Este es un fragmento de Un halcón bajo mi ventana, el nuevo libro de Lydia Cacho que publica Lumen. Llega este mes a librerías.
DOMINGA.– Así fue como un día de 1968 descubrí que el gobierno había matado mi infancia y a pesar de todo seguí siendo niña. La inocencia la perdí más tarde, cuando comencé a creer en un futuro diferente y aprendí a vivir mi adolescencia entre el amor y la muerte.
Esta mañana del jueves primero de agosto de 1968 mamá no me lleva a la escuela, estamos en mi habitación y me dice que debajo de la blusa me ponga una camiseta blanca sin mangas. En el frente está escrito con un marcador indeleble mi nombre completo, la dirección y el teléfono de mis abuelos maternos. Mamá me ayuda a ponérmela, me sonríe. Sus ojos están llenos de ansiedad; yo le sonrío, mis ojos están llenos de incertidumbre.
Su ansiedad y mi incertidumbre se miran fijamente en silencio mientras estiro los brazos como una nadadora para que ella me ayude a ponerme la camiseta de algodón que lleva un pequeño moño rosa pálido en el frente, justo arriba de mi nombre. Es un ritual que hacemos desde que era pequeña y a veces nos gusta jugar a que mamá me ayuda a vestir para salir a cambiar el mundo.
Me miro en el espejo de la puerta, estoy muy flaca y no más alta que cualquier chica de trece años, tengo los ojos grandes, las pestañas tupidas y negras como las de papá y la boca pequeña, la piel morena como la de mi abuelo paterno y el pelo rizado que me llega a los hombros es negro como el de papá, pero él se pone brillantina para alisarlo, yo lo llevo alocado jipi. Todo el mundo cree que soy mucho más nena, aún tengo los pechos planos y dicen que tengo facciones aniñadas, así que me tratan como si fuese menor. Mamá interrumpe mis pensamientos, me pide que diga de nuevo la información.
“Me llamo Julieta López Monteiro –recito sonriente–, tengo 13 años, vivo en la calle Sor Juana Inés de la Cruz 15, interior 4B, Santa María la Ribera, mi teléfono es noventa y tres, veintisiete, cuarenta y dos”. Mamá aprueba, entonces le pregunto si ella también lleva la información escrita en su ropa interior. Sonríe.
Disciplinada como es, recita: “me llamo Clara Monteiro Tristán, tengo 32 años, vivo en Sor Juana Inés de la Cruz 15, interior 4B, Santa María la Ribera, mi número es noventa y tres, veintisiete, cuarenta y dos”. Sonreímos en silencio mientras subimos al Volkswagen escarabajo naranja de mi padre.
—El dueño de este coche se llama Fernando López Álvarez, a él esto de las marchas no le gusta nada porque todos los hombres de su familia son militares de Oaxaca, Puebla y Durango —digo jugando.
Mamá y yo soltamos una carcajada. Vamos hacia la Universidad Nacional Autónoma de México que es donde algún día yo voy a estudiar. Estacionamos el coche lejos de la UNAM, está todo lleno. Bajamos. Mamá es alta, de piel olivácea, parece andaluza, tiene un cuerpo con muchas curvas, los ojos más dulces y profundos, las mejillas carnosas, el pelo largo y reluciente, le gusta llevar una coleta y a veces le pone un moño negro. Siempre lleva lentes de sol modernos y raros.
Hoy ella y yo vestimos casi iguales, con blusa blanca de algodón, pantalones acampanados de mezclilla, botines de gamuza, los suyos negros, los míos color camello. Se agacha y comienza a atarme un cordel rojo en la muñeca izquierda, se le complica porque lleva atada la otra orilla del cordel a su muñeca derecha; entre las dos, con las manos libres, atamos el doble nudo para no soltarnos.
Una marcha de mujeres en la UNAM
Caminamos deprisa mientras me explica, por enésima vez, que vamos a la marcha con las integrantes del movimiento de mujeres que organiza el grupo estudiantil universitario. La miro mientras habla, me encantan sus lentes de sol redondos de pasta gruesa color púrpura, el pelo en una coleta y la cara lavada, pienso que mi madre es la más bella del mundo. Es alta, fuerte, camina como una pantera, intento imitarla, estiro el cuello, miro al frente, la explanada de la universidad resplandece bajo el sol de este cielo nítido de la ciudad. Respiramos alegría.
