El espectador de la más reciente exposición de Alicia Ceballos, El tiempo—la espera, notará que, desde el ingreso a la sala conviven dos cuadros de gran formato. Uno de ellos muestra, sobre un fondo en el que la artista ha reproducido un tono verde semejante al de los pizarrones escolares, una serie de signos trazados en color blanco que hacen pensar en fórmulas científicas o en un inescrutable código de altas matemáticas. Los signos se despliegan sobre la superficie opaca y al hacerlo rodean y apuntan —como si se tratara de un raro manual de anatomía— a dos representaciones del cerebro humano, invitándonos a pensar en que precisamente de eso se trata, una suerte de enigmática averiguación sobre el no menos misterioso y complejo funcionamiento de este órgano central.
A su lado, en abierto contraste, una tela de aparente sencillez donde las figuras que más destacan sobre un fondo de tonos cálidos son una pequeña casa y una niña que luce en su pecho un rojo corazón. Ambas están realizadas con trazos tan simples que inevitablemente remiten a los dibujos infantiles. La infancia bien puede ser aquí el tema, ya que cerca de la base del cuadro aparecen las cinco vocales: a en color negro, e en color blanco, i en rojo, o en verde y u en azul. Sin embargo, hay que recordar aquí que Alicia Ceballos es una lectora que transita con avidez por libros de filosofía y poesía que, a lo largo de su ejercicio pictórico, han alimentado su lenguaje plástico. En este caso la alusión al famoso soneto “Vocales” del poeta Arthur Rimbaud es evidente. La pintora sigue no sólo el orden habitual de las letras sino también el color que para cada una de ellas inventó Rimbaud en el poema citado; salvo por un detalle: en el soneto la letra o es de color azul y la u es verde. Alicia ha invertido los colores, ¿por descuido? No es seguro, ya que este tono de cierta ingenuidad está apuntalado por una pequeña “x” de color rojo que colocada justo debajo de las vocales pintadas parece indicar el error. “Ciencia con paciencia, el suplicio es seguro”, escribía el poeta francés.
A lo largo de la exposición los curadores —Víctor Ortiz Partida y la propia pintora— han dispuesto algunas mamparas y vitrinas que contienen una muestra del trabajo realizado por Alicia en cuadernos, carpetas y papeles de diversa procedencia. Dibujos, collages, grafismos, veloces trazos de pincel que bien podrían parecer apuntes o esbozos que desarrollaría luego en sus lienzos, conviven con las portadas de libros que ha ilustrado y con objetos familiares —un termómetro de pared, un misal, una pashmina— de resonancias íntimas. Otras veces las frases que aparecen redactadas de manera legible en sus obras —buena parte de ellas sin título— pretenden, mejor que ofrecerle una posible interpretación al espectador, conmoverlo de una manera distinta, como si se tratara de sentencias articuladas por un antiguo maestro zen. Y si el color blanco adquiere una notoria eminencia a lo largo de la muestra, lo es también la progresiva invención de una escritura —trazos negros sobre fondo blanco y viceversa que puede ocupar la superficie completa en sus telas de gran formato y hace pensar en un palimpsesto, o en aquel boceto de una constelación que Mallarmé dispuso sobre las dobles páginas de su poema Un lance de dados jamás abolirá el azar. ¿Una suerte de azar dirigido? Tal vez. Mejor aún sería considerar esta caligrafía como una especie de cábala personal, hecha de giros imprevistos, de rupturas y comienzos, construida durante largas jornadas y en un estado cercano al trance; escritura que, en una de las piezas centrales de la exposición, adquiere un orden exacto y constituye un homenaje a la filósofa judía Simone Weil, cuyo rostro es posible advertir entre los signos y los mundos.
No es difícil asociar el color blanco con cierta clase de silencios. Los curadores tuvieron el cuidado de no abarrotar la galería con una sobreabundancia de piezas. Al contrario, les abrieron espacios que les permiten respirar. Se trata de un blanco hecho de múltiples capas, minuciosamente sobrepuestas; no sólo de pintura: delgadas tiras de papel o de cera en las piezas más pequeñas se recuestan unas sobre otras y les confieren textura y volumen. A veces la caligrafía se inscribe con un plumón de color blanco sobre el fondo blanco del cuadro, y la mirada puede sentirse convocada a sumergirse en esa zona de silencio y blancura. Son las obras más recientes. Al final, la exposición cierra con un cuadro pintado hace algunos años y que Alicia conserva, es una elección significativa y los curadores acertaron al colocar ese cuadro justo ahí. Se trata de un motivo al que la pintora volvía una y otra vez en sus cuadernos y en sus telas: en el centro de la composición una figura ovoide, saturada de luces y de sombras, flota en un espacio que bien podemos imaginar infinito, rodeada por una atmósfera de luces que fluye en torno a ella. Algo, ahí, está a punto de romperse; algo está a punto de nacer. ¿Una creatura? ¿Un nuevo universo? Pero nada sabemos, la pintura es sólo la inminencia.
La exposición El tiempo—la espera de Alicia Ceballos, puede verse en la Galería de la Librería Carlos Fuentes de la Universidad de Guadalajara hasta el 21 de junio del año en curso.
AQ / MCB