M+.- Kevin tiene 17 años y jura “por ésta” que reconoce un beat de reguetón de inmediato. Creció escuchándolo en las combis de Iztapalapa, en las fiestas de la 'secu' y en los teléfonos de sus cuates. No fuma, no bebe y nunca se las ha tronado (sic). Y levanta la ceja para buscar un espacio libre cuando la bocina distorsionada del salón parroquial empieza a escupir un ritmo musical perfectamente reconocible. Mira a Sabrina, que está sentada a su lado, y ella sonríe con incredulidad.
—¿Es reguetón? —pregunta Sabrina. No se conocían, pero los junté para la entrevista hecha por MILENIO.
Y sí lo es. Se trata del mismo ritmo que domina TikTok y las pistas de baile. Pero entra la voz y algo es diferente: la letra habla de Cristo, de salvación, de entregar el corazón a Dios. Un par de chavos del grupo juvenil (con camisa blanca y corbata delgadita), empiezan a cantar el coro en un templete mínimo con arrobo. Nadie parece verlo como una contradicción.
Kevin se ríe. Sabrina también.
—Perreo cristiano, dale, dale —grita alguien al fondo.
Puede sonar a chiste, pero el fenómeno es real. En Facebook, YouTube y TikTok circulan versiones cristianas de reguetón viral donde el beat queda intacto y lo único que cambia es la letra. Solo buscamos desear. Donde antes había fiesta, deseo o lujuria dionisíaca, ahora aparecen mensajes de fe. Esa música bellaca es la misma. El Evangelio no.
Mientras, en la pista del salón parroquial, las niñas son las que cantan con más enjundia. Y sí, se saben todas las letras. Kevin me pide que le repita las preguntas, porque las niñas le roban la atención.
El perreo no cambia
En internet, al reguetón cristiano le dan muchos nombres. En Facebook aparecen grupos llamados ‘Perreo cristiano’, ‘Reggaetón para Cristo’ o ‘Dembow –ritmo musical– para Dios’. En YouTube y TikTok circulan videos donde canciones virales reaparecen con letras limpias: en lugar de cachondeo, hablan de fe y de amor a Cristo; donde antes había excesos, ahora hay salvación. El escueto beat, sin embargo, permanece igual.
Las adaptaciones funcionan con una lógica simple: tomar una canción conocida, conservar su ritmo pegajoso y cambiar la letra con mensajes puros, religiosos. El resultado es una especie de espejo musical. Quien reconoce el reguetón original, también reconoce la versión cristiana; pero el significado ha sido desplazado. Ojo, que no todos conocen ambas versiones.
Uno de los casos que se hizo viral en redes, es el éxito Martillazo, del reguetonero de Irapuato, Dani Flow, quien ha sido señalado en redes sociales por promover violencia contra las mujeres. En distintas versiones cristianas que circulan por internet, la rola se mantiene prácticamente igual, mientras el coro cambia para hablar de fe o conversión.
La versión original dice: “Martillazo en el ano”; la adaptación cristiana señala: “Martillazo en el alma”.
El efecto es curioso: la canción sigue siendo reconocible, pero el mensaje pertenece a otro universo moral.
Para muchos jóvenes creyentes, el reguetón no es el enemigo cultural que algunos adultos imaginan (y que más bien, no entienden). Es simplemente el lenguaje musical que domina su generación. Y si el ritmo ya vive en la memoria colectiva, cambiar la letra es una forma eficaz de transmitir otro mensaje.
Kevin lo resume con una frase que provoca risas en la banda que lo escucha:
—Es el mismo perreo… en vez de perrear hasta el inframundo, este es para el cielo—. También Sabrina quiere reírse, pero se aguanta.
El Evangelio según el dembow
El universo del reguetón cristiano está vivo, vive en la web. En Facebook hay comunidades con miles de miembros donde los usuarios comparten versiones religiosas de canciones virales. Los nombres de los grupos ya anticipan el tono: ‘Perreo cristiano’, ‘Reggaetón para Cristo’, ‘Dembow de adoración’.
