Cultura

La palabra yo | Por Natalia Ginzburg

Ensayo

En el aniversario 110 de su natalicio, recordamos a la autora de ‘Así fue’ (Palermo, 1916-Roma, 1991) recuperando un texto escrito hace poco más de cincuenta años sobre un tema que hoy continúa vigente: la individualidad y la desaparición del “Otro”.

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Hasta hace unos años, me gustaba escribir la palabra yo en la parte superior de una página. Me parecía que de ella podían brotar, al instante, sensaciones, recuerdos y pensamientos, y que el mundo estaba allí para acogerlos. Hoy, esgrimir la palabra yo, me incomoda. Aunque siempre la utilizo porque la he empleado toda la vida. Pero cuando la escribo en la parte superior de una página, casi de inmediato me detengo y pienso: “¿Yo? ¿Quién, yo? ¿Yo, por qué?”.

Tengo la impresión que esto no solamente me sucede a mí, sino a todos aquellos que escriben —de hecho, no solo a los escritores, sino a todo el mundo—: que usar o ver utilizada la palabra yo, evoca una sensación de cansancio y contrariedad; que propaga una especie de suspicacia, como si fuese una palabra plagada de bacterias; y que, cuando hablamos como individuos, lo que escuchamos salir de nuestro interior no es una voz, sino un lastimero y sobresaltado gorjeo.

En última instancia, hoy nos avergüenza existir como individuos; y no solo nos avergüenza nuestra existencia individual, sino que el mundo que habitamos está cansado y hastiado de nuestras individualidades, a las que desprecia y rechaza.

Para los de mi generación, la palabra yo fue un grandioso y glorioso descubrimiento que realizamos en nuestra adolescencia. Como si fuese un jardín, la amamos y cultivamos en nuestro interior. Su sonido era, para nuestros oídos, humilde y orgulloso a la vez. Delineaba, en torno a nuestra persona, los límites de una pequeñísima zona del universo, en la que éramos amos y monarcas, en la que podíamos movernos sin miedo a equivocarnos ni a usurpar nada. Nuestros padres nunca disfrutaron de nada semejante, o al menos eso nos parecía a nosotros; daba la impresión de que la conciencia de nuestro propio yo se oponía al mundo de nuestros padres, quienes se desenvolvían seguros de sí mismos, ocupados, autoritarios y distraídos, sin dirigir jamás una mirada a lo más profundo de su propia individualidad.

Durante nuestra adolescencia, amábamos y odiábamos la palabra yo, de la manera como solo se aman y se odian las cosas que sin lugar a dudas nos pertenecen. El psicoanálisis nos había enseñado que esos sentimientos enfrentados de amor y odio que experimentábamos en propio yo eran compartidos por todos y no debían ser motivo de sorpresa ni de turbación. Nuestra preeminencia sobre nuestros padres residía en saber esto, y en saber que cada insignificancia o detalle de nuestra vida oculta poseía un gran valor. Espiar y estudiar nuestro propio yo servía para iluminar los caminos del conocimiento universal. En aquel entonces, creíamos que lo valioso en el universo no eran los caminos principales que nuestros padres habían recorrido con la frente en alto, sino los estrechos senderos por los que nosotros solíamos adentrarnos con la cabeza gacha. Solo en nuestro paisaje de estrechos senderos podía crecer y reinar la verdad.

