Cultura

“Dura patria”, un poema de Rodolfo Naró

Poesía

En 1921, México renacía de sus cenizas y Ramón López Velarde describió esa transición social y política en “La suave patria”. 100 años después, “Dura patria” abre un diálogo con el célebre poema y recorre un siglo de nuestra historia.

Es un país donde es la mujer carne y cuchillo

en el que pronto se les confinará a un museo

y exhibirán restos como ofrendas de amor

su grito, sus lamentos son cuerdas y cadenas

sordas campanas de tan necesarios derechos.


Es un país que pregunta: ¿quién forja la Patria?

¿El campesino o los obreros de madrugada?

¿Médicos o abogados que sueñan el progreso?

¿Los ilustres de piedra de la gran Plaza de Armas?

¿O el que educa niños de madres desesperadas?

Son las mujeres. Paren obreros, campesinos,

médicos, maestros, soldados para la Patria.


Es un país mucho más bravo y torvo que un río

huyendo, y a nado miles de braceros lo cruzan

para perderse en un indescifrable desierto

o ganarse la vida que acá otros les negaron.

Viven anhelando volver cargados de plata.


Es un país que ha soportado a infames caudillos

celebró el crimen en los patios de Chinameca

su siglo es una larga sucesión de traiciones

prohombres inscritos en los muros de la gloria.

Aún vive en mí la agonía de la esperanza

impecable y diamantina, vía sin retorno

y siempre al borde de un vaticinado destino.


Es un país que ama volcanes, cosecha escombros.

Minado territorio del nopal y la rosa

héroes de plomo y mordaza y espuelas de caza

indio de bronce, que solo escucha, mira y calla.

Páramo agrario repartido, aún sin labranza.


Es mi país, tan implacablemente cristiano

mujer y preguntas hacen oscura condena

a ellas les proclamo todos los versos que canto

el dolor de tan mortal y apasionada herida

tanta soledad en el mundo, sangre y pecado.

Por las venas de mi tierra palpitan cohetes

en perpetua fiesta para deidades de barro.


Es mi país al filo de un proverbial abismo.

Con los veneros del diablo ha hecho tantos milagros:

fundó un teatro con un solo titiritero

gran santo laico que por seis años veneramos

aunque se equivoque, reescribe nuestra historia.


Es mi país que mamá me enseñó a defender

de niño. Su tragedia también sufre mi hermana

y fue la de mi abuela: valiente soldadera

ella sabía si amenazaba una tormenta.

Por su esperanza aprendí a escribir, volví a soñar

a desangrar la dulce trigarante granada

por Cristo Rey volver al calvario de la guerra.


Es mi país con cinco mil fosas clandestinas,

rojas cicatrices como cruz para los vivos

donde la paz se gana con entrañas, con lágrimas

y la traición es el blando pan de los políticos

alimento para un pueblo engañado y tan tibio.


Es mi país que ha visto y sentido correr sangre

tinta de pancartas arrancadas por la fuerza

como amapolas cautivas al amanecer.

El ogro filantrópico las desaparece

a las desaparecidas y florece el miedo

eco de silencios, cual murmullo bajo tierra

hondo las sepulta. ¿Quién busca a las buscadoras?


Es mi país que con gritos y marchas reclama

“vivos se los llevaron”, los del narcoestado.

Los que mintieron, ya portan el bastón de mando.

Ni la devoción, que con látigo me inculcaron

por la Morena del Tepeyac, hará el milagro.


Es mi país masacrado con saña el 2 de Octubre

con guantes blancos y sin ensuciarse las botas

el Batallón Olimpia trazó sendas torturas

acribilló a mi padre a palos con sus Halcones

él vio el color del maíz cual remota victoria

y escuchó una diana al paso de los vencedores.

Por mi padre aprendí que no hay justicia en mi casa.


Es mi casa un verde soñado, llena de duelo

rota por mitad como hoja de papel de grana.

Paredes de adobe, piso de tierra es mi cama.

Es tumba si de morir o de matar se trata.

Es mi casa, que la pandemia voló en pedazos.


Es mi casa convertida en paraíso de ánimas.

Refugio de infantes de pies planos y descalzos

antes de morir solos, con los ojos abiertos

miran subir sus sueños al azul cielo diáfano

ideales que resisten cual clavos de acero.

Es mi casa, tres veces negada de tan sucia

pisoteada por la tropa y sus generales.


Es mi casa, triste hogar, caliente como un grito.

El país en el que crecí y perdí la confianza

reino de moscas, terregal de inútiles bardas

llano en llamas donde la vida no vale nada

campo de exterminio también es mi dura patria.


Rodolfo Naró, Tequila, Jalisco, 1967. Este poema es parte de un libro en preparación.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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