Vestidos con toda la parafernalia de reguetoneros conocidos, suben sus rolas a internet. Ahí circulan videos grabados en iglesias, reuniones juveniles o “estudios” improvisados donde el ritmo es inconfundible, pero la letra ha sido piadosamente reescrita.
El procedimiento se repite una y otra vez. Primero aparece un éxito de reguetón que domina las redes. Luego alguien toma el mismo beat —o algo muy parecido— y escribe una versión cristiana. El coro cambia, las referencias cochinotas desaparecen y en su lugar aparecen palabras como “Dios”, “salvación”, “bendito” o “Cristo”. El resultado mantiene la energía del género, pero cambia completamente el mensaje.
En algunos casos las adaptaciones circulan como simples curiosidades virales. En otros, forman parte de proyectos más organizados de música cristiana urbana. Hay cantantes que producen reguetón directamente con temática religiosa, intentando competir en el mismo terreno musical que domina la industria latina. No es la primera vez que algo así ocurre.
A principios de los años 2000, Fermín IV, integrante del grupo de hip hop Control Machete, dejó la banda en uno de sus momentos más exitosos tras convertirse al cristianismo evangélico. Con el tiempo se volvió pastor y comenzó a grabar música con contenido religioso. El cambio parecía radical, pero seguía una lógica parecida a la que hoy se ve en el reguetón cristiano: usar el mismo lenguaje musical que escucha una generación para hablar de fe.
El salón parroquial es una especie de gimnasio o salón de usos múltiples que, a la segunda hora del evento, también funciona de sauna de cuerpos sudados, feromonas y acné. Las fiestas las organizan el DJ y el párroco. Su mejor momento llegó desde que se anuncian por Facebook. Reconocen que desde que incluyen reguetón con letras grandes en sus posts, ha venido más gente.
Del exceso a la disciplina
Algo similar ocurrió dentro del propio reguetón. El puertorriqueño Héctor El Father, uno de los nombres más fuertes del género en los años 2000, se arrepintió y abandonó la música cuando estaba en el punto más alto de su carrera, después de una experiencia religiosa dentro de una iglesia evangélica. En entrevistas y en el documental Conozca la verdad ha contado que, pese a la fama, el dinero y las giras, vivía rodeado de excesos, presión y un sentimiento constante de vacío.
La conversión lo llevó a dejar el reguetón, convertirse en pastor y dedicarse a la predicación. El contraste era evidente: el mismo género asociado al desenfreno podía convertirse también en vehículo de fe y salvación. Mirar al precipicio le cambió la vida.
Los videos y las adaptaciones suelen tener algo de humor involuntario y algo de entusiasmo genuino. Otros son virales espontáneos, sin ninguna preparación previa y grabados en el acto. Jóvenes cantando frente a una bocina o directamente desde sus recámaras, grupos de chavitos que corean el estribillo, comentarios que celebran la ocurrencia.
En los hilos de Facebook aparecen frases como “para perrear con Cristo” o “reguetón limpio y sano para la juventud”.
Kevin y Sabrina descubrieron uno de esos grupos hace pocos meses. Desde entonces lo revisan cada rato, como quien explora un nuevo universo paralelo.
—Es como escuchar el mismo reguetón… pero en un mundo más lindo, se siente en el corazón —dice Sabrina. Kevin sigue junto a nosotros, sin perder la palabra de su nueva amiga. Se chivea cuando encuentran miradas y finge unos pasos al ritmo para desviarse.
El ritmo como lenguaje
Para el etnomusicólogo Gonzalo Camacho Díaz, académico de la Facultad de Música de la UNAM, el fenómeno del reguetón cristiano no es tan extraño como parece. La relación entre religión y música popular, explica, ha sido constante porque las prácticas musicales funcionan como formas de interacción humana capaces de detonar emociones colectivas. La música como voluntad, como fuerza dinamizadora.
“La música se utiliza en las prácticas religiosas para construir una emocionalidad compartida que favorece la identidad del grupo”, dice. “Las comunidades religiosas también son comunidades sonoramente organizadas”.