—Cuando terminemos de marchar quiero unos lentes de sol como los tuyos —le digo como si comprendiese lo que nos espera, mirando a lo lejos el pabellón de Rayos Cósmicos de la universidad, pienso que México debe ser el país más bonito de la Tierra.
Hay cientos de mujeres, son más jóvenes que mamá, las hay morenas, negras, medio blancas, unas llevan pantalones, otras van en minifalda o en hot pants, todas se reparten pancartas. Las amigas de mamá la llaman, nos acercamos. Entre ellas está Ana del Valle, la novia de mi tío Bernardo, el hermano pequeño de mamá. Ella tiene 21 años, el pelo lacio, negro, casi hasta la cintura, es bajita y morena con pecas en la nariz, ojos rasgados de pestañas tupidas, lisas hacia abajo, habla desde sus labios carnosos, camina como una diosa maya. Ana estudia Sociología y lleva una camiseta que dice guerra de castas, pantalones de mezclilla y huaraches oaxaqueños de cuero y suela de llanta.
Me abraza Lucero Navarro, la mejor amiga de mamá, es una norteña alta, dicen que se parece a Elizabeth Taylor, siempre va peinada a la moda, hoy viste toda de negro con un collar de plata, del cual pende un dije con el símbolo de amor y paz. Lleva como siempre los labios pintados de rojo y un delineador negro que hace que sus ojos se vean enormes, aprieta con los dientes un cigarro encendido mientras nos entrega unas pancartas.
¿Cuál quiere mi niña?, me pregunta con voz de alegría. Mi tía Lucero, así le decimos de cariño, siempre está feliz, huele a una mezcla de pachuli y tequila. Papá dice que a Lucero le gusta mucho el alcohol porque tiene miedo de estar sobria pues es hipersensible, el alcohol, dice papá, la anestesia. Yo prefiero como mamá y papá estar sobria, además soy una niña y no tengo miedo de sentir. Papá también dice que Lucero es una mujer confundida porque tiene muchos novios. Mamá le responde que no hay confusión en el atrevimiento de mi tía para disfrutar a un hombre, o varios, que entiendan el lenguaje de las mujeres salvajes. Yo pienso que papá y mamá son muy rolleros y amo a Lucero tal como es.
Mamá me pregunta si creo que podré cargar esa pancarta, que vamos a caminar mucho, la tía me dice que cuando me canse se la pase a ella. Me molesta que todas me traten como si por ser flaca no fuese fuerte. Comenzamos a caminar, mamá busca mi mano izquierda con su mano derecha, las apretamos un poco al principio porque estamos emocionadas de luchar por la educación gratuita de las mujeres. Miro nuestras manos entrelazadas y el hilo rojo que las une es sólido y delgado a la vez. Delante de mí hay cientos de piernas de mujeres que gritan emocionadas. Atrás, el eco de miles que repiten el grito con la fuerza de un terremoto. Pienso que estamos inventando una vida nueva, que cuando yo sea mayor iré a la universidad y ya no tendré que hacer pancartas ni juntar a mis amigas para salir a las calles a gritar libertad, que paren las guerras y esas cosas, porque mamá dice que cuando yo crezca ya seremos libres, con derecho a lo mismo que tienen los hombres.
Papá asegura que tal vez tardará más, pero que algún día las mujeres podremos estudiar, trabajar y ganar igual que ellos. Él dice que espera que yo no tenga que depender de ningún hombre, que desea que sea feliz para elegir. Papá es un hombre alto, de pelo negro azabache como su mirada, las cejas bien tupidas, las heredé de él al igual que las pestañas largas y rizadas, es delgado y como fue criado en una familia militar siempre tiene una postura perfecta, cuando está enojado se parece a mi abuelo, el General.
Cuando está feliz parece un bailarín de ballet ruso, guapo y estiloso, de esos que salen en la tele, mamá dice que se enamoraron a primera vista. Papá es un buen tipo, pero su familia dice que no es normal que crea en estas tonterías de la igualdad, porque las mujeres tienen un destino, los hombres deben guiarlas hacia ese destino y asegurarse de cuidarlas para que no se desvíen.
“¡Sexo, reproducción, aborto libre y seguro para todas, que viva 1968!”
