M+.- La diversidad de género es un fenómeno que ocurre todo el año, pero que a veces logra manifestarse de forma especialmente festiva. En Jalisco, por ejemplo, ocurre cada septiembre entre los polvorientos caminos de Amatitán y El Arenal, donde la memoria colonial se guarda entre las hojas del agave azul que apuntan al cielo, y regresa a la comunidad en una escena de rebelión que conjuga danza, juego y rito.
Tal diversidad expresa la pluralidad de formas de entender y asumir los roles y comportamientos vinculados a la orientación sexual y expresión de género, cuando la cultura y lo social trascienden lo biológico.
Es en las tierras jaliscienses donde los Tangaixtes hacen pervivir una tradición que, bajo su apariencia festiva, encierra siglos de desobediencia y deseo. En un país que sigue arrastrando heridas de la Colonia y la moral del género binario, se alzan como un archivo vivo de resistencia travesti y mestiza. Quieren demostrar que los prejuicios respecto de la preferencia sexual no deben ser un fenómeno endémico de México.
Originados en una revuelta popular de 1530, los Tangaixtes fueron resultado de una acción organizada por personas, en su mayoría mestizas, quienes se disfrazaron con ropa desgastada y armas improvisadas para robar un regimiento español colonial ubicado originalmente en el municipio de Amatitán, de acuerdo con los archivos consultados por MILENIO para esta investigación.
Ese gesto se transformó en una danza donde los ejecutantes se cubren el rostro con una máscara confeccionada en piel de animal o, más recientemente, de poliuretano. Conservan una apariencia y origen similar a la de otra festividad conocida como los Tastoanes, una muestra más del sincretismo entre lo mestizo y los pueblos originarios.
La familia Castro Medina es una de las que actualmente difunden la tradición. Para sus miembros, el acto se transformó en algo político, teatral y profundamente simbólico para la diversidad sexual: robar al poder desde el margen, desde el disfraz, desde lo ilegible y desde la tradición.
Ahora, siglos después, la celebración tangaixte no ha perdido esa esencia de insubordinación, dice el académico Ulises Castro, cuya familia lleva al menos 20 años organizando dicha festividad.
En ella se travisten hombres, mujeres, infancias y personas no sujetas a categorías fijas del género. Se visten con lo que encuentran, mezclan lo femenino con lo masculino, lo sagrado con lo vulgar, y reafirman así que la resistencia no tiene un solo rostro ni un solo género. Es una travestida colectiva.
“Un espacio para divertirse constantemente protegido por la comunidad, aquí la LGTBfobia no aparece”, resalta el también diseñador Castro.
A descolonizar el género
Los primeros días de septiembre, las calles de El Arenal, Jalisco, se llenan con banderas mexicanas y travestis. Lo mismo ocurre con sus vecinos de Amatitlán. Un viento reseco sacude el polvo de la plaza mientras suena el primer tamborazo. Se trata de la señal de salida. Las campanas de la parroquia se mezclan con gritos, lentejuelas y pasos de botas que no saben si van al desfile cívico o a la parodia del mismo.
El trayecto constará de un recorrido de dos horas en las que los tangaixtes harán bromas y perseguirán a las personas locales, haciendo una reconstrucción del pasado, donde las minorías toman el poder, un pan, unas prendas o lo que tengan a la mano.
En el kiosco, un hombre cubre su rostro con una máscara de látex y porta una minifalda de lentejuelas plateadas que destella con cada movimiento. Es ahí donde las expresiones de género convergen, y a lo lejos se escucha el pregón, y el cuete que estalla anuncia el inicio del desfile.
Un grupo de hombres disfrazados de quinceañeras aparece trotando. Uno lleva una corona de plástico y otro una pancarta que dice: “¡Miss Reforma Energética 2024!”. No es burla vacía; es sátira. Aquí se ríe con rabia, la misma que acompaña al travestismo rural, donde los cuerpos se disfrazan no para esconderse, sino para gritar.
Joselo Castro, hermano de Ulises y que ejerce como tangaixte, intenta recuperar el folclore moribundo que requirió de una valoración lingüística para determinar el origen de la palabra. Tiene raíces en el náhuatl y el purépecha, dos lenguas de la región que tuvieron su auge en la época previa a la conquista española.
El trabajo de investigación fue realizado, entre otras personas, por la historiadora Lizzie Yedid Madrigal Gaytán, quien, luego de publicar su tesis sobre la recuperación del vocablo, ayudó a la familia Castro a preservar la tradición en diversos ámbitos.