Así pues, la vida con nuestro yo nos parecía intensa y aventurera. Nos sentíamos capaces de describir con extrema precisión aquel paisaje exiguo pero fecundo en estrechos senderos donde habitaba nuestro yo. Describirlo nos resultaba fácil y natural, y nos parecía un derecho legítimo e indiscutible. Al fin y al cabo, no sabíamos hacer otra cosa. La conciencia de no saber hacer otra cosa, sumada la constatación de la tierra exigua que nos había tocado en suerte, nos llevaba a la autocompasión. Nuestra propia existencia nos inspiraba, a la vez, orgullo y tristeza. Albergábamos tiernos sentimientos de lástima hacia nosotros mismos. Una lástima que era, al mismo tiempo, filial, materna y paterna. Dicha lástima, vuelta hacia nuestro interior y prodigada sobre nosotros mismos, no exigía sacrificio alguno y nos resultaba apacible. Acostumbrábamos derramar sobre nuestro yo lágrimas dulcísimas. Acaso por eso nos resultó difícil desprendernos tanto de la adolescencia como de la infancia. La infancia era aquello que el psicoanálisis consideraba sumamente valioso; y la adolescencia, la etapa en la que habíamos descubierto nuestro yo y su valor inmenso e insustituible. En nuestra vida adulta, hemos seguido escudriñando en nuestro yo las luces y las sombras, con inmensa paciencia y con inmenso odio, mientras los ocios y los sueños de la adolescencia y de la infancia, errabundos en nuestra memoria, portaban a nuestra vida adulta la nostalgia de un tiempo en el que nuestro yo nos parecía más ligero y feliz. Nuestro yo se llenaba de cosas que nos causaban sufrimiento, sentimientos de culpa y de angustia, volviéndose tan pesado y descomunal como una roca; sin embargo, éramos incapaces de deshacernos de él, y seguíamos arropándolo con nuestra piedad. Al fin y al cabo, transportarlo nos parecía un loable y considerable esfuerzo.

La autoconfesión, la autocompasión y la autocrítica eran las únicas herramientas con las que contábamos para afrontar el mundo. Eran nuestras especialidades y no teníamos otras. Además, éramos demasiado ociosos como para buscar otras, y nuestro yo se había vuelto tan pesado y descomunal como una roca, aunque seguía conservando, al mismo tiempo, su inmensa delicadeza, fragilidad y sensibilidad. Y así, también utilizamos la palabra yo para criar a nuestros hijos. Al revelarles a nuestros hijos nuestros errores, nuestras fragilidades y nuestras melancolías, creíamos que podíamos lograr que nos amaran, odiaran y compadecieran; tal como nosotros mismos amábamos y odiábamos a nuestra propia persona. La palabra yo nos pareció un punto de partida idóneo para forjar con nuestros hijos relaciones que crecieran en el corazón de la verdad. Jamás se nos ocurrió pensar que la confesión personal, la autocompasión y la autocrítica pudieran ser medios de crianza frágiles e inconsistentes. Acostumbrados como estábamos a mantener la mirada fija en nuestro yo, rara vez levantábamos la vista hacia los demás, y rara vez, acaso nunca, se nos ocurría preguntarnos cómo eran realmente nuestros hijos.

En cuanto a nuestros padres, no creo que alguna vez se hayan preguntado cómo éramos nosotros realmente; a sus ojos, las relaciones humanas seguían los caminos principales sin adentrarse en los senderos. Para criarnos, nuestros padres no necesitaban indagar en nuestra naturaleza ni tampoco requerían de nuestro amor. Para ellos, nuestro amor hacia ellos era algo obvio, incuestionable. Cuando descubrieron nuestro odio, lo consideraron una mera excentricidad, y se deshicieron de ese irritante sentimiento como si estuviesen espantado una mosca. Nuestros padres nunca le concedieron importancia alguna a la palabra yo, ni la utilizaron en nuestra crianza. Para criarnos, contaban con principios educativos que consideraban inamovibles. Para nosotros, aquellos principios nos parecían rudimentarios, incoherentes e indefinidos. Hoy, al volver la vista atrás, nos damos cuenta que dejaron huellas caóticas y confusas en el curso de nuestras vidas. Al observar esas huellas desde la distancia, nos resulta difícil distinguir el bien del mal en la crianza que recibimos y en el mundo de nuestros padres. Nos resulta difícil porque, en nuestros pensamientos, no encontramos juicios sino recuerdos; no encontramos claridad, sino emoción y confusión. Lo que sí sabemos con certidumbre es que respondimos a las rudas leyes de nuestros antepasados izando las banderas de nuestro propio yo —frágil y acaso achacoso—, un yo que, no obstante, resulta precioso en cada mínimo aliento suyo, en cada mínima vena o herida suya. Además, ahora sabemos que tal vez nuestros padres no tuvieron más remedio que actuar con nosotros como lo hicieron, mientras que nosotros contábamos con infinitas posibilidades para afrontar el mundo y comportarnos de otra manera, tanto con nuestros hijos como con el resto de nuestros semejantes, y no supimos aprovecharlas.