La marcha ha terminado, llegaron policías a la universidad y muchos hombres se echaron a correr, creo que había más hombres que mujeres, aunque no lo sé porque es imposible contar a tanta gente, además ellos siempre van hasta adelante y las mujeres y niñas vamos atrás, protegiendo sus espaldas. Me duelen los pies, no me quejo porque ninguna se queja.
Elena Garro, la escritora famosa, llama a mamá y se despiden con un abrazo, no puede quedarse, tiene que volver a casa a darle de cenar a su esposo, que también es escritor y no sabe ni freír huevos. Dice que a su esposo le gustan los huevos fritos montados en arroz rojo. Elena Garro me mira de reojo y manda un beso con esa sonrisa torcida de mujer triste que siempre tiene.
Caminamos hacia un café de chinos. El dueño es el padre de Olinka, una amiga de mamá que estudió Ciencias Políticas, es rechoncha, de ojos rasgados y verdes, tiene la piel de una geisha, se viste como profesora universitaria, tiene la boca pequeña y las ideas grandes, es tímida, mamá dice que es una mujer brillante, que estuvo un año en Estados Unidos y aprendió mucho de las feministas de allá.
El papá y la mamá de Olinka son de Pekín, silenciosos, amables, más bien altos, y fueron comunistas, hablan un idioma que se llama mandarín, además del inglés, porque vivieron unos años en San Francisco y el español mexicano lo aprendieron bien. Ella nos cuenta historias de las mujeres que están en Estados Unidos luchando contra la guerra de Vietnam. Olinka me dijo que su tío es un soldado americano, que volvió a casa sin piernas, con el corazón roto y con las pupilas llenas de un terror que le comió la lengua.
Entramos todas, el padre de Olinka cierra la puerta y baja las persianas para que podamos hablar. Mientras ellas ponen las sillas en un gran círculo, ellos nos sirven café con leche o agua de horchata y bísquets calientitos con mantequilla derretida. Mamá enciende un cigarro, yo la miro asombrada, nunca la había visto fumar, se ve interesante mientras arroja el humo al aire con los labios en forma de beso.
Lucero habla primero, ella va a dar la palabra a las que levanten la mano, la admiran mucho porque es una gran abogada, por eso organiza al grupo.
—Compañeras, tenemos tres temas importantes en la agenda, seamos breves —dice mi tía como una mujer que gobierna la palabra—. La compañera Stephanie ha comprobado que el ataque del mes pasado fue operado por agentes norteamericanos que ayudaron a los policías mexicanos. Ella llegó ayer de Washington y nos va a dar el resumen. El segundo es que los compañeros de la Central Nacional siguen negándose a que una mujer lidere con ellos las estrategias del movimiento, a ver cómo le hacemos con esos machos. El tercero es que aquí están las compañeras de la asociación Pro-Salud Maternal y quiero darles la bienvenida —todas dicen a coro bienvenidas, compañeras.
Ellas están de pie, se les ve emocionadas. La líder es Magdalena de la Isla, responde levantando la mano en un puño e inesperadamente grita:
—¡Sexo, reproducción, aborto libre y seguro para todas, que viva 1968!
Tiene una voz melodiosa y sólida que rebota en las paredes. Mi piel se eriza con el eco de sus palabras, para mí hay más emoción que sentido en su grito de guerra.
Una mujer de pelo castaño cortísimo como niño, parece un chico bello, va vestida de negro, se pone de pie, no es muy alta, tiene la piel blanca, sus ojos verdes son redondos de mirada magnética, tiene la nariz pequeña y respingada, habla con acento americano, apenas tiene 21 años y se expresa como persona mayor. Es Stephanie Scott, alias la Texas, Lucero la adora.
—Obtuve la copia de un informe —dice extendiendo un papel hacia mi madre— de la orden del presidente Díaz Ordaz a su secretario de Gobernación, el tal Luis Echeverría, para que enviase un cable secreto a la embajada de los Estados Unidos. El mensaje dice que un grupo de estudiantes de la UNAM pretende sabotear las Olimpiadas con bombas y que están, estamos, vinculadas a grupos comunistas extremistas. Fue por eso por lo que la CIA entregó los equipos nuevos para el espionaje de las y los líderes estudiantiles —respira y mira a Lucero—, lo siento, compañera, estás en la lista negra, tu teléfono está intervenido y la casa de tus tíos, vigilada.