Desde esa perspectiva, que el reguetón aparezca en contextos religiosos no resulta tan sorprendente. El género posee una estructura rítmica muy particular que se repite en muchas músicas latinas y las audiencias lo reconocen de inmediato. Esa familiaridad facilita la conexión emocional.
El DJ se divide entre correr a la entrada, hablar con el párroco y poner la música. Solo trajo un chalán, pero lo mandó por más Pepsi y una bolsa de hielos. Son las 17:00 horas, pero a las 19:00 tienen que apagar todo y mandar a los chavos a sus casas. Entre todas las prisas, lo único que me pudo contestar fue:
–Uy, el Dani Flow... Si hasta los “bitles” le cantaban a diosito...
“El reguetón tiene una célula rítmica que interpela a quienes lo escuchan, les resulta cercana y significativa”, explica Camacho.
“Ese reconocimiento genera empatía. Además, la industria cultural ha difundido estos patrones musicales de manera masiva, y por eso los mensajes religiosos pueden montarse sobre esas estructuras con mucha eficacia”.
La combinación de ritmo conocido y letra nueva produce un efecto rápido: la canción se aprende fácil, se memoriza rápido y puede ser cantada en grupo, algo fundamental en cualquier práctica religiosa. Es un efecto de pertenencia.
Kevin no se ha separado de Sabrina. Le comenta algo de su vestido blanco, vaporoso. Ella mueve su cabello lacio de lado, agradeciendo un poco apenada, sonriente.
La estrategia no es nueva. Camacho recuerda que distintas iglesias han recurrido durante décadas a músicas populares para integrarlas a sus rituales. Canciones de folk, rock o salsa han terminado dentro de celebraciones religiosas, y en México es común escuchar mariachis en contextos litúrgicos, desde las mañanitas a la Virgen de Guadalupe hasta celebraciones parroquiales.
“Incluso canciones que no nacieron como religiosas pueden incorporarse a los rituales”, dice. “Lo importante es que los símbolos sonoros sean reconocidos por la comunidad. Cuando eso ocurre, la música se vuelve parte de la práctica religiosa”.
Más que una copia o una imitación, añade, se trata de un proceso habitual de adaptación dentro de la religiosidad popular, en la cual los límites entre lo sagrado y lo cotidiano son flexibles.
“Hay una relación muy fuerte entre la música popular y la religión”, explica. “Sobre todo en contextos de religiosidad popular, donde los sonidos conocidos por la gente son los que permiten construir comunidad”.
En los grupos de redes, esa lógica parece confirmarse. Nadie discute si el reguetón debería sonar en una iglesia. Lo que importa es que todos lo reconocen. Y quizá el deseo está asomando un cuerno por esa rendija.
Kevin regresa del fondo. Trae un par de refrescos Pepsi; uno para él, el otro para Sabrina. Yo lo vi antes, contando preocupado los pesos de su cartera para pagarlos.
—La verdad es que suenan igual —dice Kevin—, pero con otro flow. Mientras busca la aprobación de Sabrina en sus ojos.
El mismo beat, otro mensaje
Un rato después, en el salón parroquial, alguien vuelve a subir el volumen de la bocina. El dembow retumba distorsionado contra las paredes de cemento y las camisas blancas (algunas ya sudadas en la bisagra). Y Kevin se prende de nuevo. Sabrina también. Sus cuerpos bambolean el ritmo. Kevin se me acerca y dice la fórmula secreta:
–Cuando me preguntan por qué me gusta el reguetón... nomás mírala a ella. Y el chiste se cuenta solo.
La cadencia de la música hace mover a Sabrina a unos pasos de nosotros.
Pero el coro no habla de faje, ni de abuso. Habla de fe. Algunos levantan las manos al cielo, otros siguen el ritmo con las caderas. Nadie parece encontrar contradicción entre el beat que domina las pistas de baile y la letra que ahora ya no es imprecación.
Kevin se encoge de hombros.
—Vela —dice. Y Sabrina se mueve al ritmo de la música.
De fondo, el DJ hace una mezcla que pone a bailar más a los chavos con sus bocinas tronadas, pero todos respetan cierta distancia. Kevin y Sabrina se me pierden entre la gente. Ya van de la mano.
MD