El psicoanálisis nos ha dicho que nuestro yo es digno de consideración y valía. Sin embargo, no nos ha dicho nada sobre nuestras relaciones con los demás; o, más bien, en el psicoanálisis, el otro aparece siempre subordinado, en una posición de inferioridad frente a nuestro yo. En las palabras del psicoanálisis “alivia tu neurosis y salvaguarda la salud de tu yo, y así actuarás con justicia”, el énfasis no recae en la justicia, sino en la salud. En las palabras del Evangelio “ama a tu prójimo como a ti mismo”, el énfasis recae en el prójimo y no en nosotros mismos. Pero estas palabras del Evangelio han caído en el oprobio, y nosotros, nunca nos acordamos de ellas o no sabemos cómo ponerlas en práctica. Los otros proverbios del Evangelio “quien pierde su vida la salvará” y “que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha” igualmente han caído en un descrédito total, y ya no encontramos rastro alguno de ellos en el mundo en que vivimos. Dicen que nuestro yo y su salud son irrelevantes, que bien podríamos quemarlos o pisotearlos. Son lo opuesto al psicoanálisis.

Nuestro error fue ceñir nuestro propio yo en la autocompasión e ignorar al prójimo. En consecuencia, en el mundo que hoy tenemos ante nosotros, el prójimo está ausente. En la crianza que les dimos a nuestros hijos, el prójimo estuvo ausente. A nuestros hijos les pedimos que nos amaran, pero que nos amaran tal como nosotros nos amábamos a nosotros mismos. Incluso les pedimos que nos odiaran tal como nosotros nos odiábamos a nosotros mismos. A fin de cuentas, el odio y el amor que nuestros hijos sienten por nosotros son cosas deslucidas y exangües, hechas de una materia perecedera pero indestructible; y entretejen vínculos con nosotros que no se pueden desatar, pues están irremediablemente enmarañados y gastados. Al fin y al cabo, para nuestros hijos, la palabra yo no ha sido un descubrimiento triste y glorioso; más bien es algo que consideran pertinente ocultar y despreciar, pues genera una sensación de ilegitimidad allí donde aparece. El autodesprecio ha llegado a reemplazar a la autocompasión. Hemos imitado a nuestros hijos en su autodesprecio, tomándolos como modelo a causa de nuestra propia fragilidad.

Hoy, cuando levantamos la vista de nosotros mismos, no nos encontramos al prójimo, sino más bien a una multitud amorfa en la que parece imposible reconocer a un prójimo, y ante la cual nuestro propio yo se muestra innoble en su frivolidad, futilidad e ilegitimidad. Estamos plenamente conscientes de que sería nuestro deber personal reconocer a nuestros semejantes entre esa multitud amorfa; sin embargo, ya no sabemos si expresiones como “nuestro deber personal” todavía conservan algún significado. Todo lo que emana de nuestra persona individual, ideas o acciones o planes, nos parece, o bien una mera ilusión, o bien algo descabellado y peligroso. Estamos cansados y hastiados de nuestro propio yo; en nuestro interior, este se encuentra desgastado, raído, marchito y exangüe; y cualquier idea, acción o plan que brote del fondo de nuestro yo nos parece el fruto insípido, malogrado o tóxico, de árboles retorcidos y tierra corrompida. Así, nos hemos acostumbrado a contemplar con igual desprecio nuestros sentimientos más nobles, así como nuestras vanidades y actos de cobardía. El prójimo está siempre ausente.


Texto tomado de Il Corriere della Sera, 17 de noviembre de 1973.

Traducción de María Teresa Meneses

AQ / MCB

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