Miro a la tía Lucero, sus ojos se cuajan como si quisiera llorar, sus labios rojos parecen temblar un poco, enciende un cigarro y deja que el humo le cubra la cara, hace una mueca y dice que esos cabrones no van a detenerla. Yo no entiendo quiénes son esos cabrones, pero al verla creo que no van a poder detenerla. Stephanie, la Texas, vuelve a hablar, ahora más seria.
—Una reportera de The Rag me confirmó que Echeverría fue quien escribió ese informe apócrifo, que asegura que el Partido Comunista Mexicano y la Central Nacional de Estudiantes Democráticos están orquestando una revolución apoyada por la Unión Soviética, China y Cuba —se escucha una carcajada colectiva.
La tía Lucero dice que nada más falta que digan que todas ellas son amantes de Castro. Yo no sé quién es Castro, igual me río porque todas se ven contentas. La Texas ahora está muy seria, hace un gesto con la mano como cuando tienes pelo y te lo echas detrás de la oreja, como ella está casi rapada pienso que se acaricia para pensar mejor. Le cambia la voz, intenta eliminar tanto como puede las huellas de su acento yanqui, aclara la garganta:
—Este informe justificó el enfrentamiento del 26 y 27 de julio pasados cuando la policía detuvo a nuestras compañeras y a los del Partido Comunista —termina de hablar y se sienta agachando la cabeza mirando a sus zapatos de hombre.
Le veo las manos, tiene las uñas cortísimas, mordisqueadas, dos de ellas tienen sangre en la cutícula. Esta chica que parece chico se muerde las uñas como yo, me gusta su belleza ansiosa. Olinka interrumpe mis pensamientos:
—Tenemos que ser más estratégicas que los chavos del concretito, tantos comités y todos pelean por mandar y descalificarse. Al gobierno le conviene que no logremos ganar la calle porque las asambleas duran 12 horas y seis son de pleitos entre ellos. Ya sé que no es fácil, pero… —se sienta porque no sabe qué decir después.
Mamá no escucha a Olinka. Está leyendo tan concentrada que parece que ha olvidado que estamos unidas por el cordel rojo. Al ponerse de pie, mi brazo se levanta como el de una marioneta, todas sonríen, mamá se da cuenta y me hace una caricia en la barbilla. Mi brazo sigue arriba porque ahora habla con el papel en la mano derecha. Tengo la sensación de que estamos haciendo algo importante. No entiendo muy bien todo lo que dicen, me pongo de pie al lado de mi madre y las mujeres del Círculo me observan.
—Mira nomás a la escuincla revolucionaria —dice una de las estudiantes que parece cantante de rock—, pura semilla rebelde —me guiña un ojo. Algo salta dentro de mi pecho, siento que soy una de las mujeres del Círculo, ellas me tratan como una niña que sabe. Tengo ganas de decir algo, guardo silencio. Aún no tengo nada importante que expresar. Nunca había sentido que perteneciera a algún sitio, siempre soy la extraña, la incompatible.
Escucho a mi madre que les explica cómo cuidarse en grupos, le dice a la tía Lucero que ella se va a ir unos días a nuestra casa, que papá está de viaje y que con nosotras estará protegida. Las otras se dividen en grupos de seguridad, de cinco en cinco, cada círculo debe informar a las otras dónde están y solo llamarse por teléfonos públicos. Habrá dos libretas en que se anoten los nombres y claves de cada grupo. Una se la quedará la Texas y la otra Yaretzi Cotzomi, la líder del movimiento indígena de Oaxaca, que tan solo tiene 25 años.
Ella es la mujer más brillante que he conocido, su familia es náhuatl y zapoteca, siempre lleva trenzas y se peina igual que Frida Kahlo, en la ciudad se pone pantalones de mezclilla con sus blusas bordadas típicas, nunca usa tacones aunque es más bien bajita, tampoco se maquilla, su piel parece de porcelana color café con leche, los ojos redondos lo miran todo con pestañas caídas, su boca es pequeña de labios gruesos y jugosos, es simpática y dicharachera, a veces usa malas palabras, es la experta en movimientos sindicales. Yaretzi es quien me enseñó que, antes de que en la ciudad empezaran estas manifestaciones, los grupos indígenas llevaban décadas enfrentando a los gobiernos por los derechos de mineros y campesinas, cargan la herencia histórica de la defensa contra los colonizadores españoles, que intentaron aniquilar a los pueblos originarios y no pudieron. Por eso Lucero dice que cuando Yaretzi habla, todas obedecen.
