Cultura

De unos baños | Por Ana García Bergua

Husos y costumbres

Los baños recién inaugurados en Reforma evidencian la fragilidad del espacio público frente al vandalismo y la falta de cultura cívica.

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Al parecer los baños elegantes que construyeron sobre Reforma para el Mundial de futbol ya se descompusieron. Por lo que muestran las fotos, eran unos baños muy brillantes, limpios y metálicos, decorados al uso actual con motivos prehispánicos y los ajolotes morados que en estos días no pueden faltar. Toda proporción guardada, me habían hecho pensar en los que aparecen en la película Días perfectos de Wim Wenders, esos baños de Tokio súper diseñados cuyos muros incluso se vuelven transparentes cuando están vacíos y se oscurecen al ocuparlos. Me parecían el colmo de la civilización, unos baños limpios y esculturales a mitad de la acera de la avenida más bonita de la ciudad, pero no duraron. No sé por qué me dio tristeza; es previsible, después de todo —pensé— estamos en México. México pasa por encima de todo: los trenes se descarrilan, las cosas se descuidan, se roban el dinero, matan a la gente, todo se rompe; las buenas intenciones no duran aquí. Siempre hay alguien a quien le dan rabia y procede a descomponerlas. Ya una persona subió a las redes las fotos de la cerradura que no cierra, el lector de la tarjeta que no lee, el muro abollado, la cabina volcada a mitad del suelo; no dudo que alguien dejara alguna cosa desagradable. Al parecer las multitudes que festejaban victorias y derrotas durante el Mundial saltaron sobre ellos. Pasó quizá como las decoraciones del metro, aunque ahí los candelabros hablan de otras pretensiones y las descomposturas corren a cargo de quienes lo administran.

Quiero huir de la comparación fácil entre un país tan desarrollado que sus baños públicos pueden ser incluso tema de película, hasta poéticos, y mi país que no deja de ser un caos. Más bien pienso en el pequeño pedazo de intimidad que representa un baño inserto en la acera, una minúscula ruptura en medio de lo público, de la multitud y la mirada ajena, del espectáculo que somos siempre para los demás. Hay algo delicado a fin de cuentas en el hecho de respetar ese pequeño espacio, un pequeño respiro a mitad del camino por la ciudad, una cápsula en la que recluirse para cumplir con las necesidades corporales y arreglarse en el espejo, pero también tener un momento de soledad, como pasaba con las antiguas cabinas telefónicas en las que uno se encerraba a hacer como que hablaba con alguien, aunque es distinto; igual no puede uno buscar paz en un cajero automático —suelen ser más bien el lugar de la paranoia y el terror—, pero en un baño sí. Quizá nadie piensa en eso: la fuerza de la multitud arrastra todo lo demás.

La verdad yo no pensaba que iría a utilizar nunca aquellos baños, pero la idea me gustó. Espero que duren, aunque sea un poco.

​AQ / MCB

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Ana García Bergua
  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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