En 2018, fue cuando el Congreso del estado de Jalisco avaló un primer intento de la familia Castro por preservar su identidad histórica. El legado mestizo quedó plasmado en una exposición artística dedicada a los tangaixtes, esa figura ambigua y festiva que históricamente subvierte los géneros desde la sátira y la teatralidad popular. El acto, encabezado por diputados locales, buscó celebrar la riqueza simbólica de esta tradición ancestral nacida en el siglo XVI.
La exposición El ensueño de los Tangaixtes reunió pinturas, performances y reflexiones que abordan el entrecruce entre belleza y fealdad, recato y desenfado, lo masculino y lo femenino. La artista Ixtaccíhuatl Castro Medina reflexionó que estos personajes carnavalescos no sólo encarnan lo dual, sino que invitan a despojarse de prejuicios estéticos, abrazar lo simbólico y entender la diversidad como riqueza.
A Lizzie Yedid Madrigal se le reconoció su labor en el rescate histórico de estas figuras, cuya rebeldía estética se puso en el centro de un debate político más amplio.
Entre máscaras y pieles: Lo travesti
La fiesta de los Tangaixtes no nació queer. O sí, pero no como ahora. La tradición tiene su origen en lo que ahora conocemos como el municipio de Amatitán. En el siglo XIX, los hombres se cubrían con máscaras de piel de chivo y bailaban por los barrios para celebrar la epifanía, años en los que todo en la vida social tenía un soplo ritual: lo religioso, lo masculino, lo indígena.
En los años noventa del siglo XX, la tradición agonizaba. Pero en El Arenal un par de travestis se atrevieron a unirse. Y desde entonces, algo cambió hasta ahora, o para siempre. La fiesta se llenó de escándalo, pero también de carcajadas. José Luis Castro, mejor conocido como Joselo, fue justamente uno de los primeros en visibilizar la historia.
“Al principio sí era extraño, pero al año siguiente ya éramos más. Y luego más. Actualmente ya no se puede negar: los Tangaixtes son también parte de la diversidad”, narra Joselo.
A las 18:00 horas, en el centro de la plaza, se alza un palo encebado de varios metros. En la cima, amarrado con una soga, cuelga un cerdo de peluche vestido de policía. La multitud grita. Uno de los tangaixtes, vestido de Lady Fiscalía, comienza a trepar, entre resbalones y carcajadas. Cuando llega arriba y lo derriba, todos aplauden como si acabaran de tumbar un mito.
En ese gesto hay más política que en cualquier mitin. Aquí el humor es resistencia. La sátira, la forma de ajustar cuentas con quienes gobiernan, prohíben o ignoran. Mientras tanto, se corona a la reina tangaiste: un hombre vestido de primera dama, con maquillaje corrido y tacones de aguja. Cuando recibe la banda, lanza besos, posa, llora exageradamente.
La idea, cuenta Joselo, tiene origen tras la victoria de Lupita Jones en los certámenes de belleza. El objetivo era evidente: satirizar las expresiones de belleza.
“¡Gracias, pueblo!, ¡gracias, mi pueblo!”, grita la reina Tangaixte, antes de beber directamente de una caguama o recitar mal (pero consciente de ello) unas palabras para su público.
Cuando oscurece, los disfraces se sueltan más. Hay hombres con brasieres de cocos. Niños con pelucas. Abuelas que se pintan bigotes. Todo está permitido. No hay policía que diga nada, no hay cura que condene, no hay padre que reprima.
—El resto del año sigo siendo el ‘maricón de la tiendita’ —nos cuenta Jesús, con una sonrisa entre amarga y luminosa, —pero hoy… hoy soy reina, soy libre, soy otra—.
Y entonces, el espectador entiende que esto no es sólo una fiesta. Es un pacto comunitario de suspensión del juicio. Es una grieta en la normalidad. Cuando el desfile termina y la música baja, la plaza queda sembrada de lentejuelas, vasos de plástico y pestañas postizas. El viento vuelve a soplar como si nada hubiera pasado.
Pero sí pasó. El Arenal es y seguirá siendo un lugar donde un hombre pudo ser mujer, donde un niño pudo llevar vestido, donde una burla fue también un homenaje. Aunque fuera sólo por un día.
Fact checking: JRH
MD
