Cultura

‘Altasangre’, de Claudia Amador: el hambre que no cesa

Reseña

En ‘Altasangre’, la escritora colombiana Claudia Amador construye una realidad simbólica en la que solo hay cabida para quienes detentan un poder ancestral.

Un pueblo marino en la costa colombiana se convierte en un escenario fértil para Altasangre: el festín en candela viva (Alianza Voces), la ficción de Claudia Amador que se cuece al ritmo frenético de la danza Mapalé. La puesta en escena estalla en un carnaval de mezclas coloridas. La sangre se filtra hasta los órganos más recónditos y deformados del pueblo costero.

La trama se ancla en el linaje de las Vanterroso, una estirpe de vampiresas que custodia el poder de la aristocracia costeña. El conflicto radica en la inminencia del carnaval, rito en el cual se celebra a la sangre al ritmo del chandé y en el que Julieta, heredera del clan, deberá ser coronada como reina, una transición que no solo pondrá a prueba la lealtad sanguínea, sino la permanencia de un orden sostenido por la depredación.

La danza adquiere una dimensión expresiva tal que permite hilar conversaciones entre los cuerpos poseídos por el movimiento percusivo. El “llamado” marca el ritmo que siguen las vampiresas y los arlequines para explorar sus deseos, mientras se juegan el poder con el diablo en cada baile.

Claudia Amador recrea ambientes rítmicos que pueden comenzar en el calor de la cumbia costera para dispararse hacia una espiral de jazz compuesta por los sonidos de “la carne putrefacta”; atravesar, como un destello, por el sonido barroco de Tartini que realza, en sus arpegios, la alteza de la familia Vanterroso. Un carnaval literario, sin duda.

Lo que se cultiva es un equilibrio rítmico. Los localismos permiten sumergirse en los chismes de lavadero para entender lo que las malas lenguas quieren que sepamos, mientras que los rituales adquieren profundidad por los cantos antiguos que los construyen. La tensión se oculta en cada encuentro esotérico a través de aquello que habita en el inconsciente y se manifiesta a manera de sueños, en el espacio liminal de la realidad y el tejido carnoso de lo simbólico.

La sangre juega un rol simbólico que sostiene al placer, al cuerpo y al poder como herramienta biopolítica. Los estratos sociales son claros y están determinados por su calidad y por la mezcla genética. Los humanos funcionan como productores de plasma, reses que sirven a las demandas de consumo. El resto se percibe en una identidad de consumidores que nunca terminan por saciarse.

La mirada de la autora voltea hacia el cuerpo de la mujer como un territorio en disputa que se convierte en objeto de uso, una extensión que el poder hereda y en su dominio genera horror. Así, lo terrorífico no se encuentra en un salto desde la oscuridad o en un espectro oculto detrás de la puerta. El terror aparece, orgulloso, en la certeza de su eternidad, grotesca y cíclica, y se acentúa en el silencio de lo que queda normalizado, en la pasividad y la apatía. Habita el espacio de lo que se hereda pero no se desea, como una enfermedad que se adhiere a la piel.

En ese territorio, el hambre no se queda en el espacio literal, sino que se desliza hacia la representación del consumo desmedido de lo prohibido, una búsqueda de satisfacción que nunca se alcanza.

La liquidez de la obra emana de la carga simbólica que Amador evoca a través de personajes antiguos de la cultura mesopotámica. Así revive historias míticas que persisten a través de la lengua y las sitúa en un contexto en el que se manifiestan terrores de la contemporaneidad: la falta de identidad, la represión del deseo y el cuerpo como territorio ajeno. La distensión de la trama es una conversación con el pasado, una carta de dolor en la cual el hambre insaciable se convierte en una maldición, un valle de sufrimiento que encuentra su personificación más cruda en la figura de la abuela: el vestigio de una sociedad cuyos andamiajes simbólicos han caducado, un orden que se estropea y que, en su agonía, se niega a soltar el mando.

Lo cósmico se pinta entonces como un deseo primigenio hacia la inmortalidad, pero termina revelándose como el uroboros de una maquinaria social que consume más de lo que puede producir. En Altasangre, Claudia Amador no solo entrega una novela sinfónica; nos pone frente a un espejo de sangre donde el consumo no es una elección, sino una enfermedad genética. Al final, queda una pregunta punzante: ¿es posible resignificar las estructuras que nos devoran, o estamos condenados a habitar las sobras de un banquete que nunca fue nuestro?

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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