Hace unas semanas, el stand 1509 del Pabellón Amarillo de la Feria del Libro de Buenos Aires estaba presidido por un enorme letrero: “Gracias por ser parte de estos 60”. Sobre las mesas se encontraba el “depósito completo” de una editorial que, con sus libros y autores, marcó una época en los países hispanos y anunciaba su cierre al mundo entero: Ediciones de la Flor. Noqueados por la noticia, muchos de los que asistieron a la feria se llevaron por unos cuantos pesos argentinos ejemplares de autores como Mario Levrero, Guillermo Saccomanno y Angélica Gorodischer.
El acontecimiento es triste pero no me sorprende tanto porque Ediciones de la Flor es una editorial “de otra época”. Casi todos los miembros de su equipo llevaban trabajando en ella entre treinta y cuarenta años, tiempo en el que han permanecido ajenos a los vertiginosos cambios tecnológicos y del mercado, a la tambaleante economía argentina. Tenían otra forma de enfrentar la edición, la negociación, la venta y la distribución. Tal vez aprender y adaptarse habría ayudado a seguir adelante, pero la editorial lleva moribunda algunos años debido a la pérdida de sus dos autores más emblemáticos. Primero, toda la obra del humorista gráfico Roberto Fontanarrosa pasó a formar parte del Grupo Planeta y, poco después, la de Quino (y el torbellino de Mafalda) se fue a Penguin Random House.
También ocurrió la desvinculación de su fundador, Daniel Divinsky. Hubo ofertas de compra, claro, pero todas fueron rechazadas. “Preferimos que perdure la editorial que hicimos nosotros, con sus características y contribución cultural, y no una que termine publicando cualquier cosa”, argumentó Ana María “Kuki” Miller, la última capitana del barco de papel que logró llegar a las principales librerías del mundo hispano.
Divinsky publicó por primera vez textos de Rodolfo Walsh, y la historieta Mafalda, de Quino (que ya había sido publicada anteriormente en la editorial Jorge Álvarez), fue un éxito de ventas. Durante la dictadura militar, el editor se exilió seis años en Venezuela, pero antes pasó cuatro meses detenido. Uno de los motivos de su encierro había sido la publicación de un libro infantil titulado Cinco dedos, cuya imagen de portada era un puño en alto. Si lo liberaron fue por la presión de las asociaciones internacionales de editores.
En 1983 regresó a Argentina y se encargó de la edición de libros como Los pichiciegos, de Rodolfo Fogwill, y no tardó en afianzar Ediciones de la Flor como una editorial “clásica” del mercado argentino publicando, por ejemplo, a gran parte de los caricaturistas de ese país, como Fontanarrosa, Caloi, Liniers, Sendra, Maitena y Nik. A lo largo de seis décadas, son varios los hitos acumulados: la editorial fue la primera en publicar en español El nombre de la rosa, de Umberto Eco, los cuentos y novelas de Griselda Gambaro y John Berger, así como los textos de no ficción de Rodolfo Walsh.
Ediciones de la Flor resulta inseparable de Quino y de Mafalda, la niña rebelde que pronto se convirtió en un icono global. La editorial comenzó a publicar las tiras de Mafalda en 1970, y durante 55 años editó versiones compilatorias de diversas extensiones y temáticas que el público consolidó como un long seller del sello argentino.
Ediciones de la Flor transformó las historietas en literatura de culto y en un espejo político de América Latina. Al publicar humor gráfico con la misma calidad tipográfica y cuidado editorial que la “alta literatura”, la firma elevó el estatus de los dibujantes al rango de autores fundamentales de la cultura hispanohablante. Por lo menos en Sudamérica, antes de Ediciones de la Flor, la historieta se consumía de forma masiva pero a través de las revistas semanales. El sello cambió el paradigma comercial y cultural de este arte, entre otras cosas, porque el cómic dejó de ser considerado “un producto solo para niños”.
Ediciones de la Flor lleva un año sin imprimir libros. Su equipo, ya tan solo conformado por cinco personas, seguirá trabajando en labores administrativas hasta el último día de este 2026. “Editar libros en Argentina siempre fue una carrera con vallas y hasta aquí hemos llegado a los saltos”, se podía leer también en el cartel instalado en el puesto de la editorial en la Feria del Libro de Buenos Aires.
AQ / MCB