es una larga sucesión de traiciones
prohombres inscritos en los muros de la gloria.
Aún vive en mí la agonía de la esperanza
impecable y diamantina, vía sin retorno
y siempre al borde de un vaticinado destino.
Es un país que ama volcanes, cosecha escombros.
Minado territorio del nopal y la rosa
héroes de plomo y mordaza y espuelas de caza
indio de bronce, que solo escucha, mira y calla.
Páramo agrario repartido, aún sin labranza.
Es mi país, tan implacablemente cristiano
mujer y preguntas hacen oscura condena
a ellas les proclamo todos los versos que canto
el dolor de tan mortal y apasionada herida
tanta soledad en el mundo, sangre y pecado.
Por las venas de mi tierra palpitan cohetes
en perpetua fiesta para deidades de barro.
Es mi país al filo de un proverbial abismo.
Con los veneros del diablo ha hecho tantos milagros:
fundó un teatro con un solo titiritero
gran santo laico que por seis años veneramos
aunque se equivoque, reescribe nuestra historia.
Es mi país que mamá me enseñó a defender
de niño. Su tragedia también sufre mi hermana
y fue la de mi abuela: valiente soldadera
ella sabía si amenazaba una tormenta.
Por su esperanza aprendí a escribir, volví a soñar
a desangrar la dulce trigarante granada
por Cristo Rey volver al calvario de la guerra.
Es mi país con cinco mil fosas clandestinas,
rojas cicatrices como cruz para los vivos
donde la paz se gana con entrañas, con lágrimas
y la traición es el blando pan de los políticos
alimento para un pueblo engañado y tan tibio.
Es mi país que ha visto y sentido correr sangre
tinta de pancartas arrancadas por la fuerza
como amapolas cautivas al amanecer.
El ogro filantrópico las desaparece
a las desaparecidas y florece el miedo
eco de silencios, cual murmullo bajo tierra
hondo las sepulta. ¿Quién busca a las buscadoras?
Es mi país que con gritos y marchas reclama
“vivos se los llevaron”, los del narcoestado.
Los que mintieron, ya portan el bastón de mando.
Ni la devoción, que con látigo me inculcaron
por la Morena del Tepeyac, hará el milagro.
Es mi país masacrado con saña el 2 de Octubre
con guantes blancos y sin ensuciarse las botas
el Batallón Olimpia trazó sendas torturas
acribilló a mi padre a palos con sus Halcones
él vio el color del maíz cual remota victoria
y escuchó una diana al paso de los vencedores.
Por mi padre aprendí que no hay justicia en mi casa.
Es mi casa un verde soñado, llena de duelo
rota por mitad como hoja de papel de grana.
Paredes de adobe, piso de tierra es mi cama.
Es tumba si de morir o de matar se trata.
Es mi casa, que la pandemia voló en pedazos.
Es mi casa convertida en paraíso de ánimas.
Refugio de infantes de pies planos y descalzos
antes de morir solos, con los ojos abiertos
miran subir sus sueños al azul cielo diáfano
ideales que resisten cual clavos de acero.
Es mi casa, tres veces negada de tan sucia
pisoteada por la tropa y sus generales.
Es mi casa, triste hogar, caliente como un grito.
El país en el que crecí y perdí la confianza
reino de moscas, terregal de inútiles bardas
llano en llamas donde la vida no vale nada
campo de exterminio también es mi dura patria.
Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Este poema es parte de un libro en preparación.
AQ / MCB