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El terremoto de septiembre

Los paisajes invisibles

Ivan Ríos Gascón recupera de la memoria el cuento El derrumbe, donde Juan Rulfo narra la resignación de un pueblo traicionado después de una anestesiaste fiesta que dieron al gobernador, ¿suena familiar?
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El terremoto no fue el 21, fue el 18 de septiembre, aclara Melitón. El 21 llegó el gobernador a Tuxcacuesco con su comitiva de geólogos para calcular los daños y proceder a la indemnización, pero la visita derivó en una diabólica merluza: el ponche de granada corrió a raudales, prepararon una comilona con carne de venado, guacamole y varios kilos de tortillas, amenizada por una banda de Tepec que con arpa y tambora inauguró la algarabía al ritmo de Zopilote mojado. El convite le costó a los tuxcacuenses algo así como cuatro mil pesos, pero no fue por lisonja sino por inversión, al menos eso le dijeron a la gente que acudió al mitin y estiró el cuello para ver cómo el gobernador roía hasta el último hueso de venado, devoraba varias tortillas untadas de salsa y se limpiaba las manos con los calcetines para no manchar las servilletas, recuerda Melitón, porque la comilona subió de tono más pronto que tarde, cuando el góber profirió el discurso: “Conciudadanos. Rememorando mi trayectoria, vivificando el único proceder de mis promesas. Ante esta tierra que visité como anónimo compañero de un candidato a la Presidencia, cooperador omnímodo de un hombre representativo, cuya honradez no ha estado nunca desligada del contexto de sus manifestaciones políticas y que sí, en cambio, es firme glosa de principios democráticos en el supremo vínculo de unión con el pueblo, aunado a la austeridad de que ha dado muestras la síntesis evidente de idealismo revolucionario nunca hasta ahora pleno de realizaciones y de certidumbre y bla bla bla”, entre los beodos despuntó un borracho que repetía y aplaudía, aplaudía y repetía cada palabra, hasta que el pueblo, embelesado por el rollo del góber y cansado del felpudo humano exigió silencio, mas el borracho sacó la pistola y disparó al aire como un imbécil, lo que desató la otra imbecilidad, la de Fuenteovejuna, y volaron las botellas, los platos y las sillas, y afuera también se desató la bronca, unos se liaron a trompadas y otros a machetazos, hubo heridos y hasta un muerto pero el góber, inmutable, acabó su discurso, se largó con su séquito y jamás llegó un solo peso a las arcas de Tuxcacuesco, así los dejaron, con sus escombros, sus difuntos, su miseria. Sí. Fue el 18 de septiembre, dijo Melitón en “El día del derrumbe”, el cuento de Juan Rulfo de El Llano en llamas, publicado en 1953, hace 65 años.

Ah, el México de Rulfo. Tan imaginativo, tan irreal. Ese México de los sismos de septiembre y los damnificados, el del luto. El de los embusteros y ladrones, sean presidentes, gobernadores, delegados o incluso burócratas de medio pelo. El del pueblo traicionado. El de la fiesta anestesiante. El de la resignación y el de la desmemoria. El de la tragedia permanente. El de la reconstrucción no solo material sino política y moral siempre aplazada, el de las vidas que han de rehacerse ya sin techo, sin justicia. El México caído o que irá a caer, que se derrumba poco a poco como si fuera un montón de piedras…

@IvanRiosGascon

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