—Tenemos que hablar con los líderes de comité para hacerlos creer que es su idea que una de las compañeras esté dentro de la mesa directiva —dice mi madre con voz pausada mirándolas a todas—. Los compañeros quieren igualdad solo entre ellos y los hombres de poder, nos siguen viendo como accesorias en la lucha. Quieren cocineras, novias, amantes, mensajeras y coartadas con minifalda. Ya sabemos que no les gusta nuestra forma de liderazgo, no podemos perder más tiempo, se avecinan días difíciles.
—¡Pues que se chinguen! —dice Yaretzi—. La lucha es por la igualdad, ¿qué pinche democracia creen que queremos si no mandamos también nosotras? Lo que quieren es tener poder. Nosotras queremos poder para ser libres, no para dominar. El otro día se lo dije al españolito Marcelino Perelló y se me quedó mirando como un burro que no entiende. Intelectuales cuando les conviene, si no que le pregunten a Elena Garro lo que se tiene que callar por estar casada con uno de ellos.
Todas asienten y murmuran celebrando a Yaretzi. En eso se pone de pie Roberta, la Tita, Avendaño. Mamá dice que es una normalista muy valiente. Ella se lleva muy fuerte con los hombres, es amiga de escritores famosos. Todas respetan mucho a la Tita, a mí no me gusta que hable como los políticos, parece que recita lo que dice, como si las palabras no le pasaran por el corazón, solo del cerebro a la lengua.
—A ver, compañeras, no se pasen de culeras con los compas, ¿a poco no se acuerdan de que el otro día casi me caigo del techo del camión del Politécnico cuando estaba hablando por el megáfono?
—Ya vas a empezar a defenderlos, Tita, no me chingues, tú eres la cuota de los vatos —dice Yaretzi—. No me malentiendas, para mí eres la líder de brigadas más chingona, si no fuera por ti no nos organizaríamos para volantear por el movimiento. Yo ya estoy harta de que a las mujeres nos manden a volantear por todo el país, que crean que nuestras demandas les estorban.
Olinka la secunda con una suavidad desesperada:
—Es que, Tita, entiende, nosotras sí los consideramos nuestros iguales y vamos con ellos a todo, son ellos quienes ocupan todo el espacio vital y político —se da la media vuelta y saca de su mochila un puñado de fotografías polaroid, las levanta en el aire acercándose a Tita—, mira, velo tú misma. En todas están ellos, hablando, marchando, en el micro, ordenando, ¡ah!, pero en esta tú y Nacha sí aparecen. Una de cien, unadecien —dice bajando la voz mientras se sienta de nuevo.
La Tita cruza los brazos y le dice algo en secreto a la Nacha, que es su mejor amiga. Así le dicen, aunque se llama Ana Ignacia Rodríguez. Ellas son las dos trotskistas más famosas que están organizando el comité de huelga. Se ven enojadas, miran a Yaretzi y Olinka con desprecio, hay un silencio incómodo.
—Y tú, Nacha, no puedes defenderlos tampoco —le dice mi mamá, en tono amable—, nunca te han sentado a la mesa de ningún comité y nunca lo harán desde que les reclamaste lo de las estudiantes de la Normal, que fueron violadas en los baños de la escuela. No eres su igual, no te engañes.
Mi tía Lucero da por terminada la reunión asignando tareas. Hay que volver a casa antes de que anochezca. Se levantan todas, se abrazan y se besan como si nunca fuesen a verse de nuevo. El café de chinos abre su puerta y brota el humo del tabaco como una nube que huye del lugar con sus secretos. Salimos poco a poco. Nos dividimos en grupos.
—Dispersas, compañeras, y no se olviden de llevar veintes en la bolsa, muchas monedas para el teléfono —dice Lucero, mostrando al aire una moneda de cobre que saca del bolsillo de su minifalda.
Tomamos el camión para llegar al coche, ya adentro mamá comienza a desatar el cordel rojo que nos une. La tía Lucero, desesperada, mete la mano y nos desata a gran velocidad. Estamos en silencio. Mamá guarda el cordel en su bolsa y conduce hacia la casa. Hoy es un buen día.
GSC / MMM